Listado completo de Papas (hasta Francisco)

por Antonio Rosales Email

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270.- JUAN PABLO II

por Antonio Rosales Email

Juan Pablo II (1920-2005), Papa (1978-2005), el primero no italiano desde 1523. La orientación enérgica y eficaz de su pontificado, su firme conservadurismo y sus viajes por todo el mundo (sin precedentes) han realzado la importancia del Papado tanto dentro como fuera de la Iglesia católica.

 

Juan Pablo II, es el primer Papa no italiano desde Adriano VI. Karol Wojtyla nació en Wadowice, Polonia, en 1920. Desde que ascendió al papado en 1978 condujo a la Iglesia aplicando criterios conservadores, tras condenar el control de natalidad, la ordenación de las mujeres y la participación de los sacerdotes en la política.

Karol Wojtyla nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice (Polonia) y estudió Poesía y Teatro en la Universidad de Cracovia. Durante la II Guerra Mundial trabajó en una cantera de piedra y en una fábrica química mientras estudiaba Teología. Ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946, dos años más tarde se doctoró en Filosofía por el Instituto Angelicum de Roma y en Teología por la Universidad Católica de Lublin (su tesis se tituló El acto de fe en la doctrina de San Juan de la Cruz y versó sobre este místico español). Fue capellán universitario y profesor de Ética en Cracovia y Lublin hasta que, en 1958, resultó nombrado obispo auxiliar de Cracovia. Su orientación filosófica, muy influida por Max Scheler, integró los métodos e ideas de la fenomenología en la filosofía tomista. En 1960, bajo el seudónimo de Andrzej Jawien, publicó una obra de teatro, La joyería.

Consagrado obispo en 1958, en 1964 fue nombrado arzobispo de Cracovia y el 26 de junio de 1967 cardenal. Participó de forma muy activa en el Concilio Vaticano II y representó a la Iglesia de su país en cinco sínodos episcopales internacionales celebrados entre 1967 y 1977.

El 16 de octubre de 1978, Karol Wojtyla fue elegido para suceder en el solio pontificio a Juan Pablo I, fallecido el 2 de septiembre de ese mismo año. El 13 de mayo de 1981, cuando entraba en la plaza de San Pedro del Vaticano, fue víctima de un atentado del que logró recuperarse. Además de continuar su prolífica obra escrita (en la que deben ser citados sus trabajos Amor responsable y fructífero y Signo de contradicción, ambos títulos publicados en 1979), especial consideración merecen sus encíclicas. La primera de ellas, Redemptor hominis (1979), demuestra la conexión entre la redención de Jesucristo y la dignidad humana. Otras posteriores fueron: Dives in misericordia (1980, acerca del papel de la misericordia en la vida humana), Laborem exercens (1981, sobre el trabajo), Slavorum apostoli (1985, sobre la posición de la Iglesia en Europa Oriental), Dominum et vivificantem (1986, que planteaba las virtudes de la doctrina católica frente a las creencias ateas y materialistas), Redemptoris Mater (1987, que resaltaba el papel de la Virgen María como fuente de unidad cristiana), Sollicitudo rei socialis (1987, acerca de la influencia de los problemas económicos y sociales), Centesimus annus (1991, conmemorando el centenario de la encíclica Rerum novarum de León XIII, que criticaba tanto el marxismo como el liberalismo extremo), Veritatis splendor (1993), Evangelium vitae (1995), Ut unum sint (1995) y Fides et ratio (1998, acerca de las relaciones entre la fe y la razón). Después de revisar el hasta entonces vigente, el 25 de enero de 1983 promulgó el nuevo Código de Derecho Canónico de la Iglesia católica, que entró en vigor el 27 de noviembre de ese mismo año. Además, el 11 de octubre de 1992 aprobó el nuevo Catecismo de la Iglesia católica.

Juan Pablo II se opuso al proceso de secularización eclesiástica. Redefiniendo las responsabilidades de los laicos, los sacerdotes y las órdenes religiosas, rechazó la ordenación sacerdotal femenina y el nombramiento de sacerdotes para ocupar cargos oficiales o su participación directa en la política. Sus gestiones ecuménicas iniciales se dirigieron más hacia la Iglesia ortodoxa y la Iglesia anglicana que hacia el protestantismo occidental. Influyó en la restauración de la democracia y la libertad religiosa en Europa Oriental, sobre todo en su Polonia natal, y trató de luchar con energía contra los disidentes en el seno de la Iglesia. Reafirmó la posición católica a favor del celibato sacerdotal y contra la homosexualidad, el aborto, los métodos artificiales de reproducción humana y el control de natalidad. A este respecto, en 1994 realizó distintas gestiones junto a musulmanes conservadores para intentar aminorar las declaraciones efectuadas en El Cairo (Egipto) por la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo de las Naciones Unidas. En su obra más conocida, Cruzando el umbral de la esperanza (1994), desarrolló muchas de las posiciones ideológicas que habían caracterizado a su papado.

El 21 de mayo del año 2000, el Papa Juan Pablo II canonizó a 27 mexicanos, entre ellos una mujer, María del Jesús Sacramentado Venegas, la primera santa mexicana. La mayoría de ellos fue víctima de las persecuciones religiosas acaecidas durante la denominada Guerra Cristera (1926-1929). Hasta la fecha sólo había un santo de origen mexicano. Es el Papa de los records. El Papa que más fieles ha canonizado. El 11 de Marzo, beatificó a 233 españoles, víctimas del odio religioso durante la guerra civil española.

El 12 de marzo de 2000, en la basílica de San Pedro del Vaticano, el Papa Juan Pablo II celebró un acto litúrgico solemne, uno de los más importantes de todo su pontificado, en el que pidió perdón por los pecados cometidos por la Iglesia católica apostólica romana a lo largo de sus 2000 años de historia. Este acto sin precedentes se enmarca dentro de las celebraciones del Gran Jubileo, y con él el Papa pretende que la Iglesia entre purificada en el tercer milenio de la era cristiana.

En su declaración pública de petición de perdón por las desviaciones y errores del pasado, el Papa admitió la responsabilidad de la Iglesia en la incomprensión hacia el pueblo de Israel, la discriminación de la mujer y el desprecio de los desposeídos. Pidió perdón “por las divisiones entre cristianos, por el uso de la violencia al servicio de la verdad” (en alusión a las Cruzadas, a la Inquisición y a las guerras de religión) y por las “posturas de desprecio y hostilidad hacia los seguidores de otras religiones”. Cinco cardenales y dos arzobispos se encargaron de enumerar los siete apartados de culpas en que se centró la ceremonia. Después de la confesión de los pecados, el Papa pronunció un propósito de enmienda: “Nunca más contradicciones en el servicio de la verdad, nunca más gestos contra la comunión de la Iglesia, nunca más ofensas hacia cualquier pueblo, nunca más recurrir a la lógica de la violencia, nunca más discriminaciones, exclusiones, opresiones, desprecio de los pobres y de los últimos”. Este acto no tuvo correspondencia entre otras confesiones ni tampoco entre líderes políticos ni religiosos.

Juan Pablo II recordó igualmente las persecuciones padecidas por los cristianos a causa de su fe y señaló que la Iglesia perdona “a los demás por las culpas contra nosotros”.

La Comisión Teológica Internacional, presidida por el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, elaboró un documento titulado Memoria y Reconciliación en el que se analiza el tema de la Iglesia y las culpas del pasado.

Entre el 20 y el 26 de marzo, el Papa Juan Pablo II realizó un histórico recorrido por Tierra Santa. La visita, que revestía una gran importancia simbólica en el año del Gran Jubileo de la Iglesia católica apostólica romana, comenzó en Jordania y continuó en Israel y Palestina.

En Jordania, las declaraciones de Juan Pablo II fueron de respaldo al proceso de paz emprendido en Oriente Próximo. El Papa señaló la necesidad de hacer frente a “las graves y urgentes cuestiones relativas a la justicia, los derechos de los pueblos y las naciones”, palabras que se interpretaron como un reconocimiento a los derechos del pueblo palestino.

En los territorios bajo control de la Autoridad Nacional Palestina las palabras del Pontífice tomaron un cariz claramente político cuando defendió el derecho del pueblo palestino a tener su propio Estado, dentro de un proceso de negociación.

En uno de los momentos más significativos de su viaje, la visita en Jerusalén al Yad Vashem (memorial dedicado al Holocausto), el Papa rindió homenaje a las víctimas de esta “terrible tragedia” y expresó la profunda tristeza de la Iglesia católica ante el “odio, los actos de persecución y las manifestaciones antisemitas dirigidas por los cristianos contra los judíos en cualquier tiempo y lugar”.

El último día de su peregrinación, el Papa recorrió lugares santos para los musulmanes, judíos y cristianos. Primero visitó la Explanada de las Mezquitas, el tercer lugar sagrado para el Islam, donde los musulmanes creen que Mahoma ascendió al cielo. Después se dirigió al Muro de las Lamentaciones, el lugar más sagrado para los judíos, donde el Papa leyó y dejó entre las milenarias piedras del Muro de las Lamentaciones un mensaje en el que pedía perdón a los judíos: “Estamos profundamente afligidos por el comportamiento de aquellos que, en el curso de la historia, hicieron sufrir a vuestros hijos y os pedimos vuestro perdón”. Finalmente, el Pontífice se dirigió al Santo Sepulcro, el lugar venerado por los cristianos como el de la Resurrección de Cristo.

El 18 de enero, en un acto que simbolizaba la reconciliación ecuménica de toda la comunidad cristiana, los máximos dirigentes de las iglesias católica (el Papa Juan Pablo II), ortodoxa (el metropolita Athanasios, delegado del patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomeo I) y anglicana (el arzobispo de Canterbury, George Carey) abrieron la Puerta Santa de la basílica de San Pablo Extramuros, en el Vaticano, y, arrodillados, realizaron una plegaria. A continuación, cruzaron la Puerta Santa representantes de otras 22 iglesias y ritos cristianos. Se trata de un acto de concordia de gran alcance histórico y sin precedentes desde la celebración del Concilio Vaticano II (1962-1965). El Papa pidió “perdón a Cristo por todo aquello que en la historia de la Iglesia haya perjudicado su proyecto de unidad”. Durante la colorista ceremonia, que forma parte de las celebraciones del Gran Jubileo de la Iglesia católica, se leyeron textos bíblicos en diversos idiomas; entre ellos los del sacerdote ortodoxo ruso Girgij Florovskij y del teólogo luterano asesinado por los nazis en 1945 Dietrich Bonhoeffer.

La Nochebuena de 1999, el Papa Juan Pablo II abrió la inmensa Puerta Santa de la basílica de San Pedro, en el Vaticano, golpeándola tres veces. La apertura de esta puerta de bronce, sellada durante el resto del año, representa, como lo ha hecho durante siglos, el rito cristiano de la renovación, el paso del pecado a la gracia. Pero esta vez la ceremonia también anunció un suceso que ocurre una vez cada mil años: el Gran Jubileo de la Iglesia católica apostólica romana, que celebra la llegada del tercer milenio cristiano.

Los dos milenios anteriores han resultado muy fructíferos para la Iglesia católica. Con unos mil millones de fieles, el catolicismo se adentra en los próximos mil años rivalizando con el islamismo como organización religiosa más numerosa. Pero ¿seguirá creciendo la Iglesia en el nuevo milenio? Aunque el papado de Juan Pablo II ha sido ampliamente aclamado, se han producido algunas grietas. Presionada por una serie de problemas sociopolíticos y demográficos, la Iglesia ha tenido que modificar algunas de sus tradiciones más ancestrales o ha visto cómo perdía terreno respecto a otros sistemas de creencias.

El Jubileo comenzó a partir del último impacto del martillo y duró hasta el 6 de enero del 2001. Ese día, después de celebrar una misa solemne, el Papa cerró la enorme puerta una vez más. Las 54 semanas que se enmarcan entre las dos fechas han sido un periodo de peregrinación e intensa piedad para la Iglesia y sus fieles. Se auspició que el Jubileo atrajera a más de 30 millones de peregrinos a Roma. Sobre  6 millones de visitantes recibió la Tierra Santa, cuna de la cristiandad.

Para el Papa, que desde el principio ha establecido una conexión casi mística entre su papado y el nuevo milenio, el Jubileo ha sido probablemente su mejor y última oportunidad para insistir en algunos de los grandes temas de su pontificado. A medida que la Iglesia católica romana se aproximaba  al simbólico aniversario, afrontó retos que van desde la disminución de las vocaciones religiosas o la oposición a sus directrices en temas relativos al control de natalidad y al aborto, hasta la creciente reivindicación del derecho de los sacerdotes a contraer matrimonio y el de las mujeres a ser ordenadas.

El Gran Jubileo es el resultado de la combinación de dos tradiciones ancestrales. Entre los antiguos judíos, jubileo era el año sabático extraordinario (tras cada séptimo año sabático ordinario) celebrado cada 50 años. De acuerdo con el Levítico, cada año quincuagésimo el pueblo de Israel “deberá… proclamar la libertad por toda la tierra y a todos sus habitantes”: los esclavos serán liberados, a aquellos que deben dinero se les perdonarán sus deudas y se devolverá la tierra a sus dueños originales.

La introducción del jubileo como una celebración oficial de la Iglesia no se produjo hasta que el Papa Bonifacio VIII lo declaró como tal en el año 1300. Como las peregrinaciones a Tierra Santa eran difíciles por causa de la guerra, Bonifacio proclamó un año jubilar cada 100 años, durante el cual los cristianos debían hacer penitencia y, si ello era posible, viajar a Roma. Instituyó una indulgencia especial (una reducción limitada del castigo por los pecados) para aquellos que realizaran el peregrinaje. Esta práctica ha sido observada 25 veces durante los siglos, habiéndose acortado el periodo entre jubileos de 100 años a 50, 33 y, finalmente, desde 1470, a 25 años. La última celebración del jubileo fue en 1975.

 

El Jubileo del año 2000  ha coincidido con otro acontecimiento más importante si cabe: la conmemoración del tercer milenio cristiano. Los ciclos de mil años han tenido gran simbolismo en la cristiandad, al menos desde que se escribió el Apocalipsis, el último libro del Nuevo Testamento, que predecía el regreso de Cristo para gobernar durante 1.000 años antes del Juicio Final.

Para Juan Pablo la importancia del año 2000 reside en que es el “año de la gracia del Señor”. Su deseo de participar en el Gran Jubileo es una de sus mayores motivaciones para continuar; cada año jubilar es para él como “una fiesta nupcial”, y el año 2000 debe ser “un Jubileo extraordinariamente grande”. Cada día que permanezca en Roma, durante las 54 semanas del año jubilar, el Papa ha bendecido a las multitudes que se congregaron en la plaza de San Pedro. Han sido programadas docenas de procesiones, misas y otras ceremonias de gran esplendor en las mayores basílicas de Roma y sus alrededores. Un ejemplo de la solemnidad del ritual que ha marcado el año: el 8 de marzo del 2000 se paró el tráfico en Roma y Juan Pablo II, acompañado por un cortejo de cardenales, caminó desde la vieja basílica de Santa Sabina al Circo Máximo. Después de terminar su recorrido, el Pontífice, con la cabeza ungida con cenizas y vestido con las ropas púrpuras que simbolizan la tristeza, participó en una ceremonia de petición del perdón.

En total, el Vaticano esperaba que más de 30 millones de peregrinos se dirigieran a Roma durante el Año Santo. La ciudad ha trabajado intensivamente en los preparativos para recibirlos. Se han realizado más de 700 obras para el acontecimiento, que van desde la restauración de vistosos mosaicos de iglesias al desmonte de la colina cercana al Vaticano para habilitar plazas de aparcamiento. También se han organizando exposiciones que se celebraron conjuntamente con el Jubileo.

Sin embargo, los planes del Papa para el Gran Jubileo van más allá de la pompa y la ceremonia. Juan Pablo II ve el Jubileo como una oportunidad para exhortar a sus feligreses a que realicen actos de penitencia más sinceros. Ahora bien, estas indulgencias no se consideran ya como una reducción de los años que se van a pasar en el purgatorio (como ocurría en la edad media) sino como una oportunidad para la renovación espiritual.

La Iglesia también ha adoptado la defensa de la justicia económica para las naciones en desarrollo como un tema propio del Jubileo. De acuerdo con el significado original del término jubileo, así como con el creciente compromiso del catolicismo con la justicia social, Juan Pablo II, en su carta apostólica de 1994, Tertio Millennio Adveniente (A medida que se acerca el Tercer Milenio), habló de “reducir sustancialmente, si no cancelar por completo” la enorme deuda contraída por los países en vías de desarrollo con los bancos y los organismos de crédito internacionales. Los obispos católicos se han convertido en parte importante del movimiento ecuménico en favor de la condonación de la deuda.

El Jubileo es también una ocasión para llevar a cabo un examen crítico de la conducta histórica de la propia Iglesia. El Papa ha pedido que se haga un “examen de conciencia” del milenio, para que la Iglesia católica “sea más consciente de lo pecaminoso de sus hijos”. En concreto, se refiere a las conclusiones de dos estudios que han sido realizados. Uno de ellos tenía como objetivo examinar la actuación de la Inquisición, el tribunal eclesiástico que funcionó del siglo XIII al XIX, que utilizó métodos como la tortura y otras atrocidades, para erradicar lo que la Iglesia consideraba doctrinas falsas, desde el judaísmo a la brujería. En enero de 1998 la Iglesia decidió abrir por primera vez los archivos de la Inquisición a los investigadores, y en octubre el Vaticano celebró una reunión con expertos en el tema. El segundo estudio analizaba las relaciones entre la Iglesia católica y el pueblo judío. El Papa, que en su infancia en Polonia vio morir a amigos suyos durante el Holocausto, ha intentado estrechar las relaciones con el pueblo judío y firmó el reconocimiento del Vaticano del Estado de Israel. En marzo de 1998 el Vaticano publicó el informe titulado Recordamos: una reflexión sobre la Shoah (nombre del Holocausto en hebreo), una declaración formal de arrepentimiento. El documento reconoce que muchos cristianos contribuyeron a la tragedia, por acción u omisión.

El Papa contempla el Jubileo también como una ocasión para llevar a cabo su deseo de conectar espiritualmente con otras iglesias cristianas, de que todas éstas lleguen en “perfecta comunión” al Jubileo. La Iglesia anunció un acuerdo, en junio de 1999, con la Iglesia luterana sobre la cuestión de la doctrina protestante de la justificación por la fe, motivo de una disputa religiosa que fue una de las causas principales que llevó a la Reforma protestante en el siglo XVI. Pero en otros temas permanece el desacuerdo, y todavía falta negociar con muchas otras confesiones religiosas.

Los vínculos con las iglesias ortodoxas de la Europa del Este, que se separaron del catolicismo romano en el siglo XI, tampoco son tan fuertes como quisiera Juan Pablo II. En algunos aspectos las relaciones con las iglesias orientales están más desarrolladas que con el protestantismo. Por ejemplo, la Iglesia católica romana reconoce las ordenaciones de sacerdotes de la Iglesia ortodoxa. Aunque no en total comunión, las dos iglesias han estado trabajando en aspectos puntuales de su doctrina desde 1980, y la visita del Papa a Rumania en mayo de 1999 (la primera visita de un Papa a un país de mayoría ortodoxa en casi mil años) fue considerada todo un paso adelante.

La Iglesia que el Papa Juan Pablo II va a dejar como legado en el tercer milenio de la era cristiana está sufriendo importantes cambios en su configuración geográfica. En Estados Unidos y Europa occidental, bastiones tradicionales de la Iglesia católica romana, y donde siempre ha estado concentrado su poder político, queda poco espacio para el crecimiento. No sólo queda poca población que convertir al catolicismo en estas áreas, sino que la vigorosa oposición de Juan Pablo II al matrimonio entre personas del mismo sexo, la ordenación sacerdotal de las mujeres, el matrimonio de los sacerdotes y el control de natalidad, le ha restado popularidad. La competencia con el protestantismo y otras religiones también es un factor que frena su crecimiento, sobre todo en Latinoamérica.

Sin embargo, muchos expertos opinan que existen pocas posibilidades de que Juan Pablo II o cualquiera de sus sucesores en los próximos 50 años modifique alguna de sus posiciones. Entre los temas controvertidos, el único con mayores posibilidades de cambio es la prohibición del matrimonio de los sacerdotes. Existen factores que pueden contribuir a esto: el hecho de que el celibato sea considerado como una ley disciplinaria sacerdotal más que como una doctrina oficial de la Iglesia y el de que existen unos 150 sacerdotes católicos casados procedentes del episcopalismo.

La mayor zona de crecimiento para la Iglesia en el próximo siglo parece estar en Asia y especialmente en África. El Papa se ha dedicado a evangelizar incansablemente en estos continentes, con resultados significativos. El mensaje del Jubileo que pide la condonación de la deuda exterior ha tenido una gran aceptación en un continente como África, tan agobiado por las dificultades económicas. El número de sacerdotes ha aumentado en este continente un 42% durante este papado, en contraposición al descenso de un 13% en Estados Unidos. El crecimiento general de la Iglesia en los países en vías de desarrollo es significativo. Estas áreas ahora proporcionan el 40% de sus cardenales y afianzan su compromiso creciente con la justicia social.

Por supuesto, todas las expectativas futuras del Papa para el Gran Jubileo cuentan con que su salud soportará la presión de las celebraciones de un año muy intenso. Hasta hoy, ha conseguido mantener un repleto calendario de viajes y actividades que han contribuido a su enorme popularidad. Pero el Papa todavía arrastra las secuelas físicas del intento de asesinato de 1981 en el que estuvo a punto de perder la vida y ha sufrido en estos años algunas desafortunadas fracturas de huesos. Su estado de debilidad es en ocasiones evidente y pone de manifiesto sus 79 años de edad. Aunque el Vaticano no ha hecho público un diagnóstico preciso, es conocido que el Papa sufre la enfermedad de Parkinson, un deterioro progresivo de los músculos que produce temblor en las manos y que puede resultar fatal con el paso del tiempo. Juan Pablo II se encuentra pues en la última fase de su notable pontificado, y la Iglesia actual y el próximo Jubileo serán su legado.

Este Jubileo es el momento que el Papa ha estado esperando. En Polonia, en el entorno católico en el que creció, la religión no era una cuestión de política social, teología o piedad personal. Era la combinación de todas esas cosas. En el octogésimo año de su vida y vigesimotercero de su papado, Juan Pablo II  recreó lo más posible esta atmósfera en la cosmopolita Roma, combinando la celebración, la peregrinación y la oración. Ha sido pues una extraordinaria apertura del tercer milenio cristiano.

Pese al progresivo deterioro de su salud, Juan Pablo II no dejó en ningún momento de realizar numerosos viajes apostólicos, generalmente a puntos conflictivos de la escena política internacional. En noviembre de 1996 se entrevistó en la Ciudad del Vaticano con el líder cubano Fidel Castro y en diciembre de ese mismo año con George Leonard Carey, arzobispo de Canterbury. En 1997 visitó Sarajevo (Bosnia-Herzegovina), la República Checa, Líbano, Polonia, Francia y Brasil. Esta actividad alcanzó tintes históricos entre los días 21 y 25 de enero de 1998, cuando visitó Cuba (según lo acordado en la antedicha entrevista con Castro) y, en sus distintos mensajes al pueblo de aquel país, incidió en temas tan controvertidos como los derechos humanos, la situación de los exiliados y sus familias, la libertad de educación, la situación de la Iglesia cubana o el que consideró “éticamente inaceptable” bloqueo económico sufrido por la isla.

Viajes de Juan Pablo II

1979

Santo Domingo, México, Bahamas (25 Enero al 1 de Febrero)

Polonia (2 al 10 de Junio)

Irlanda y Estados Unidos (29 de Septiembre al 1 de Octubre)

Turquía (28 al 30 de Noviembre)

 

1980

Zaire, Congo, Kenia, Gana, Alto Volta y Costa de Marfil (2 al 12 de Mayo)

Francia (30 de Mayo al 2 de Junio)

Brasil (30 de Junio al 12 de Julio)

Alemania (15 al 19 de Noviembre)

 

1981

Pakistán, Filipinas, Japón, UAM, y Alaska Anchorage (16 al 27 de Febrero)

 

1982

Nigeria, Benín, Gabón, Guinea Ecuatorial (12 al 19 de Febrero)

Portugal (10 al 15 de Mayo)

Gran Bretaña (28 de Mayo al 2 de Junio)

Argentina (11 al 12 de Junio)

Ginebra- Suiza (15 de Junio)

San Marino (29 de Agosto)

España (31 de Octubre al 12 de Noviembre)

 

1983

Costa Rica, Nicaragua, Panamá, El Salvador,Guatemala, Belice, Haití (2 al 9 de Marzo)

Polonia (16 al 23 de Junio)

Francia (14 al 15 de Julio)

Austria (10 al 13 de Septiembre)

 

1984

Alaska (Fairbanks), Corea, Papúa-Nueva Guinea, Islas Salomón, Tailandia (2 al 12 de mayo)

Suiza (12 al 17 de Junio)

Canadá (9 al 19 de Septiembre)

España, República Dominicana, Puerto Rico (10 al 12 de Octubre)

 

1985

Perú, Ecuador, Venezuela (26 de Enero al 6 de Febrero)

Bélgica, Holanda, Luxemburgo (11 al 21 de Mayo)

Togo, Costa de Marfil, Camerún, República Centro-africana, Zaire, Kenia, Marruecos (8 al 19 de Agosto)

Liechtenstein (8 de septiembre)

 

1986

Nueva Delhi, Calcuta, Goa, Trichur y Bombay (31 de

Enero al 10 de Febrero)

Colombia (1 al 8 de Julio)

Francia (4 al 7 de Octubre)

Bangladesh, Singapur, Islas Fiji, Nueva Zelanda,

Australia (18 de Noviembre al 1 de Diciembre)

 

1987

Uruguay, Chile, Argentina (31 de Marzo al 13 de Abril)

Alemania Federal (30 de Abril a 4 de Mayo)

Polonia (8 al 14 de Junio)

Estados Unidos Canadá (10 al 20 de Septiembre)

 

1988

Uruguay, Bolivia, Perú, Paraguay (7 al 19 de Mayo)

Austria (24 al 27 de Junio)

Zimbawe, Mozambique, Botswana, Swazilandia,

Lesotho (9 al 19 de Septiembre)

 

1989

Madagascar, Islas Reunión, Zambia y Malawi (28 de

Abril al 6 de Mayo)

Santiago de Compostela y Oviedo (1 al 10 de Junio)

Corea del Sur, Indonesia, Timor Oriental y Mauricio (6 al 15 de Octubre)

 

1990

Cabo Verde, Guinea Bissau, Mali, Burkina Fasso y

Chad (fines de Enero al 2 de Febrero)

México (6 al 14 de Mayo)

Malta (25 al 27 de Mayo)

Burundi, Ruanda, Costa de Marfil (Septiembre)

 

1991

Lisboa, Fátima, Islas Azores, Funchal (10 al 13 de mayo)

Polonia (1 al 9 de Junio)

Brasil (12 al 21 de Octubre)

 

1992

Senegal, Gambia y Guinea Conakry (9 al 26 de Febrero)

Angola, Santo Tomé y Príncipe (14 al 10 de Junio)

República Dominicana (9 al 14 de Octubre)

 

1993

Benín, Uganda y Jartum (3 al 10 de Febrero)

Sicilia (Mayo)

España (12 al 17 de Junio)

 

1994

Zagreb, Croacia (10 al 11 de Septiembre)

 

1995

Bégica (4 de Junio)

Camerún, Sudáfrica, Kenia (14 al 20 de Septiembre)

Estados Unidos (4 al 9 de Octubre)

 

1996

Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Venezuela (5 al 12 de Febrero)

Túnez (14 de Abril)

Eslovenia (17 al 19 de Mayo)

Alemania (21 al 23 de Junio)

Hungría (6 al 7 de Septiembre)

Francia (19 al 22 de Septiembre)

 

1997

Bosnia-Herzegovina (12 al 13 de Abril)

República Checa (25 al 28 de Abril)

Líbano (10 de Mayo)

Polonia (31 de Mayo al 10 de Junio)

Francia (21 al 24 de Agosto)

Brasil (2 al 5 de Octubre)

 

1998

Cuba (21 al 26 de Enero)

Nigeria (12 al 13 de Marzo)

Austria (19 al 21 de Junio)

Croacia (2 al 4 de Octubre)

 

1999

México (22 al 26 de Enero)

Estados Unidos (26 y 27 de Enero)

Polonia (5 al 18 de Junio)

India (5 al 8 de Noviembre)

Georgia (8 al 9 de Noviembre)

 

2000

Egipto (24 al 26 de Febrero)

Tierra Santa.-Peregrinación Jubilar (20 al 26 de Marzo)

Fátima.-Peregrinación Jubilar (12 y 13 de Mayo)

 

2001

Grecia, Siria y Malta (4 al 9 de Mayo)

Ucrania (23 al 27 de Junio)

Kazajstán y Armenia (22 al 26 de Septiembre)

 

Además:

Ha beatificado 1272 mástires y confesores.

452 Santos han sido canonizados.

Ha creado 201 cardenales.

Ha publicado 13 encíclicas, 12 exhortaciones apostólicas

y 11 constituciones apostólicas.

269.- JUAN PABLO I

por Antonio Rosales Email

Albino Luciani, nació el 17 de Octubre de 1912, en Forno di Canale, por entonces un pueblecito de poco más de mil habitantes al norte de Italia, en la diócesis de Belluno.

Albino era el mayor de cuatro hermanos. Después de estudiar en el seminario local de Belluno, fue ordenado sacerdote el 7 de Julio de 1935.Posteriormente se dirigió a Roma para continuar sus estudios teológicos en la universidad Gregoriana.

En 1937 regresó a su pueblo natal, donde fue nombrado coadjutor de la parroquia. Pronto sería nombrado vicerrector del Seminario Gregoriano de Belluno y allí, por espacio de diez años, se dedicó a enseñar diversas materias: teología dogmática, moral, derecho y arte sacro.

En 1947 fue nombrado Pro-Vicario de la diócesis de Belluno y dos años más tarde le fue encomendada la organización del Congreso Eucarístico de Belluno. De la experiencia de todos esos años, y como Director de la oficina de Catequesis, publicó por entonces un libro titulado “Catequesis en migajas”. En efecto, el campo de su especial interés era la catequesis. Había nacido para ser maestro.

En 1954 es nombrado vicario general de Belluno y cuatro años más tarde el Papa Juan XXIII, en Roma, lo consagraba obispo para la diócesis de Vittorio Veneto, cerca de Venecia.

En 1969 el Papa Pablo VI lo nombra patriarca de Venecia y en 1973 es creado cardenal por el mismo Papa. Durante tres años, será vicepresidente de la Conferencia Episcopal Italiana.

Su amor y solidaridad para con los más necesitados lo expresaba constantemente. Cuando en 1976 ofreció el producto de la venta de dos cruces pectorales –regalo del Papa Juan XXIII- y de un anillo –regalo del Papa Pablo VI- para ayudar a los subnormales, dijo a los presentes: “Es poca cosa por la ayuda que con esto puedo aportar, pero es mucho si nos ayuda a entender que el verdadero tesoro de la Iglesia son los pobres, los desheredados, los pequeños a los que hay que ayudar”.

El mismo año publica su famoso libro “Illustrissimi”, cartas ficticias dirigidas a personajes de la historia o fantasía, y que para él serán un medio de expresar sus más profundas convicciones y puntos de vista. Así por ejemplo, se referirá a los teólogos que por aquel entonces se consideraban avanzados: “Teólogo -decía- no es el que habla de Dios, sino también el que habla a Dios. ¿Y cuantos de ellos hablan con Dios y nos ayudan a hablar con Él?”

El cónclave de Agosto de 1978, fue el más grande hasta entonces en cuanto al número de cardenales asistentes y quizá también uno de los más cortos.

Al finalizar la primera jornada, el mundo entero se vería sorprendido por la nueva elección, pues entre las cábalas y especulaciones, pocos habían fijado su atención en el patriarca de Venecia, tan poco conocido fuera de Italia.

El nuevo Papa elige entonces los nombres de sus predecesores inmediatos: Juan y Pablo. ¿Una señal de continuidad con respecto al camino emprendido por sus más cercanos predecesores? Ciertamente el nuevo Papa se mostraba como un “hombre del Concilio”, porque era un hombre de la Iglesia, fiel a ella y fiel a Cristo, su Señor. Su “programa” sería el programa del Espíritu Santo, y él seguiría las líneas fundamentales de sus predecesores, como él mismo lo planteó. Sin embargo la elección del nombre, se debió a otro razonamiento, o quizá digamos a un gesto de profunda gratitud y de unidad cordial con sus predecesores.

Juan Pablo I

El Papa Juan Pablo I se proyectaba como un hombre de diálogo, de escucha, y se mostraba en todo momento cercano, dialogante. Su tarea era la del pastoreo de la Iglesia en fidelidad a lo que el espíritu había ido suscitando ante los signos de los tiempos.”Nosotros los obispos gobernamos sólo si servimos: nuestro gobierno es adecuado si se concentra en el servicio o se ejerce con miras al servicio, con espíritu y estilo de servicio”. Y servir es enseñar, exhortar, es guiar, ejercer la sacra potestad.

Sin embargo, Juan Pablo I, elegido por el Espíritu Santo para ser “párroco del mundo” en la sucesión de la cátedra de San Pedro, por los misteriosos designios de Dios, sería llamado pronto a la Casa del Padre, el 28 de Septiembre de 1978, habiendo transcurrido escasamente un mes de su pontificado.

Desde su aparición en los balcones del Vaticano, el Papa Juan Pablo I cautivó a todos cuantos contemplaban la escena. “El Papa de la sonrisa”, “el Papa de los niños” como se le ha llamado, fue una respuesta generadora de entusiasmo. El corto reinado del Papa Luciani fue como una muestra pública de que hoy, en medio de la secularización, en medio de los conflictos, de las traiciones de tantos, es posible ser cristiano, simple y sencillamente cristiano.

Doctores de la Iglesia

Doctores de la Iglesia, eminentes maestros cristianos proclamados por la Iglesia como merecedores de ese título, que viene del latín Doctor Ecclesiae. De acuerdo con este rango, la Iglesia reconoce la contribución de los citados teólogos a la doctrina y a la comprensión de la fe. La persona así llamada tiene que haber sido canonizada previamente y haberse distinguido por su erudición. La proclamación tiene que ser realizada por el Papa o por un concilio ecuménico. Los primeros Doctores de la Iglesia fueron los teólogos occidentales san Ambrosio, san Agustín de Hipona, san Jerónimo y el papa san Gregorio I, que fueron nombrados en 1298. Los correspondientes Doctores de la Iglesia de Oriente son san Atanasio, san Basilio, san Juan Crisóstomo y san Gregorio Nacianceno. Fueron nombrados en 1568, un año después de que se designara con la misma condición a santo Tomás de Aquino. Mujeres que han alcanzado esta distinción fueron santa Catalina de Siena y santa Teresa de Jesús (en 1970) y santa Teresa del Niño Jesús (en 1997).

Otros Doctores de la Iglesia son San Isidoro de Sevilla, San Juan de la Cruz, San Beda el Venerable, San Anselmo, San Alberto Magno, San Buenaventura, San Hilario, San Bernardo, San Francisco de Sales, San Antonio de Padua, San Lorenzo de Brindisi, San Pedro Canisio, San Pedro Crisólogo, San Pedro Damiano, San Roberto, San León Magno, San Alfonso Mª de Ligorio, San Efrén el Sirio, San Juan Damasceno, San Cirilo de Jerusalén, San Cirilo de Alejandría.

Transición española

Proceso según el cual España logró pasar, sin traumas graves, de una dictadura, la de Francisco Franco, a un Estado social, democrático y de derecho. Las fechas de duración de este periodo varían según los estudiosos, pero las más aceptadas son el 20 de noviembre de 1975 para su inicio (fallecimiento del dictador) y el 28 de octubre de 1982 (victoria electoral del Partido Socialista Obrero Español, PSOE) para delimitar su finalización.

En noviembre de 1975, Juan Carlos I iniciaba su reinado como jefe del Estado y sucesor, por tanto, del general Franco. Anteriormente, como príncipe, ya venía estableciendo contactos con diferentes políticos españoles y europeos, consciente de que el régimen del anciano dictador, desde años antes, se descomponía sin salida posible. Incluso la Iglesia, abandonado el nacional catolicismo, de la mano del cardenal Vicente Enrique y Tarancón, apostaba ya por la democracia.

El Rey pudo apoyar este cambio inevitable porque disponía del único poder efectivo: el del Ejército. Y porque entre los principales protagonistas sociales triunfó el llamado ‘consenso’, aceptado tanto por los políticos del régimen, que plantearon la llamada ‘reforma’, como por los que se hallaban fuera del sistema, que renunciaron a la ‘ruptura’. Como fondo y aparente sujeto pasivo se encontraba la sociedad española, que asumió la necesidad de un cambio progresivo.

El diseño inicial del cambio se debió a Torcuato Fernández-Miranda, que ya en 1969 aseguró a Juan Carlos que se podría cambiar el sistema “de la ley a la ley”. Para ello, en julio de 1976, el Rey pidió la dimisión al presidente del gobierno y todavía ‘heredero’ del dictador, Carlos Arias Navarro. Fernández-Miranda maniobró para que en las propuestas del Consejo del Reino figurara el elegido por Juan Carlos I, Adolfo Suárez, que aceptó pilotar la transición, con lo que ésta se puede dar definitivamente por comenzada. Así, se preparó una Ley para la Reforma Política, que la izquierda rechazó por insuficiente, pero que las propias Cortes franquistas aprobaron y, en diciembre de ese año, obtuvo el refrendo plebiscitario solicitado. La Ley permitía todos los partidos y la libertad sindical, y aunque los jefes militares creyeron que no consentiría la acogida del Partido Comunista (PCE), el Sábado Santo de 1977 éste era legalizado; Santiago Carrillo, su principal líder, podía aparecer en público y se convocaban para el 15 de junio las primeras elecciones democráticas, a las que acudieron 106 partidos políticos.

Triunfó en ellas la Unión de Centro Democrático (UCD), una agrupación promovida por el propio Suárez. El nuevo gobierno decretó la amnistía, entabló relaciones con los países del Este europeo y restableció la Generalitat de Cataluña, así como la legitimidad del gobierno vasco (formación del Consejo General Vasco). Regresaban Jesús María de Leizaola (1979) y Josep Tarradellas (1977), representantes de los poderes autónomos en el exilio vasco y catalán, respectivamente. Las nuevas Cortes, presididas por la destacada comunista Dolores Ibárruri (Pasionaria), se declararon Constituyentes.

Entre tanto, la violencia había aparecido, y, con ella, los crímenes perpetrados por la extrema derecha y, sobre todo, por la organización terrorista independentista vasca ETA, que en estos tres años cometió 134 asesinatos, particularmente de jefes militares. Pero la reacción ante la barbarie se ajustó a los límites de un Estado democrático. En octubre de ese año 1977 se firmaron los denominados ‘pactos de la Moncloa’, esto es, el consenso de las principales fuerzas políticas respecto del programa que llevará a cabo el gobierno.

Durante 1978, las principales fuerzas políticas, incluso las nacionalistas, trabajaron en la redacción de una ley magna que conectara de nuevo al Estado español con su constitucionalismo histórico. Los nacionalistas estuvieron representados tanto por la catalana Convergència i Unió (CiU), aglutinada por Jordi Pujol, como por el Partido Nacionalista Vasco (PNV), partido este último que no participó finalmente en la comisión redactora. El consenso acordado se centró fundamentalmente en el respeto de la economía de libre mercado, junto a la planificación estatal, y la unidad nacional, dentro de un Estado estructurado en comunidades autónomas.

A su vez, la izquierda adquirió cada vez más protagonismo, tanto por el prestigio en ella del PCE como por el ascenso social del PSOE liderado por Felipe González, en tanto que la UCD comenzaba a mostrar signos de resquebrajamiento. Se produjeron al tiempo operaciones involucionistas en los cuarteles, mientras los nostálgicos del régimen franquista, encabezados por José Antonio Girón y Blas Piñar, se hicieron sentir en la calle. En noviembre de 1978, se abortó la denominada ‘operación Galaxia’, que preparaba un golpe de Estado.

 

Proclamado rey de España el 22 de noviembre de 1975, Juan Carlos I representó desde el comienzo de su reinado el elemento de conciliación que el Estado precisaba para efectuar una transición pacífica hacia un régimen democrático. En estas palabras, pronunciadas por el monarca en 1977, asistimos a uno de sus característicos llamamientos a la creación de un nuevo y próspero futuro para España, resaltando la fundamental importancia de su padre, don Juan de Borbón, en la consolidación de este proceso.

Aunque el 4 de diciembre de ese año se aprobó la Constitución y el 29 del mismo mes tuvo lugar su promulgación, la transición no podía darse por terminada. La UCD no se consolidaba, dentro de la izquierda había aún muchas posiciones extremas y en la derecha abundaban los nostálgicos violentos. Algunos jefes militares mostraron su descontento, aunque otros, entre los que destacaba el ministro Manuel Gutiérrez Mellado, aceptaban y promovían el cambio.

Así la cosas, en las elecciones de marzo de 1979 volvió a triunfar la UCD; pero en las municipales de abril la izquierda conseguía las principales alcaldías. El PSOE abandonó oficialmente el marxismo y se acercó así al centro izquierda, desde posiciones políticas claramente socialdemócratas. En diciembre, se aprobaron sin problemas los estatutos de autonomía de Cataluña y del País Vasco.

El año 1980 transcurrió entre interrogantes: la UCD se estaba disolviendo y, aunque en septiembre Suárez superó una moción de censura (votación parlamentaria que persigue sustituir a un gobierno) promovida por el PSOE en el Parlamento, los enfrentamientos dentro de su propio partido, así como una economía con una inflación que superaba el 20% y un paro que había aumentado el 500% desde 1975, le empujaron en enero de 1981 a presentar su dimisión.

 

El destacado político español Adolfo Suárez recibió, poco después de abandonar en 1981 el cargo de presidente de gobierno, el título de duque de Suárez en reconocimiento a su labor durante la transición a la democracia en España. Por la misma razón, en 1996 se le concedió el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia.

Un mes después, la naciente democracia española afrontó su última prueba: el 23 de febrero estalló el golpe de Estado que se venía preparando. El teniente coronel Antonio Tejero, con 150 guardias civiles, se apoderó del Congreso de los Diputados durante la votación de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, el sucesor de Suárez. Todos los parlamentarios quedaron encerrados allí. El general Jaime Milans del Bosch tomó la ciudad de Valencia, sede de su Capitanía General. Algunas fuerzas de la División Acorazada Brunete (Madrid) ocuparon las instalaciones de Radiotelevisión Española (RTVE). Pero Juan Carlos I ejerció inmediatamente el mando militar. En la madrugada del día 24, el Rey anunció que el golpe había sido dominado. La monarquía parlamentaria y la democracia española superaron así su prueba de fuego.

El colofón cronológico a todo este periodo ha sido puesto frecuentemente por los estudiosos en la victoria electoral del PSOE en las elecciones generales de octubre de 1982, con lo que se demostraba la verdadera transformación permitida por el sistema político. En octubre de 1976, Manuel Fraga había creado Alianza Popular, la formación política que, en 1989, se refundó con la nueva denominación de Partido Popular (PP) y que acabaría siendo la alternativa de centro derecha al socialismo, al cual sustituyó en el poder tras ganar las elecciones de marzo de 1996 y obtener para su principal dirigente, José María Aznar, el acceso al cargo de presidente del gobierno, dándose inicio así a lo que algunos analistas dieron en llamar la ‘segunda transición’.

268.- PABLO VI

por Antonio Rosales Email

Gobernó la Iglesia desde el año 1963 al 1978. Presidió la mayor parte del Concilio Vaticano II y dirigió la Iglesia católica en uno de sus periodos de cambio más importantes.

Giovanni Battista Montini nació en Concesio el 26 de septiembre de 1897 y estudió en Brescia y Roma. Licenciado en Derecho civil y canónico, teología y filosofía, se ordenó sacerdote en 1920. Trabajó como agregado de la nunciatura en Varsovia (1923) y como consejero espiritual y moderador de la Federación de Universidades Católicas (1923-1933). Trabajó en la Secretaría de estado del Vaticano (1933), fue subsecretario del secretario de la Santa Sede (1944) y secretario de Estado para asuntos ordinarios (1952). En 1954 fue consagrado arzobispo de Milán y en 1958 nombrado cardenal. Sucedió a Juan XXIII como supremo pontífice y presidió el Concilio Vaticano II desde su segunda sesión. Visitó Tierra Santa en los actuales países de Jordania e Israel.

 

En 1964, el Papa Pablo VI (a la derecha) se entrevistó con Atenágoras I en Jerusalén. Tras dicho encuentro, fueron revocados los recíprocos decretos de excomunión entre la Iglesia ortodoxa y la Iglesia católica. Fue el primer contacto que mantenían dos líderes de ambas iglesias en más de 500 años.

En su esfuerzo por extender las relaciones del Vaticano a los católicos de fuera de Europa, viajó a Estados Unidos en 1965, a Colombia en 1968, a Uganda en 1969 y a varios países asiáticos, entre ellos Filipinas, en 1970. En 1966 se entrevistó con la cabeza de la Iglesia anglicana, Arthur Michael Ramsey, entonces arzobispo de Canterbury y en 1973 con Shenouda III, patriarca de Alejandría y cabeza de la Iglesia ortodoxa copta. No sólo fue el primer Papa que realizaba estos encuentros y viajaba a una zona concreta, sino también el primer mandatario de la Iglesia en llevar a cabo semejante acercamiento sistemático con otros grupos cristianos. Entre las personalidades con las que se entrevistó se encuentran líderes comunistas como el presidente de la Unión Soviética Nikolái Viktórovich Podgorny en 1967 y el presidente Tito de Yugoslavia en 1971. Sus negociaciones con el Gobierno comunista de Hungría lo llevaron a requerir en 1974 la dimisión del cardenal József Mindszenty.

De igual modo fue el primero en trabajar con un equipo asesor establecido sobre la base del principio de colegiación anunciado en el Concilio Vaticano II. El sínodo episcopal, en encuentros bianuales regulares, discute los problemas de interés de la Iglesia católica en todo el mundo. En 1967 se celebró la primera de estas reuniones.

Sus encíclicas más importantes ampliaron las partes de la misa en lengua vernácula (1963), reafirmaron las tradicionales prohibiciones eclesiásticas del matrimonio sacerdotal (1963) y el control de la natalidad (1968). En 1972 promulgó una encíclica en la que prohibía a las mujeres la investidura formal en los papeles menores de lector o acólito. Murió el 6 de agosto de 1978 en Castel Gandolfo.

Sus principales encíclicas fueron:

“Eclesiam suma” (6-8-1964), sobre los caminos que la Iglesia Católica debe seguir en la actualidad para cumplir con su misión.

“Mysterium fidei” (3-9-1965), sobre la doctrina y culto de la Santa Eucaristía.

“Populorum progressio” (26-3-1967), sobre la necesidad de promover el desarrollo de los pueblos.

“Sacerdotales caelibatus” (24-6-1967), sobre el celibato sacerdotal.

“Humanae vitae”, (25-7-1968), sobre la regulación de la natalidad.

“Marialis cultus”, (2-2-1974), sobre la recta ordenación y desarrollo del culto a la Santísima Virgen.

“Gaudete in Domino”, (9-5-1975), sobre la alegría cristiana.

“Evangelii nuntiandi”, (8-12-1975), acerca de la evangelización en el mundo contemporáneo.

“Octogésima Adveniensis”, (1971), con ocasión del 80 aniversario de la encíclica “Rerum novarum”

“Persona humana”, (29-12-1975), acerca de algunas cuestiones de ética sexual.

“Inter insigniores”, (15-10-1976), sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial.

Murió en Castel Gandolfo el seis de agosto de 1978.

Opus Dei

Prelatura personal de la Iglesia católica, cuyo nombre completo es Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, de ámbito internacional y cuya sede central radica en Roma. El Opus Dei fue fundado en 1928, en Madrid, por Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote español beatificado en 1992 y canonizado por Juan Pablo II el 6 de octubre del 2002. En la actualidad cuenta aproximadamente con 90.000 miembros, procedentes de todas las clases sociales, y su prelado es monseñor Javier Echeverría, ordenado obispo en 1994, nombrado por el Papa Juan Pablo II.

Josemaría Escrivá de Balaguer

Sacerdote español canonizado por Juan Pablo II el 6 de octubre del 2002, fue el fundador de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, con sede central en Roma.

 

Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote español beatificado en 1992, fue el fundador de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, con sede central en Roma y que en la actualidad cuenta con 90.000 miembros, pertenecientes a todas las clases sociales.

Tras su fundación, la actividad del Opus Dei comenzó pronto a extenderse en el ambiente universitario, así como en las barriadas obreras y por diversos hospitales de Madrid. Tras finalizar la II Guerra Mundial, inició su actividad en Portugal, Italia, Reino Unido, México y Estados Unidos, entre otros países de los continentes europeo y americano. Después de que su fundador estableciera la sede central del Opus Dei en Roma (1946), la organización continuó su expansión geográfica por el resto de América y diversos estados de Asia, África y Oceanía. El Opus Dei, que desde 1943 contaba con las necesarias aprobaciones de la Santa Sede, fue erigido por Juan Pablo II, el 28 de noviembre de 1982, como “prelatura personal”.

El Opus Dei está integrado por un prelado, con su propio clero (más de 1.500 sacerdotes actualmente), y un gran componente de laicos, los cuales, con vocación divina, se incorporan libremente a la prelatura, sin que por ello cambie su condición de fieles de sus respectivas diócesis. La principal labor pastoral del prelado y del clero es atender y sostener a los fieles laicos en el cumplimiento de los compromisos ascéticos, formativos y apostólicos que asumen al integrarse en la prelatura. Por su parte, los miembros laicos desarrollan su tarea apostólica en el ejercicio de los ambientes y estructuras propias de la sociedad civil. Están bajo la jurisdicción del prelado en lo referente al cumplimiento de los compromisos adquiridos libremente al incorporarse a la prelatura, pero permanecen bajo la autoridad de su obispo diocesano en todo lo que el derecho común determina respecto a la generalidad de los fieles católicos. El Opus Dei también cuenta con cooperadores (algunos no son católicos ni, incluso, cristianos) que, sin integrarse en la prelatura, colaboran con sus distintas actividades apostólicas a través de sus oraciones, su trabajo o sus limosnas.

Inseparablemente unida al Opus Dei está la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz (también fundada por Escrivá de Balaguer), a la que pueden unirse sacerdotes que deseen buscar la santidad en el ejercicio de su ministerio, siguiendo la espiritualidad del Opus Dei, aunque sigan en dependencia jurisdiccional de su propio obispo diocesano. Además de las acciones apostólicas realizadas por sus miembros laicos, el Opus Dei, como institución, presta auxilio pastoral, garantizando la formación cristiana, a determinadas actividades educativas, asistenciales y de promoción humana. La propiedad de los inmuebles, así como la gestión técnica y administrativa de estas labores, queda bajo la responsabilidad de las personas individuales o entidades que las promueven.

La importancia e influencia del Opus Dei en la política española fue importante a finales de la década de 1950. Entre las instituciones que dirige se cuentan centros de formación profesional y agrícola en todo el mundo, escuelas, residencias universitarias, escuelas empresariales y centros culturales, así como instituciones benéficas. Dirige dos universidades, una en Navarra (España) y otra en Piura (Perú).

Las Prelaturas personales

Las Prelaturas personales son instituciones pertenecientes a la estructura pastoral y jerárquica de la Iglesia. Se componen de sacerdotes y diáconos del clero secular y de fieles laicos que, por medio de una convención, se pueden incorporar a la Prelatura. Al frete de la Prelatura está un Prelado, su Ordinario propio, nombrado por el Romano Pontífice, con o sin carácter episcopal, que la gobierna con potestad eclesiástica de régimen o jurisdicción.

Las mayorías de las jurisdicciones eclesiásticas existentes son territoriales porque se organizan sobre la base de la vinculación de los fieles con un determinado territorio por el domicilio. Es el caso típico de la diócesis. Otras veces, la determinación de los fieles de una jurisdicción eclesiástica no se establece sobre la base del domicilio sino en virtud de otros criterios, como pueden ser la profesión, el rito, la condición de emigrantes, una convención establecida con la entidad jurisdiccional etc. Es el caso, por ejemplo, de los ordinarios militares y de las prelaturas personales.

Las Prelaturas personales son entidades análogas a las diócesis. Efectivamente, en la Prelatura hay un prelado que puede ser obispo, un presbiterio compuesto de sacerdotes seculares y los fieles laicos, hombres y mujeres: todos estos elementos constitutivos estructuran la Prelatura en analogía con la diócesis. Pero las Prelaturas personales no son diócesis, entre otras cosas porque una característica de las Prelaturas personales es que los fieles continúan perteneciendo también a las iglesias locales o diócesis donde tienen su domicilio.

Por los rasgos señalados, entre otros, las Prelaturas personales se diferencian claramente de los institutos religiosos y de vida consagrada en general y de los movimientos y asociaciones de fieles.

La figura jurídica de la Prelatura personal fue prevista por el Concilio Vaticano II y es todavía reciente en el derecho de la Iglesia.

El decreto conciliar Prebysterorum ordinis (7-XII-1965), establecía que en el futuro se podrían constituir, entre otras instituciones, “peculiares diócesis o prelaturas personales” para “la realización de tareas pastorales peculiares a favor de distintos grupos sociales en determinadas regiones o naciones, o incluso en todo el mundo”.

El Concilio buscaba perfilar una nueva figura jurídica, de gran flexibilidad, a fin de contribuir a la efectiva difusión del mensaje y del vivir cristiano: la organización de la Iglesia responde así a las exigencias de su misión, que se inserta y forma parte de la historia de los hombres.

El Derecho Canónico prevé que cada una de las prelaturas personales se regulen por el derecho general y por sus propios estatutos.

El 6 de Agosto de 1966, Pablo VI hizo ejecutiva la iniciativa del Concilio que preveía la creación de Prelaturas personales, con el “motu propio” Ecclesiae sanctae (6-Agosto-1966). En ese documento se precisaba que los laicos podrían vincularse a las prelaturas personales que se erigiesen en el futuro mediante una convención o pacto bilateral entre el fiel laico y la Prelatura.

Un año después, el 15 de Agosto de 1967, Pablo VI precisó, en la constitución apostólica Regimini Ecclesiae universae, que las Prelaturas personales dependerían de la Congregación de los Obispos, y se erigirían por el Romano Pontífice tras escuchar el parecer de las Conferencias Episcopales interesadas.

Ya antes de la creación de la figura jurídica de las Prelaturas Personales, el Opus Dei era una unidad orgánica compuesta por laicos y sacerdotes que cooperan en una misión concreta, una peculiar tarea pastoral y apostólica, de ámbito internacional. Esa misión concreta consiste en difundir el ideal de santidad en medio del mundo, en el trabajo profesional y en las circunstancias ordinarias de cada uno.

Pablo VI y los sucesivos Romanos Pontífices determinaron que se estudiara la posibilidad de transformar el Opus Dei en una Prelatura Personal. En 1969 comenzaron los trabajos para aplicar la nueva figura jurídica de las prelaturas Personales a la realidad del Opus Dei, con intervención tanto de la Santa Sede como del Opus Dei.

Estos trabajos concluyeron en 1981, y entonces la Santa Sede remitió un informe a los más de dos mil obispos de las diócesis donde estaba presente el Opus Dei, para que hicieran llegar sus observaciones.

Atendiendo al parecer del episcopado, el Opus Dei fue erigido por Juan Pablo II en Prelatura Personal de ámbito internacional, mediante la Constitución Apostólica Ut sit, del 28 de Noviembre de 1982. Con este documento el Romano Pontífice promulgó los Estatutos, que son la ley particular pontificia de la Prelatura del Opus Dei. Estos Estatutos coinciden con los que el Fundador del Opus Dei había preparado años atrás, con los cambios imprescindibles para adaptarlos a la nueva legislación.

Guerra fría

Disputa que enfrentó después de 1945 a Estados Unidos y sus aliados, de un lado, y al grupo de naciones lideradas por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), del otro. No se produjo un conflicto militar directo entre ambas superpotencias, pero surgieron intensas luchas económicas y diplomáticas. Los distintos intereses condujeron a una sospecha y hostilidad mutuas enmarcadas en una rivalidad ideológica en aumento.

Estados Unidos y Rusia iniciaron sus enfrentamientos en 1917, cuando los revolucionarios tomaron el poder, creando la Unión Soviética, y declararon la guerra ideológica a las naciones capitalistas de Occidente. Estados Unidos intervino en la Guerra Civil rusa enviando unos 10.000 soldados entre 1918 y 1920 y después se negó a reconocer el nuevo Estado hasta 1933. Los dos países lucharon contra Alemania durante la II Guerra Mundial, pero esta alianza comenzó a disolverse en los años 1944 y 1945, cuando el líder ruso Iósiv Stalin, buscando la seguridad soviética, utilizó al Ejército Rojo para controlar gran parte de la Europa Oriental. El presidente estadounidense Harry S. Truman se opuso a la política de Stalin y trató de unificar Europa Occidental bajo el liderazgo estadounidense. La desconfianza aumentó cuando ambas partes rompieron los acuerdos obtenidos durante la Guerra Mundial. Stalin no respetó el compromiso de realizar elecciones libres en Europa Oriental. Truman se negó a respetar sus promesas de envío de indemnizaciones desde la Alemania derrotada para ayudar a la reconstrucción de la Unión Soviética, devastada por la guerra.

Los funcionarios estadounidenses, preocupados por la presión soviética en Irán y Turquía, interpretaron un discurso de 1946 realizado por Stalin como la declaración de la guerra ideológica a Occidente. En 1947 el presidente propuso la denominada Doctrina Truman, que tenía dos objetivos: enviar ayuda estadounidense a las fuerzas anticomunistas de Grecia y Turquía, y crear un consenso público por el cual los estadounidenses estarían dispuestos a combatir en un supuesto conflicto. Alcanzó ambos objetivos. Ese mismo año, el periodista Walter Lippmann popularizó el término Guerra fría en un libro así titulado. En el Congreso estadounidense hubo una serie de interrogatorios a los que se dio gran publicidad sobre las actividades procomunistas en Estados Unidos. El investigador más conocido, el senador Joseph Raymond McCarthy, dio nombre a una era de intenso anticomunismo. En 1948 los Estados Unidos lanzaron el Plan Marshall (Programa de Recuperación Europea), dotado de 13.000 millones de dólares para reconstruir Europa Central y Occidental. Cuando Stalin respondió aumentando su control sobre Europa Oriental y amenazando la posición de Occidente en Alemania, Truman ayudó a crear una alianza militar —la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) — y a establecer una Alemania Occidental independiente.

La Guerra fría aumentó en los años 1949 y 1950, cuando los soviéticos llevaron a cabo su primera explosión de una bomba atómica y los comunistas de China conquistaron todo el país. Éstos firmaron una alianza con Stalin, pero Estados Unidos se negó a reconocer al nuevo régimen. En Japón, entonces bajo control estadounidense, se aceleró el desarrollo económico para luchar contra el comunismo asiático. Cuando Corea del Norte, comunista, invadió Corea del Sur en 1950, Truman envió al ejército estadounidense a la acción. El conflicto, conocido como guerra de Corea, concluyó tres años después con una tregua que dejó la frontera anterior a la guerra. En 1953 Stalin murió y Truman abandonó su cargo, pero ambas partes siguieron su lucha por Europa. La URSS intentó proteger a la Alemania Oriental comunista de una importante pérdida de población construyendo el que pasaría a ser denominado Muro de Berlín en 1961. Cada superpotencia también intentó influir en las nacientes naciones de Asia, África, Oriente Próximo y Latinoamérica. En América del Sur, el Caribe y en América Central tanto los movimientos insurgentes como los permanentes golpes de Estado estuvieron, muchas veces, enmarcados en este conflicto. La Doctrina de la Seguridad Nacional surgida en la década de 1960 influyó en toda Sudamérica, produciendo permanentes violaciones de los derechos humanos. En 1962 surgió una grave crisis cuando la URSS instaló misiles en Cuba, por aquellos años su nuevo aliado. El presidente John Fitzgerald Kennedy amenazó con represalias nucleares y los soviéticos retiraron los misiles a cambio de la promesa de aquél de no invadir Cuba. La crisis de los misiles produjo desencuentros en el seno de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Calmados por esta crisis, los soviéticos también se debilitaron cuando los dirigentes chinos se separaron de Moscú y los europeos del Este comenzaron a mostrar su descontento. El nacionalismo demostraba ser más fuerte que el comunismo. Mientras tanto, Estados Unidos estaba luchando en la guerra de Vietnam, sangrienta acción militar en un fallido esfuerzo por conservar Vietnam del Sur. Además, la superioridad económica de posguerra de Estados Unidos fue retada por Japón y Alemania Occidental (República Federal de Alemania). Hacia 1973 las dos superpotencias enfrentadas acordaron una política de distensión; fue un intento de detener la costosa carrera armamentista y frenar su competencia política, militar y económica en el Tercer Mundo. Sin embargo, la distensión duró hasta 1980, cuando tropas soviéticas invadieron Afganistán para salvar el régimen marxista gobernante. El recién elegido presidente estadounidense Ronald Reagan inició una gran concentración de armas y nuevos retos para los grupos apoyados por los soviéticos en las naciones emergentes.

En 1985 Mijaíl Gorbachov, representante de una nueva generación de líderes soviéticos, llegó al poder en la URSS. Él y Reagan acordaron reducir la presencia de las superpotencias en Europa y moderar la competencia ideológica en el mundo entero. Las tensiones se redujeron cuando se retiraron las tropas soviéticas de Afganistán. A principios de la década de 1990 Gorbachov cooperó en gran medida con los esfuerzos militares estadounidenses para derrotar la agresión de Irak en Oriente Próximo. La Guerra fría terminó en Europa cuando las recién liberadas naciones de Europa Oriental eligieron gobiernos democráticos y se unificó Alemania, se detuvo la carrera armamentista y la competencia ideológica cesó al ponerse en duda el comunismo. El presidente estadounidense George Bush declaró la necesidad de un ‘nuevo orden mundial’ para sustituir la rivalidad de las superpotencias que había dividido el mundo y alimentado la Guerra fría.

En mayo de 1997, tuvo lugar la firma de un acuerdo histórico entre Rusia, presidida por Borís Yeltsin, y la OTAN, cuyo secretario general era el español Javier Solana, que permitía la ampliación de este organismo a los países del antiguo bloque soviético sin que aquel Estado lo considerase un acto hostil. Dicho acuerdo, recogido en el Acta fundacional sobre las relaciones mutuas de cooperación y seguridad entre la OTAN y la Federación Rusa (ratificado el 28 de mayo en París), suponía que dicho organismo y dicho Estado dejaban de considerarse adversarios, razón por la cual numerosos analistas lo consideraron el fin definitivo de la Guerra fría.

267.- JUAN XXIII

por Antonio Rosales Email

Gobernó la Iglesia desde el año 1958 al 1963.

Juan XXIII (1881-1963), inauguró una nueva era en la historia del catolicismo gracias a su receptividad para reformar la Iglesia.

Angelo Giuseppe Roncalli nació en Sotto il Monte, cerca de Bérgamo, el 25 de noviembre de 1881. Estudió en Bérgamo y Roma y en 1904 se ordenó sacerdote. Volvió a su ciudad natal como secretario del obispo progresista de la ciudad, Giacomo Radini-Tedeschi, y fue nombrado profesor de historia eclesiástica en el seminario diocesano. Durante la I Guerra Mundial fue sargento médico y después capellán. En 1921 ayudó a reorganizar la Sociedad para la Propagación de la Fe, y en 1925 se trasladó a Bulgaria como representante del Papa. Trabajó (1933-1944) como delegado apostólico en Turquía y en Grecia. Durante la II Guerra Mundial participó en el rescate de judíos de la Hungría ocupada por los nazis y en 1944 le eligieron para el delicado puesto diplomático de nuncio papal en Francia. En 1952 fue nombrado Observador Permanente de la Santa Sede ante la ONU. Cardenal y patriarca (arzobispo) de Venecia en 1953. A la muerte de Pío XII, el 28 de octubre de 1958 fue elegido Papa, a los 77 años.

Sus mayores logros fueron la convocatoria del Concilio Vaticano II con el objetivo de llevar a cabo la renovación de la vida religiosa católica gracias a la modernización (aggiornamento) de la enseñanza, la disciplina y la organización de la Iglesia, así como alentar la unificación de los cristianos, extender el ecumenismo eclesiástico y posibilitar el acercamiento a otras creencias. Sus escasas intervenciones en el Concilio (que finalizó después de su muerte) apoyaron el movimiento por el cambio al que la mayoría de los delegados era favorable. También escribió siete encíclicas, entre ellas Mater et magistra (1961), que enfatiza la dignidad individual como base de las instituciones sociales, y Pacem in terris (1963), que exhortó a la cooperación internacional por la paz y la justicia, y al compromiso de la Iglesia a interesarse por los problemas de toda la humanidad.

 

Elevado al solio pontificio en 1958, Juan XXIII anunció, al año siguiente, la convocatoria del Concilio Vaticano II. Durante su pontificado, alentó la unificación de las distintas comunidades cristianas y el acercamiento a otras creencias.

La apertura de Juan XXIII hacia otras religiones se hizo patente con la creación en 1960 del Secretariado para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, en sus contactos con la Iglesia ortodoxa, con los líderes protestantes, con el Consejo Mundial de las Iglesias, y por su fomento del diálogo con los judíos. Su certero sentido diplomático y su popularidad le convirtieron en una figura influyente en el orden internacional.

Elevado al solio pontificio en 1958, Juan XXIII anunció, al año siguiente, la convocatoria del Concilio Vaticano II. Durante su pontificado, alentó la unificación de las distintas comunidades cristianas y el acercamiento a otras creencias.

Juan XXIII se vanaglorió de su origen campesino y, aunque no fue un teórico profundo, era un hombre culto; entre sus obras eruditas destaca un estudio de cinco volúmenes sobre san Carlos Borromeo. Sus diarios, publicados con el título de Diario de un alma (1965) y Cartas a su familia (1969), expresan la profunda sencillez y humildad de su vida espiritual. Su tolerancia, optimismo y genial personalidad le granjearon el cariño de millones de personas dentro y fuera de la Iglesia, y al final de su pontificado ya era el Papa más querido de la época moderna. Murió el 30 de junio de 1963 en el Vaticano y fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 3 de Septiembre del año 2000.

Vaticano II, Concilio

Vigésimo primer concilio ecuménico reconocido por la Iglesia católica, convertido en símbolo de la apertura eclesiástica al mundo moderno. El Concilio fue anunciado por el Papa Juan XXIII el 25 de enero de 1959, y celebró 178 sesiones durante los meses de otoño durante cuatro años consecutivos. La primera reunión tuvo lugar el 11 de octubre de 1962, y la última el 8 de diciembre de 1965.

De los 2.908 obispos, así como de otros posibles asistentes convocados, participaron en la sesión de apertura 2.540 venidos de todas las partes del mundo. Los obispos de Asia y África jugaron un papel prominente en las deliberaciones del Concilio. Sólo los países comunistas estuvieron escasamente representados, como resultado de presiones gubernamentales. El promedio de asistencia a las sesiones fue de 2.200 personas.

Los preparativos para el Concilio comenzaron en mayo de 1959, cuando se pidieron sugerencias a los obispos católicos del mundo, a las facultades teológicas y a las universidades. Trece comisiones preparatorias con más de 1.000 miembros fueron seleccionadas para rechazar las versiones preliminares sobre un amplio abanico de temas. Prepararon 677 documentos llamados esquemas o schemata que fueron reducidos a 17 por una comisión especial convocada en las sesiones de los años 1962 a 1963. Los miembros del Concilio con derecho a voto eran obispos católicos, y superiores de las órdenes religiosas masculinas pero, como cambio radical respecto a prácticas anteriores, las iglesias ortodoxas y protestantes fueron invitadas a enviar delegados oficiales como observadores. Se invitó a oyentes laicos de la Iglesia católica a la sesión de 1963, durante la cual dos de ellos dirigieron la palabra al Concilio. En 1964 se sumaron mujeres oyentes a estas sesiones. Los asuntos a tratar eran muchos, y los temas que se discutieron incluían los medios de comunicación modernos, las relaciones entre cristianos y judíos, la libertad religiosa, el papel de los laicos en la Iglesia, el culto litúrgico, los contactos con otros cristianos y con no cristianos, tanto teístas como ateos, así como el papel y la educación de sacerdotes y obispos.

 

El Concilio Vaticano II (1962-1965) cambió la dirección de la Iglesia católica. En el curso de sus sesiones modernizó varias creencias, reconoció la importancia del ecumenismo y reafirmó la doctrina de la transubstanciación. Convocado por el Papa Juan XXIII, que murió antes de la primera sesión y al que sucedió Pablo VI, el Concilio editó muchos documentos que recogen sus deliberaciones.

El Concilio publicó 16 documentos, entre los que destacan los relativos a la revelación divina (Dei Verbum, 18 de noviembre de 1965) y a la Iglesia (Lumen Gentium, 11 de noviembre de 1964) junto a un documento fundamental en el terreno pastoral de la Iglesia en el mundo moderno (Gaudium et Spes, 7 de diciembre de 1965). Los mejores y más modernos eruditos en temas bíblicos redactaron los principios y documentos relativos a la revelación divina. El Concilio explicó el punto de vista católico sobre cómo la Biblia, la tradición, y la autoridad eclesiástica se relacionan entre sí en la exposición de la revelación divina.

El documento relativo a la Iglesia recalcaba la idea bíblica de la organización de la comunidad cristiana, más que el modelo jurídico que había dominado hasta entonces. Denominar a la Iglesia pueblo de Dios enfatizaba la naturaleza del servicio de cargos tales como los del sacerdote y obispo, la responsabilidad colegial, o comprartida, de todos los obispos con respecto a la globalidad de la Iglesia, así como la llamada de todos sus miembros a la santidad y a la participación en la misión eclesiástica de propagar el evangelio de Cristo. El tono pastoral de la Iglesia en el mundo moderno fue establecido en las palabras de apertura del Concilio, las cuales declararon que la Iglesia compartía "la alegría y la esperanza, el dolor y la angustia de la humanidad contemporánea, particularmente las de los pobres y afligidos". Empezó con un análisis teológico de la humanidad y del mundo. Después se interesó por áreas determinadas, como el matrimonio y la familia, la vida cultural, social y económica, la comunidad política, la guerra y la paz, y las relaciones internacionales.

El fundamento sobre la liturgia promovió una participación comunitaria más activa en la misa, como acto central del culto público católico y fue el primer paso para conseguir cambios que para 1971 incluían la sustitución del latín, antigua lengua del culto religioso, por lenguas vernáculas. Otros documentos buscaron un terreno común para entablar el diálogo con los cristianos ortodoxos y protestantes y con los no cristianos. En una apertura poco común con respecto a su deliberada política de evitar condenas, el Concilio deploró "todas las acciones de odio, persecuciones, y demostraciones de antisemitismo llevadas a cabo en cualquier momento o a partir de cualquier fuente contra los judíos".

El Papa Juan XXIII había iniciado el Concilio Vaticano II de manera positiva, teniendo como propósito la puesta al día y la renovación (aggiornamento) de la Iglesia católica y el logro de la unidad cristiana y humana. El Papa Pablo VI, quien continuó el Concilio tras la muerte de Juan XXIII en 1963, aprobó estos propósitos y añadió además el diálogo con el mundo moderno.

La primera reacción al Concilio fue en su mayor parte favorable. Uno de los resultados más importantes fue el estrechamiento de relaciones entre las iglesias cristianas. Sin embargo, puesto que ciertas corrientes de cambio, que no se habían relacionado en absoluto con lo ocurrido en el Concilio, continuaron extendiéndose por la Iglesia, los grupos conservadores católicos empezaron a temer que las reformas hubieran sido demasiado radicales. Surgieron grupos disidentes, y algunos críticos desafiaron la autoridad, tanto del Concilio, como de los Papas que habían llevado a cabo lo decretado por aquél. La oposición a los cambios en la liturgia de la Iglesia se convirtió en un punto conflictivo para los que no estaban de acuerdo con que los cambios fueran más profundos.

El líder más destacado de los católicos tradicionalistas, que rechazó las reformas doctrinales y disciplinarias establecidas por el Concilio Vaticano II, era un arzobispo francés jubilado, llamado Marcel Lefèbvre, quien en 1970 fundó un grupo internacional conocido como la Fraternidad Sacerdotal de Pío X. Declaró que las reformas del Concilio "nacen de la herejía y terminan en ella". Los esfuerzos de reconciliación entre Roma y el arzobispo Lefèbvre no tuvieron éxito. El Papa Pablo VI lo suspendió en el ejercicio de sus funciones como sacerdote y obispo en 1976, pero él continuó con sus actividades, ordenando incluso a los sacerdotes que servían en las iglesias tradicionalistas.

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