Textos sobre el Nacimiento de Cristo

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Textos sobre el Nacimiento de Cristo

ALGUNOS TEXTOS DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

A PROPÓSITO DEL NACIMIENTO DE CRISTO.

 

El 25 de diciembre, la Iglesia Católica en todo el mundo celebra EL NACIMIENTO DE CRISTO.

 

Decir Feliz navidad significa en realidad decir:   feliz conmemoración de un hecho histórico  acontecido hace más de 2000 años: El nacimiento del Hijo de Dios.

 

El nacimiento de Cristo supone el conocimiento de otros hechos históricos anteriores, como son la promesa al pueblo judío de que llegaría un salvador, el paso del Antiguo al Nuevo Testamento, la anunciación, la encarnación, y posteriormente  el nacimiento del Hijo de Dios.

Acontecimientos posteriores  de igual importancia serán la Pasión, la Ascensión y la Segunda Venida de Nuestro Señor, hechos que permiten comprender por qué Cristo revela al  hombre lo que es el hombre, pues la llegada de Cristo revela al hombre su destino final y permite superar la creencia de la transmigración de las almas y entender el misterio de la resurrección. Por eso el católico sabe que sin la Resurrección, vana sería nuestra fe.

 

En este blog dedicado a Santo Tomás de Aquino  se exponen  a continuación algunos textos sobre lo que  en la Suma Teológica dice Santo Tomás sobre el NACIMIENTO DE CRISTO y  SOBRE LA VIRGEN  MARÍA, LA MADRE DE DIOS:

 

 

III q. 35:

SOBRE EL NACIMIENTO DE CRISTO

 

III q. 35 a. 3: ¿Puede llamarse a la Santísima Virgen madre de Cristo según el nacimiento temporal de Cristo?

La Santísima Virgen María es verdadera y natural madre de Cristo. Porque, como antes se ha expuesto (q.5 a.2; q.31 a.5), el cuerpo de Cristo no fue traído del cielo, como enseñó el hereje Valentín, sino que fue tomado de la Virgen madre y fue formado de su purísima sangre. Y sólo esto se requiere para la noción de madre, como es manifiesto por lo antes declarado (q.31 a.5; q.32 a.4). Por lo que la Santísima Virgen es verdadera madre de Cristo.

III q. 35 a. 4: ¿La santísima Virgen debe ser llamada Madre de Dios?

Como antes se ha expuesto (q.16 a.1), todo nombre que signifique una naturaleza en concreto puede aplicarse a cualquier hipóstasis de esa naturaleza. Por haberse realizado la unión de la encarnación en la hipóstasis, como antes hemos dicho (q.2 a.3), es manifiesto que el nombre Dios puede aplicarse a la hipóstasis que tiene naturaleza humana y divina. Y, por este motivo, todo lo que conviene a la naturaleza divina y a la humana puede atribuirse a la persona, bien se aluda con ella a la naturaleza divina, bien se signifique con la misma la naturaleza humana. Ahora bien, el ser concebido y el nacer se atribuyen a la hipóstasis de acuerdo con aquella naturaleza en que es concebida y nace. Por consiguiente, habiendo sido asumida la naturaleza humana por la persona divina en el mismo principio de la concepción, como antes se ha dicho (q.33 a.3), sigúese que puede decirse que Dios verdaderamente fue concebido y nació de la Virgen. Se llama madre de una persona a la mujer que la ha concebido y dado a luz. De donde se deduce que la Santísima Virgen es llamada con toda verdad madre de Dios. Solamente se podría negar que la Santísima Virgen es madre de Dios si la humanidad hubiera estado sujeta a la concepción y al nacimiento antes de que aquel hombre fuese Hijo de Dios, como enseñó Fotino, o si la humanidad no hubiera sido asumida en la unidad de la persona o de la hipóstasis del Verbo de Dios, como afirmó Nestorio. Pero ambas hipótesis son falsas. Luego es herético negar que la Santísima Virgen es madre de Dios.

 

III q. 35 a. 6: Sobre el nacimiento de Cristo

El dolor de la parturienta se produce por la apertura de las vías por las que sale la criatura. Pero ya se dijo antes (q.28 a.2) que Cristo salió del seno materno cerrado, y de este modo no se dio allí ninguna apertura de las vías. Por tal motivo no existió dolor alguno en aquel parto, como tampoco hubo corrupción de ninguna clase; se dio, en cambio, la máxima alegría porque había nacido en el mundo el Hombre-Dios, según palabras de Is 35,1-2:Florecerá sin duda como un lirio, y exultará golosa y llena de alabanzas.

 

III q. 35 a. 7: ¿Nació Cristo en Belén?

Cristo quiso nacer en Belén por dos motivos. Primero, porque nació de la descendencia de David según la carne, como se dice en Rom 1,3. A David le había sido hecha la promesa especial de Cristo, según aquellas palabras de 2 Re (2 Sam) 23,1: Dijo el varón para quien fue dispuesto lo referente al Cristo del Dios de Jacob. Y por eso quiso nacer en Belén, donde nació David, para que por el mismo lugar de nacimiento quedase demostrado el cumplimiento de la promesa que le había sido hecha. Y esto es lo que indica el Evangelista (Lc 2,4) cuando dice: Porque era de la casa y de la familia de David.

Segundo, porque, como dice Gregorio en una Homilía, Belén se traduce por casa de pan. Es el mismo Cristo quien dice: Yo soy el pan vivo que he bajado del cielo.

III q. 35 a 8: ¿Cristo nació en el tiempo oportuno?

La diferencia entre Cristo y los otros hombres está en esto: Los otros hombres nacen sujetos a la necesidad del tiempo; Cristo, en cambio, como Señor y Creador de todos los tiempos, escogió el tiempo en que había de nacer, lo mismo que eligió la madre y el lugar. Y porque cuanto procede de Dios está perfectamente ordenado (cf. Rom 13,1) y convenientemente dispuesto (cf. Sab 8,1), sigúese que Cristo nació en el tiempo más oportuno.

 

III q. 36:

     SOBRE LA MANIFESTACIÓN DEL NACIMIENTO DE CRISTO

 

III q. 36 a. 4: ¿Debió revelar su nacimiento el propio Cristo?

El nacimiento de Cristo estaba ordenado a la salvación de los hombres, que se consigue por medio de la fe. Pero la fe que salva, confiesa la divinidad y la humanidad de Cristo. Por consiguiente, era necesario que el nacimiento de Cristo fuese revelado de tal modo que la demostración de su divinidad no perjudicase la fe en su humanidad. Y esto sucedió al manifestar Cristo en sí mismo la semejanza de la flaqueza humana, y al demostrar, no obstante, el poder de su divinidad por medio de las criaturas de Dios. Y por eso Cristo no reveló por sí mismo su propio nacimiento, sino a través de sus criaturas.

III q. 36 a. 5: ¿El nacimiento  de Cristo debió ser manifestado por los ángeles y por medio de la estrella?

Como la demostración silogística se hace por medio de las nociones que son más conocidas de aquel a quien se trata de demostrar algo, así la manifestación que se realiza mediante señales debe hacerse por medio de las que son familiares a aquellos a quienes se orienta la manifestación. Pero es claro que a los justos les resulta familiar y habitual el ser instruidos por interior instinto del Espíritu Santo, a saber, por el espíritu de profecía, sin la demostración de signos sensibles. Mas otros, acostumbrados a las cosas corporales, son llevados mediante éstas a las espirituales. Los judíos estaban acostumbrados a recibir las instrucciones divinas por medio de ángeles, mediante los cuales también habían recibido la Ley, según aquellas palabras de Act 7,53: Recibisteis la Ley por ministerio de los ángeles. Los gentiles, en cambio, y sobre todo los astrólogos, estaban acostumbrados a contemplar el curso de las estrellas. Y por eso, a los justos, esto es, a Simeón y a Ana, les fue revelado el nacimiento de Cristo por interior instinto del Espíritu Santo, según el texto de Le 2,26: Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría antes de ver al Ungido del Señor. Pero a los pastores y a los Magos, como dados a las cosas corporales, les fue manifestado el nacimiento de Cristo por medio de apariciones visibles. Y como el nacimiento no era puramente terrenal, sino en cierto modo celestial, por eso les fue revelado el nacimiento de Cristo a unos y otros mediante señales celestes, pues, como dice Agustín en su Sermón sobre la Epifanía, los ángeles moran en los cielos, y los astros los hermosean; a unos y a otros cuentan los cielos la gloria de Dios.

Con razón, pues, fue revelado el nacimiento de Cristo a los pastores por los ángeles, como a judíos, entre los cuales fueron frecuentes las apariciones angélicas; a los Magos, en cambio, como acostumbrados a la contemplación de los cuerpos celestes, fue manifestado mediante la señal de la estrella. Porque, como dice el Crisóstomo, el Señor, condescendiendo con ellos, quiso llamarlos por medio de las cosas a que estaban habituados. Hay todavía otra razón. Porque, como dice Gregorio, a los judíos, como a seres que usan de la razón, debió predicarles un ser racional, esto es, un ángel. Los gentiles, en cambio, que no sabían servirse de la razón para conocer a Dios, son conducidos a El no por medio de la voz sino mediante señales. Y como los predicadores anunciaron a los gentiles un Señor que ya hablaba, así los elementos mudos lo predicaron cuando todavía no hablaba. Puede añadirse incluso una tercera razón. Porque, como expone Agustín en un Sermón sobre la Epifanía, Abrahán tenía la promesa de una descendencia innumerable, que sería engendrada no por vía carnal, sino por la fecundidad de la fe. Y por eso fue comparada a la muchedumbre de las estrellas, con el fin de que surgiese la esperanza de una descendencia celestial. Y por ese motivo los gentiles, designados por las estrellas, son animados por la aparición de un nuevo astro para que se lleguen a Cristo, por quien se convierten en descendencia de Abrahán.

III q. 36 a. 7: ¿La estrella que se apareció a los magos fue uno de los astros del cielo?

Como expone el Crisóstomo en Super Mt., la estrella que se apareció a los Magos no fue uno de los astros del cielo. Y esto es claro por muchas razones. Primero, porque ninguna otra estrella va por este camino, ya que ésta se desplazaba de norte a sur, pues ésta es la situación de Judea con relación a Persia, de donde vinieron los Magos.

Segundo, por el tiempo, puesto que se dejaba ver no sólo en la noche, sino también al mediodía. De esto no es capaz una estrella; y ni siquiera la luna.

Tercero, porque unas veces aparecía y otras se ocultaba. Cuando entraron en Jerusalén, se ocultó; luego, cuando dejaron a Herodes, volvió a aparecerse.

Cuarto, porque no se movía continuamente, sino que, cuando convenía que caminasen los Magos, ella se ponía en marcha; en cambio, cuando convenía que se detuviesen, también ella se detenía, como acontecía con la columna de nube en el desierto (Ex 40,34; Dt 1,33).

Quinto, porque no mostró el parto de la Virgen quedándose en lo alto, sino descendiendo a lo bajo. En Mt 2,9 se dice que la estrella que habían visto en oriente los precedía, hasta que, llegando al sitio en que estaba el Niño, se detuvo. De donde resulta claro que la expresión de los Magos: Vimos su estrella en oriente, no debe entenderse como si, estando ellos en el oriente, hubiese aparecido la estrella en Judea, sino como que ellos la vieron en oriente, precediéndoles a ellos hasta Judea (aunque algunos muestran sus dudas sobre esto ). No hubiera podido señalar la casa con claridad de no haber estado próxima a la tierra. Y, como dice el propio Crisóstomo, este comportamiento no parece propio de una estrella, sino de una potencia racional. De donde se saca la impresión de que esta estrella fue un poder invisible transformado en tal figura.

Por lo que algunos sostienen que, como sobre el Señor bautizado descendió el Espíritu Santo en forma de paloma (cf. Mt 3,16; Me 1,10; Lc 3,22), así se apareció a los Magos en forma de estrella. Otros, en cambio, dicen que el ángel que se apareció a los pastores en forma humana (cf. Lc 2,9) se apareció a los Magos en figura de estrella. Sin embargo, parece más probable que fuese una estrella creada de nuevo, no en el cielo, sino en la atmósfera próxima a la tierra, y que se desplazaba a voluntad de Dios. Por lo que el papa León dice en un Sermón sobre la Epifanía: En la región del Oriente se apareció a los tres Magos una estrella de claridad desconocida que, al ser más fulgurante y hermosa que los demás astros, atraía sobre sí los ojos y los corazones de los que la miraban, para que se advirtiese al punto que no era vano lo que tan insólito parecía.

III q. 36 a. 8: ¿Vinieron convenientemente lo magos a adorar y venerar a Cristo?

Como queda expuesto (a.3 ad 1; a.6 arg.2), los Magos son las primicias de las naciones que creen en Cristo, en medio de las cuales apareció, como en un presagio, la fe y la devoción de las gentes que vienen a Cristo de lejos. Y por eso, como la devoción y la fe de las gentes está exenta de error por la inspiración del Espíritu Santo, así también es preciso creer que los Magos, inspirados por el Espíritu Santo, manifestaron prudentemente su reverencia a Cristo.

 

III q. 28:

SOBRE LA VIRGINIDAD DE LA  MADRE DE DIOS.

 

III q. 28 a 1: ¿La Madre de Dios fue Virgen al concebir a Cristo?

Es absolutamente necesario confesar que la madre de Cristo concibió de modo virginal. Lo contrario es la herejía de los Ebionitas y de Cerinto, quienes tienen a Cristo por un puro hombre, y piensan que nació de la unión de ambos sexos.

La concepción virginal de Cristo es conveniente por cuatro motivos. Primero, por salvaguardar la dignidad del Padre que le envía. Al ser Cristo verdadero y natural Hijo de Dios, no fue oportuno que tuviera otro padre más que Dios, a fin de que la dignidad de Dios no fuese transferida a otro alguno.

Segundo. Convino a la propiedad del mismo Hijo, que es enviado. El es, en efecto, el Verbo de Dios. Ahora bien, el Verbo es concebido sin corrupción alguna del corazón; no sólo eso, sino que la corrupción del corazón no permite la concepción de un verbo perfecto. Por consiguiente, como el Verbo tomó la carne para que fuese carne del Verbo, fue conveniente que también fuese concebida sin corrupción de la madre.

Tercero. Eso fue conveniente a la dignidad de la humanidad de Cristo, en la que no debió haber sitio para el pecado, puesto que por medio de ella era quitado el pecado del mundo, según Jn 1,29: He aquí el Cordero de Dios, es decir, el inocente, quien quita el pecado del mundo. Pero no era posible que de una naturaleza ya corrompida por la unión sexual naciese una carne exenta de la contaminación del pecado original. Por eso dice Agustín en el Libro De nuptüs et concupiscentia: Sólo allí no hubo unión sexual, es a saber, en el matrimonio de María y José, porque en carne de pecado no podía realizarse tal unión sin aquella concupiscencia de la carne, que proviene del pecado, sin la que quiso ser concebido aquel que no tendría pecado.

Cuarto. Por el mismo fin de la encarnación de Cristo, que se ordenó a que los hombres renaciesen como hijos de Dios no de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios (Jn 1,13), es decir, del poder de Dios. El ejemplar de este acontecimiento debió manifestarse en la misma concepción de Cristo. Por lo que escribe Agustín en el libro De sancta virginitate: Convenía que nuestra cabeza, por un milagro extraordinario, naciese corporalmente de una virgen, afín de dar a entender que sus miembros nacerían, espiritualmente, de la Iglesia virgen.

III q. 28 a 2: La Madre de Cristo, ¿fue virgen en el parto?

Es preciso defender, sin duda de ninguna clase, que la Madre de Cristo fue virgen también en el parto, puesto que el Profeta (Is 7,14) no dice solamente: He aquí que la virgen concebirá, sino que añade: y parirá un hijo. Y esto fue conveniente por tres motivos. Primero, porque correspondía a la propiedad de quien nacía, que es el Verbo de Dios. El Verbo, en efecto, no sólo es concebido en la mente sin corrupción, sino que también procede de ella sin corrupción. Por lo que, a fin de manifestar que aquel cuerpo era el mismo Verbo de Dios, fue conveniente que naciese del seno incorrupto de una virgen. De ahí que en un Sermón del Concilio de Éfeso se lea: La que da a luz pura carne, pierde la virginidad. Pero, al ser el Verbo de Dios quien nace en carne, el propio Dios conserva la virginidad, demostrando con ello que es el Verbo. Ni siquiera nuestro verbo corrompe la mente cuando sale de ella. Y Dios, Verbo sustancial, al optar por el parto, tampoco destruye la virginidad.

Segundo, porque esto es conveniente en lo que atañe al efecto de la encarnación de Cristo, pues vino para quitar nuestra corrupción. Por eso no fue oportuno que, al nacer, corrompiese la virginidad de la madre. Debido a esto, dice Agustín en un Sermón De Nativitate Domini: No era justo que con su venida violase la virginidad quien había llegado para sanar lo que estaba corrompido.

Tercero. Fue conveniente para que, al nacer, no menoscabase  el honor de la madre aquel que había mandado honrar a los padres.

III q. 28 a 3: ¿Permaneció virgen la Madre de Cristo después del parto?

Es preciso detestar, sin duda de ninguna clase, el error de Helvidio, quien osó decir que la Madre de Cristo, después del parto, fue carnalmente conocida por José y que tuvo de él otros hijos. Primero, porque eso rebaja la perfección de Cristo, quien, como según la naturaleza divina es el Unigénito del Padre (cf. Jn 1,4) e Hijo suyo totalmente perfecto (cf. Heb 7,28), así también convino que fuese unigénito de la madre, como hijo suyo perfectísimo.

Segundo, porque este error injuria al Espíritu Santo, cuyo sagrario fue el seno virginal, en el que formó el cuerpo de Cristo; por lo que no resultaba decoroso que fuera en adelante violado por la unión carnal.

Tercero, porque eso va en detrimento de la dignidad y de la santidad de la Madre de Dios, que daría la impresión de una total ingratitud si no se contentase con un Hijo tan excepcional, y si quisiese perder espontáneamente, mediante la unión carnal, la virginidad que milagrosamente había sido conservada en ella.

Cuarto, porque el propio José caería en una suprema presunción en caso de intentar contaminar a aquella cuya concepción por obra del Espíritu Santo había conocido él mediante la revelación de un ángel.

Y, por tanto, es absolutamente necesario afirmar que la Madre de Dios, como concibió y dio a luz siendo virgen, así también permaneció virgen para siempre después del parto.

III q. 28 a 4: ¿Hizo voto de virginidad la Madre de Dios?

Dice Agustín en el libro De sancta virginitate: María respondió al ángel de la anunciación: ¿Cómo sucederá esto, puesto que no conozco varón? Ciertamente no hubiera dicho esto si no hubiera hecho antes voto de virginidad.

Como sabemos ya por la Segunda Parte (2-2 q.88 a.6), las obras de perfección son más dignas de alabanza si se hacen en virtud de un voto. Pero la virginidad debió estar en gran aprecio principalmente en la Madre de Dios, como es claro por las razones antes aducidas (a.1, 2 y 3). Y por eso fue conveniente que su virginidad estuviera consagrada a Dios por medio de un voto. Sin embargo, al ser conveniente que, en tiempo de la Ley, tanto las mujeres como los hombres se aplicasen a la procreación, porque el culto de Dios se propagaba según el nacimiento carnal antes de que naciese Cristo de aquel pueblo, no es creíble que la Madre de Dios, antes de desposarse con José, haya hecho voto absoluto de virginidad, aunque lo deseara, abandonando su voluntad a los designios divinos sobre este asunto. Mas después, una vez que tomó esposo, conforme lo exigían las costumbres de aquellos tiempos, hizo junto con él voto de virginidad.

Plegaria a la Bienaventurada Virgen María

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Plegaria a la Bienaventurada Virgen María

PLEGARIA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

A LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA 1

 

Oh bienaventurada y dulcísima Virgen María, Madre de Dios, tesoro de toda bondad, Hija del Soberano Rey, Dominadora de los ángeles, Madre del común Creador, arrojo al seno de tu misericordia, hoy y todos los días de mi vida, mi cuerpo y mi alma, todas mis acciones, mis pensamientos, mis voluntades, mis deseos, mis palabras, mi vida toda y también mi muerte, para que, por tus sufragios todo ello tienda al bien, según la voluntad de tu querido Hijo, Nuestro Señor Jesucristo; para que Tú seas, oh mi Santísima  Soberana, mi ayuda y mi consolación en toda asechanza del antiguo adversario y de todos mis enemigos.

 

De tu amado Hijo Nuestro Señor Jesucristo, dígnate obtenerme la Gracia que me permitirá resistir a las tentaciones del mundo, de la carne, del demonio, y tener siempre firme propósito de nunca más volver a pecar, sino de perseverar en tu servicio y en el de tu Hijo amado.

 

Ruégote también oh mi Santísima Soberana, que me obtengas una verdadera obediencia y una verdadera humildad de corazón, para que me reconozca en verdad como un miserable y frágil pecador, impotente no solamente para cometer la menor obra buena, sino también para resistir los continuos ataques, sin la Gracia y el socorro de mi Creador y sin tus santas súplicas.

 

Obtén para mí, también, oh mi Dulcísima Soberana, una perpetua castidad de espíritu y de cuerpo, para que con corazón puro y cuerpo casto pueda servir a tu amado Hijo y a Ti misma en el estado de vida al cual he sido llamado2.

 

Obtén para mí, del Hijo tuyo, la pobreza voluntaria, con la paciencia y la tranquilidad del alma, para que yo pueda soportar las tareas de mi estado3 para mi salvación y la de mis hermanos.

 

Obtenme además, oh Dulcísima Soberana, una caridad verdadera,  que me haga amar de todo corazón a tu Hijo Santísimo, Nuestro Señor Jesucristo, y a Ti, después de El, por sobre toda cosa, y al prójimo en Dios y por Dios, de tal modo  que me  regocije del bien, que me aflija del mal, que a nadie desprecie, que nunca juzgue temerariamente, que nunca, en mi corazón, me prefiera a nadie.

 

Haz también, Reina del Cielo, que una siempre en mi corazón el temor y el amor de tu dulce Hijo; que le dé gracias sin cesar por todos los beneficios que me vienen, no de  mis méritos, sino de su pura bondad, y que yo haga de mis pecados una confesión pura y sincera, una penitencia verdadera, para merecer Gracia y misericordia.

 

Te suplico también, Única Madre mía, Puerta del Cielo y Abogada de los pecadores, que no permitas que, al fin de mi vida, yo, tu indigno servidor, me aparte de la Fe  Católica, sino que, en ese momento, me socorras según tu gran misericordia y con todo tu amor; que me defiendas de los malos espíritus; que por la gloriosa Pasión de Tu Hijo bendito y por tu propia intercesión, dándome un corazón lleno de esperanza, me obtengas de Jesús el perdón de mis pecados, de modo que, muriendo en tu amor y el suyo, me guíes por el camino de la salvación y la felicidad. AMÉN: Cfr.  Santo Tomás de Aquino, Oraciones (En latín y en castellano), Prólogo de A:D: Sertillanges, Editorial Tradición, México, 1989, págs 79 a 87.



1 Cfr.  Santo Tomás de Aquino, Oraciones (En latín y en castellano), Prólogo de A:D: Sertillanges, Editorial Tradición, México, 1989, págs 79 a 87.

2 Santo Tomás escribe “en tu Orden”. La Orden de Santo Domingo fue consagrada desde el principio y muy especialmente a la Virgen.

3 Santo Tomás escribe “las tareas de esta misma Orden”.

Los dones del Espíritu Santo según Santo Tomás

por admin  

Artículos de la Suma Teológica en los que Santo Tomás habla de los dones del Espíritu Santo: Entendimiento, Ciencia, Temor de Dios, Sabiduría, Consejo, Piedad, Don de lenguas, Don de milagros, Fortaleza. 

También se recogen otros artículos, que se refieren a la Blasfemia contra el Espíritu Santo, la Blasfemia en general, la Apostasía, la Herejía y la Infidelidad.

En el segundo archivo se recogen los artículos en los que Santo Tomás habla de los dones en general, y de las bienaventuranzas.

Los dones del Espíritu Santo

Los dones y bienaventuranzas

Santo Tomás de Aquino sigue vigente a los 740 años de su fallecimiento

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Dr. Pbro. Santiago Martínez Sáez.

Santo Tomás de Aquino [1225—1274] es el más importante de los filósofos y teólogos de la historia de la humanidad. Supera en exactitud, verdad y precisión a genios como Platón y Aristóteles a la vez que  los acoge, respeta y aprovecha dejándonos un legado insuperable y siempre aprovechable. Todo el que quiera profundizar en filosofía y teología deberá contar con S. Tomás, quien dotado de una sabiduría verdaderamente  prodigiosa supo elaborar la síntesis más admirable teológica y filosófica de todos los tiempos.

Su vida se desarrolla en el corazón del siglo XIII en el que la Iglesia y el Estado viven el esplendor de la unidad  cristiana, con dificultades, pero lo viven. Nace en 1224 ó 5 en Rocassecca. Estudia en el célebre monasterio benedictino de Montecassino. En Nápoles  entra en contacto con los dominicos. En París conoce a su principal maestro S. Alberto Magno con quien irá a Colonia. Su vida transcurre entre Italia (Nápoles) París y otros lugares de Italia. Muere el siete de marzo en la abadía de Fossanova. Un año antes había  dejado de escribir porque sus escritos le parecían paja. De ninguna manera es un pensador “congelado”,  como yo digo muchas veces, TENEMOS QUE SACARLO DEL CONGELADOR.

A él le debemos para siempre la explicación correcta de las relaciones entre FE y ciencia que podemos resumir en unión sin confusión, distinción sin separación, concordia y colaboración. 

 

O como ha afirmado  Benedicto XVI en un discurso que no le dejaron leer en La Sapienza, cancelado por protestas de algunos profesores y alumnos, que naturalmente se creen defensores de la libertad de expresión, y se llaman defensores demócratas. Son tontos que no saben ni de lo que hablan.

Allí el Papa hablaba de cómo entre la fe y la razón se puede hablar sin cambio, sin confusión, sin distinción y sin separación, que es lo que, —como sabemos— estamos aludiendo al concilio de Calcedonia al hablar de la unión entre la naturaleza humana y la divina de nuestro Señor Jesucristo.

 

S. Tomás  para nosotros es un ejemplo de humildad y de rectitud de intención en el estudio y en el trabajo. Siempre tuvo conciencia de la pequeñez de su obra [que es inmensa] ante la grandeza de Dios. Nos enseña  a buscar a Dios con la inteligencia, con la voluntad, con amor, con esperanza, con una honda formación sin dejarnos llevar por la estupidez de una buena parte de las ideologías modernas. Aunque no es un Aristotélico ni un personalista en él está lo mejor de Aristóteles y el resumen del personalismo medieval base del actual: insistió en la unidad, singularidad, incomunicabilidad, substancialidad, racionalidad y dignidad de la persona humana y estableció su primacía sobre todas las cosas. Afirmaba de la persona  —como sabemos—, “que es lo más perfecto que existe en la naturaleza; en ella reconocemos lo eterno en el hombre”. El Magisterio de la Iglesia lo recomienda continuamente… “bajo el magisterio de  S. Tomás”.  La fiesta de S. Tomás  el 7 de marzo nos recuerda la necesidad de una sólida formación doctrinal y religiosa que pueda ser  el soporte de todas las demás:  la humana, la ascética, la profesional y la apostólica. La vida de S. Tomás nos enseña a vivir, a adquirir  y mantener  una sólida piedad doctrinal:  Como diría San Josemaría:  “A ser piadosos como niños  con la doctrina de un teólogo”.

 

Hay anécdotas pequeñas, simpáticas: ¿Quién es Dios? Parece que preguntaba de joven a sus maestros. Pronto comprendió que para conocer a Dios no bastaban los maestros, había que tratarle.

 

Estando en oración oyó la voz de Jesucristo crucificado:

 

HAS ESCRITO BIEN DE MÍ, TOMÁS

 

¿QUÉ RECOMPENSA QUIERES POR TU TRABAJO?...

 

SEÑOR NO QUIERO NINGUNA COSA SINO A TI…

 

INTERRUMPE SU TRABAJO…

 

“DESPUÉS  DE LO QUE DIOS SE DIGNÓ REVELARME EL DÍA DE SAN NICOLÁS ME PARECE PAJA TODO LO QUE HE ESCRITO EN MI VIDA Y POR ESO NO PUEDO ESCRIBIR MÁS”.

 

Antes, su hermana en alguna ocasión le había preguntado:

 

Tomás ¿qué hace falta para ser santo? 

 

Quererlo…. Primero quererlo, segundo quererlo y tercero quererlo…

 

Sería canonizado y declarado doctor de la Iglesia el año 1323.

 

Nos enseña que el cristiano debe ser  un contemplativo que enseña a los demás  las cosas que ha contemplado. Por eso definía el apostolado:

 

contemplata aliis tradere… y las cosas contempladas comunicarlas a los demás…

 

Tiene más inteligencia  —nos decía Santo Tomás—, el que tiene más caridad…

 

Nos enseña cómo debe ser nuestra piedad doctrinal:

 

 “Mantener la seguridad en la doctrina”. Por eso  dice en la Suma Teológica:

“Para dar doctrina hace falta: que se haya alcanzado la plenitud en el conocimiento de las cosas divinas; que se pueda probar o confirmar las cosas que se enseñan; que se pueda manifestar a los demás convenientemente lo que se sabe”. [S. T. 2-2 q. 11 a. 4].

 

Recordemos para terminar que Santo Tomás nos animaba también  siguiendo a San Agustín:

 

“Busquemos con el afán de encontrar y encontremos con el afán de saber y de buscar aún más”.

 

 

MUCHAS GRACIAS.

 

La fe. Artículo de Luz García Alonso

por admin  

Ofrecemos, con su consentimiento, este completísimo artículo de la Dra. Luz García Alonso sobre la virtud de la fe.

La fe. Luz Garcia Alonso.docx

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