LA ENCUESTA DEL COLEGIO

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En realidad los autores de este artículo son muchos niños de primaria del campus varonil del Instituto Cumbres y Alpes Saltillo.

 

Hace poco tiempo, ellos respondieron una encuesta con preguntas variadas y he aquí una pequeña muestra.  Por las respuestas comprobaremos que hay niños poetas, filósofos, teólogos y también prácticos y pragmáticos.

¡Cuánto podemos aprender de nuestros niños!

¿Cuál crees que es la mejor cualidad de tu mamá?

“Es generosa”.  “Sabe escuchar y aconsejar a la gente”.  “Es lista y hace cosas muy buenas”.  “Es chistosa”.  “Me consuela cuando estoy triste”.  “Me hace el desayuno”.

¿Por qué crees que Dios escogió para ti la mamá que tienes y no otra?

Empezamos con la respuesta de un niño que está muy familiarizado con las leyes de la lógica:  “Para que no tengamos todos la misma mamá”.

Y siguen las respuestas de los niños teólogos:  “Porque Dios sabía que era la mamá ideal”.  “Porque Dios me ama y cree que no hay otra mejor”.  “Porque Dios sabía que mi mamá me quería mucho y que nunca me iba a dar nalgadas”.  “Para que me guiara al cielo”.  “Porque me porto bien”.

Ahora las respuestas de los niños poetas:  “Porque es la más bonita”.  “Porque encaja conmigo”.  “Porque Dios quiso que me pareciera a ella”.

Luego la respuesta de un niño muy realista:  “Porque tal vez otra no podría conmigo”.

Y por último la respuesta de un niño con la autoestima alta:  “Porque mi mamá se lo merecía”.

¿Cuál es el regalo más grande que te ha dado tu mamá?

“Su corazón”.  “Una hermana”.  “Un beso y un abrazo”.  “Mi primera comunión y muchas cosas importantes”.  “Ella”.  “Traerme al mundo”.  “Su corazón por la familia”.

¿Qué le pedirías a tu mamá si pudieras pedirle lo que fuera?

“Que nunca me deje de amar”.  “Que me enseñe a ayudar a los demás y a distinguir el bien y el mal”.  “Un abrazo y un beso”.  “Que me llevara a la capilla”.  “Una hermana”.  “Que no me regañe cuando me manden reportes”.

La respuesta de un niño aficionado a las matemáticas:  “Que me enseñe a sumar más”.

Y por último la respuesta de los niños prácticos:  “Que me compre cuatro perros”.  “Que me traiga la cena”.  “Que me hiciera todos los días enchiladas o lasaña sin champiñones".

Muchas gracias, niños, por enseñarnos tantas cosas, entre otras que la lasaña sabe mejor sin champiñones…

Ya lo decía Jesús que si no nos hacemos como niños no entraremos en el Reino de los Cielos…

P. Arturo Guerra

EL CAJERO PRÓXIMO

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Aquella mañana me fui caminando.  Me tocó mi turno y saludé al cajero:

 

 

–Buenos días, ¿todo bien?

 

–Sí, muy bien, ¿qué le trae por aquí?

 

–Pues, mire, este documento, a ver si lo registramos.

 

–Claro que sí.

 

Y aquel buen cajero continuó la conversación como quien no necesita estar atento a las máquinas registradoras después de tantos años de ejercicio:

 

–Oiga, ahora que usted entró, ¿se fijó si estaba ahí afuera un señor que toca el acordeón?

 

–Pues no me fijé mucho, pero como siempre le veo, creo que si no lo vi es porque no está hoy.

 

–Sí, fíjese, hace días que no aparece.  Es un hombre que perdió su trabajo hace años.  Mire que toca bien el acordeón.  Ahora trata de sobrevivir tocando en la calle.  Ya le he recomendado para un trabajo.

 

Mientras tanto las computadoras siguieron haciendo su trabajo hasta que lanzaron su aviso de “operación finalizada”.  Entonces el cajero me dio el comprobante, le di las gracias y nos despedimos.

 

Salí y volví a casa caminando y pensativo.   Me daba la impresión de que aquel buen cajero había comprendido muy bien quién era su prójimo.  Y lo conocía.  Y lo ayudaba.

 

A veces quisiéramos ayudar a resolver los problemas de países lejanos.  Y está muy bien.  Pero mientras tanto no cerremos nuestros ojos a las personas verdaderamente próximas que sí podemos ayudar aquí y ahora.  Esa persona que vemos todos los días –en la oficina, o en casa, o de camino a la escuela, o cuando vamos de compras, o cuando salimos a hacer deporte– es nuestro prójimo más próximo.  Ayudémosle.  A veces basta un saludo.  O una sonrisa.  O una palabra.  O una motivación.  O una ayuda concreta.  O unos minutos de nuestro tiempo.  ¡Cuánto cambiaría el mundo con unos cuántos gramos de esta actitud del cajero en cada corazón humano!  ¡Gracias, señor cajero!

 

 

P. Arturo Guerra,

LA UÑA DE SANSÓN

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A pesar de su nombre, Sansón era pequeño.  Él no entendía de linajes ni noblezas, y nadie conseguía definir con exactitud la lista de las once razas mezcladas de las que provenía.  Así que el bueno de Sansón se dedicaba a ser perro y ya está.

 

Se la pasaba siempre ocupado porque tenía siete dueños.  A todos debía hacer fiesta y buscaba adaptarse a las siete maneras diferentes de ser.  La niña más pequeña lo quería mucho pero no soportaba que se le acercara con la nariz húmeda y le manchara su vestido nuevo.  El papá le llamaba Sansonsuelo mientras le acariciaba la cabeza con una mano que al animal le parecía gigante.  A la hermana mayor le gustaba hacerlo correr dentro de casa.  Uno de los hermanos le declamaba poesías.  Otra hermana, cuando estaba de buenas, le contaba por la tarde sus propias peripecias en un idioma que los perros no entienden.  El otro hermano lo utilizaba de punta de lanza en sus salidas en bicicleta para comprar leche.  La mamá –quien tenía plenos poderes sobre la residencia o no residencia del can en aquel hogar– había ido transformando su principio de “no quiero perros en esta casa” en una aceptación tolerante del inquilino canino; así que Sansón se mostraba siempre muy respetuoso y educado con ella…

Sansón tenía uñas como todos los perros.  Pero tenía un problema que algunos de sus dueños –los de espíritu práctico– consideraban defecto de fábrica. Otros lo achacaban a la edad del animal.  Dos de sus dueñas –más romanticistas– decían que un libro de historia canina refería la existencia de una raza muy fina –ya extinguida– que poseía esa misma característica.  Para ellas, además, ese detalle probaba la hipótesis de la sangre azul del animal en sus antepasados veinte generaciones atrás…

Haya sido cual haya sido la causa genética del problema, el caso es que Sansón lo sufría en carne propia.  Lo que sucedía era que alguna de sus uñas al crecer se enroscaba de tal manera que la punta afilada iba poco a poco encontrándose justo de frente a la pezuña.  Entonces comenzaba a clavarse hasta llegar a tejidos vivos del pobre animal.  Sansón, sin entender mucho lo que pasaba, se dolía y se ponía triste.

Al inicio ninguno de los dueños se percató del problema, pero con el tiempo a uno de ellos le llamó la atención que la escena de Sansón lamiéndose la misma pata se repitiera una y otra vez.  Y es que el perro no conocía otro remedio.  Aquel dueño, intrigado por el descubrimiento, se acercó y quedó impresionado al ver aquella uña clavada hasta el fondo de la pezuña, con sangre a medio coagular en torno a la herida.

Así que se decidió a ayudarle.  Tomó unas tijeras.  Inmovilizó al perro.  Sansón se mostró muy desconfiado.  Su dueño le retiró también la cabeza para que el animal no viera tamaña operación.  No fue fácil.  La uña estaba muy enroscada y endurecida…  Cuando Sansón sintió el ruido de aquellas tijeras que rompían la uña pegó un aullido como si le estuvieran matando.  Acto seguido el dueño pudo desencajar de la pezuña la parte rota de la uña.

Sansón, mareado y confundido, poco a poco recobró su ritmo cardiaco normal.  Conforme pasaron las horas y los días fue notando que la pata ya no le dolía tanto.  La herida fue cicatrizando.  Sansón, con su uña corta, volvía con renovado entusiasmo a cumplir su misión nada fácil de hacer felices un día y otro día a siete dueños…

El problema de la uña de Sansón es muy parecido a un problema que tenemos los humanos y que se llama egoísmo.  El egoísmo es una uña que crece y se clava poco a poco sin que nos demos mucha cuenta.  Está ahí, pero no logramos –o no queremos– descubrirlo.  Y como la palabra “egoísmo” es un poco fea, a la hora de explicar nuestras actitudes egoístas, nos da por usar términos que suenen mejor:  “oye, estoy en mi derecho”, “¿cómo se atreve a pedirme ese favor?”, “estoy tan ocupado que nunca podré ayudarle”, “no es justo”, “me la hizo, me la paga”, “que le ayude el gobierno”, “¡se acabó!, no dejaré que los demás arruinen mi felicidad”…

En un inicio nos puede parecer que el egoísmo es razonable, o que nos hace la vida más divertida y emocionante, o que en este mundo ser egoístas es más rentable que ser generosos.  Pero en cuanto la uña del egoísmo comienza a tocar tejidos vivos de nuestra alma, descubrimos sus verdaderos frutos: dolor y tristeza de alma.

Y si no reaccionamos, se seguirá clavando.  Y es que nosotros con nuestro egoísmo somos como Sansón dejado solo.  Sabemos que algo nos duele, sufrimos las consecuencias, nos lamemos la herida una y otra vez sin poder curarla.  Nos ponemos a buscar causas, según nosotros, más científicas: “yo creo que es culpa del estrés”, o “yo creo que el nivel de piña colada en mi flujo sanguíneo está muy bajo, así que me voy a beber un par de piñas coladas en la terraza de mi casa mientras tomo el sol y ya verás qué bien me voy a sentir”…  Pero después de tomar aquella pastilla mágica contra el estrés o de cumplir con detalle el propósito de la terraza, nos topamos con la triste realidad: el dolor y la tristeza del alma siguen ahí.  No acabamos de atinar la causa ni tenemos el remedio.

Lo que hace el egoísmo es enroscarnos sobre nosotros mismos.  Nos hace incapaces de dirigir nuestra atención y nuestro cariño hacia fuera.  Todo lo vemos, lo pensamos y lo usamos para nosotros.  Nos sentimos el centro del universo.  Nos metemos tanto en nosotros mismos que no tenemos tiempo para nadie más.  No nos pasa por la cabeza la idea de que tal vez las personas que están a nuestro alrededor necesiten algo de nosotros.  Imposible tener un detalle hacia alguien distinto a nuestro yo.  Además nos parecerá que nuestros derechos están siempre siendo pisoteados y no sospecharemos que nuestras actitudes egoístas pueden estar hiriendo a los demás en nuestro paso por el mundo.

Así que el egoísmo no tiene remedio humano.  No nos lo podemos curar nosotros mismos.   Necesitamos la ayuda atenta, cariñosa y eficaz de nuestro Dueño.   Nuestro Dueño es Dios, nosotros somos su creatura, y su gracia es la mejor medicina que nos puede curar del egoísmo.  Por más vueltas que le demos al problema, el egoísmo sólo nos lo puede curar Dios.

Y, además, una vez curados, no podemos decir: “por fin estoy curado para siempre del egoísmo”.  No.  El egoísmo es como esa uña: una vez cortada sigue creciendo dispuesta a clavarse de nuevo si no dejamos que nuestro Dueño nos ayude a cortarla otra vez a tiempo.

Cada vez que acudimos con todo el corazón al sacramento de la confesión, cada vez que recibimos a Cristo en la Eucaristía, cada vez que hacemos un acto de generosidad estamos permitiendo que el Señor nos corte la uña del egoísmo.  Es cierto que cuando la uña del egoísmo está muy clavada, nos dará miedo someternos a la operación, sentiremos como si nos estuvieran arrancando el alma, pero el Señor sabe muy bien lo que hace y además lo hace con muchísimo cuidado y cariño.  Basta que nos pongamos en sus manos.

Por ello no se trata de una operación negativa.  Un no al egoísmo es un sí al amor, al prójimo, a la realización plena, a la felicidad, a Dios.  Quien se deja curar por Dios entra en la dinámica del amor, de la realización plena, de la entrega generosa a los demás.  Y es que la felicidad no es real si no se comparte.  Dejarse cuidar por Dios es reconocer los propios límites y defectos y al mismo tiempo estar dispuesto a dejarse transformar por la gracia de Dios. Por eso quien se fía de Dios en medio de las dificultades llega tan lejos en la felicidad temporal y eterna.

En el caso del bueno de Sansón, pasado un tiempo, aquella uña volvía a crecer y a clavarse si sus dueños se despistaban; lo cual, por cierto, era frecuente…  Y es que no era tan fácil que se pusieran de acuerdo en los turnos de atención a la mascota: “te toca a ti cortarle la uña”,  “no, yo lo hice la última vez”,  “híjole, ¡qué mentiroso!, si fue fulanita”…  Total, que mientras no se ponían de acuerdo aquellos siete dueños, el pobre de Sansón quedaba otra vez solo ante el peligro…

Nuestro gran Dueño, en cambio, nunca se despista.  Nos quiere tanto que le es imposible desentenderse de nosotros.  Siempre está ahí dispuesto a ayudarnos.  Lo único que le puede detener de curarnos una y otra vez, es que nosotros no le demos permiso.  ¿Te animas a darle permiso hoy mismo?

P. Arturo Guerra

SU SEÑORÍA

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Sus señorías abandonaron por fin el hemiciclo, después de aquella sesión tan solemne, tensa e interminable.

 

Uno de ellos,  aquél que desde el principio lo vio tan claro; aquél que durante meses había dedicado tinta, decibeles y horas para sacar de la oscuridad a los colegas que se mostraban dubitativos; aquél que buscó argumentos por cielo, mar y tierra...  (bueno, en sentido estricto, se redujo a mar y a tierra, con el fin de salvaguardar sus arraigados principios de aconfesionalidad y laicidad) veía por fin coronados sus desvelos para salvar la sagrada laicidad de la nueva constitución.

Y eso había que celebrarlo.  De hecho, la cita ya se había concertado.  Tan seguros estaban del triunfo.  Cinco comensales en el restaurante Paraíso, a las 11 de la noche.  La verdad, que cuando le mencionaron a su señoría el nombre del establecimiento, no le hizo mucha gracia pues le parecía un término proveniente del más rancio argot teológico del cristianismo, pero a esas alturas fue imposible cambiar de planes.  Y además, sus cuatro colegas coincidieron en que ahí se cenaba paradisíacamente.

Al despedirse, su señoría abordó su coche.  Le esperaba su eficaz chofer, Pedro.  Su señoría estaba muy satisfecho del desempeño profesional de este buen conductor, pero el nombre no le gustaba nada.  De hecho, muy pocas veces llamaba al chofer por su nombre.  Un nombre, pensaba su señoría, con claros resabios “catolicoides”.  Alguna vez pensó en proponer a Pedro que se cambiara de nombre, pero le detenía el principio de tolerancia que tantas veces había enarbolado.  El día que descansaba Pedro, su señoría se movía en taxi.  Cuando lo solicitaba por teléfono, ponía amablemente la condición de que fuera un taxi libre de baratijas religiosas en antenas y espejos retrovisores.  Su señoría, al ver rosarios, estampas o medallas, sentía pena de que en pleno siglo XXI hubiese aún gente que creyera en esas supersticiones religiosas.

Como era viernes, su señoría no fue a casa como de costumbre sino que directamente se dirigió a su casita de campo.  Ahí, su familia le estaría esperando.  La casita estaba situada en un pequeño pueblo, en las afueras de la ciudad; se llamaba San Tristán de los Campanarios.  La casita era una delicia, pero cada vez que tenía que explicar a sus amigos la ubicación exacta de la finca, algo en su estómago se movía y carcomía una micra más la pequeña úlcera que desde hace algunos años le molestaba.  El nombre del pueblo, para su señoría, encerraba una elevada concentración de reminiscencias cristianas.  Es cierto que alguna vez le había merodeado la curiosidad de saber qué tenor de vida habrá llevado tan folklórico santo, pero siempre había sabido matar tal curiosidad a tiempo gracias a su firme e innegociable espíritu laicista.  Lo que sí había intentado más de una vez era localizar alguna casa en otro pueblo de nombre más acorde a los tiempos de la modernidad y el progresismo, pero sin éxito.  Su señoría estaba ya casi piadosamente resignado a vivir y morir los fines de semana en San Tristán de los Campanarios.

Su señoría sabía que ahora que se acercaba la Navidad, su hija pequeña, Libertad, le preguntaría de nuevo que quién era ese niñito en pañales que en algunas tiendas, no muchas, aparecía al lado de un buey y de un burro...  De hecho, su señoría, no llamaba Navidad a la Navidad, sino que hablaba simplemente de “las fiestas”.  Ciertamente las celebraba, pero en ciertos momentos, se sentía un poco incómodo.  En el fondo le fastidiaba constatar cómo los cristianos durante tantos siglos se han dedicado a imponer sus fiestas y tradiciones de una manera tan intolerante como arrolladora.

Una de las cosas que más disfrutaba su señoría, era pasear por el campo.  Y mejor aún si se trataba de subir pequeñas montañas.  Los paisajes le reconfortaban.  Pero su gozo en la cima invariablemente se veía ensombrecido por la inalterable y desagradable presencia de ermitas y santuarios.  De las 57 montañas que había conquistado, sólo tres se habían librado de la presencia de una ermita.  Cuando no se trataba de la ermita de san Pacomio, era la capilla de un anacoreta medieval, o de una Virgen casi desconocida, o del santo patrón del pueblo más pintoresco de la zona.  La verdad, por cierto, es que de entre esas tres montañas liberadas, en la cima de una de ellas se erguía una cruz de hierro, pero su señoría no le dio tanta importancia como para dejar de contabilizarla en las montañas libres de ermitas y santuarios.  Después de todo, aquella cruz no medía más de dos metros de altura y se encontraba en un estado avanzado de oxidación.

Otro de sus pasatiempos era la lectura.  Estaba convencido de que la lectura era uno de los remedios más eficaces contra la superstición y la religión, que para su señoría eran lo mismo.  Esta vez releía la gran joya de la literatura castellana y universal, Don Quijote de la Mancha.  Repasaba el capítulo LX de la segunda parte, después de la detención sufrida por el caballero andante y su fiel escudero a manos de cuarenta bandoleros de las filas de Roque Guinart.  Don Quijote al ver el buen corazón y acertado juicio del jefe de los malhechores le dijo:  “... su merced está enfermo, conoce su dolencia, y el cielo, o Dios, por mejor decir, que es nuestro médico, le aplicará medicinas que le sanen, las cuales suelen sanar poco a poco, y no de repente y por milagro.” En ese momento, su señoría cerró violentamente el libro, espetando:  “¡Demonios!  ¿Cómo es posible que nuestras joyas literarias estén infestadas de esta terrible simbología religiosa?”  Y, luego, como en un acto reflejo, cayó en la cuenta de que se le había escapado la palabra “¡demonios!”  Desde hace meses se había hecho el propósito de erradicar el uso de esta interjección por su clara alusión a las míticas doctrinas cristianas.  Pero, la verdad, es que, a veces, no podía evitarlo, le salía natural.

Del enojo que le produjo tal suceso, y antes de dormir, decidió distraerse escribiendo una carta.  Al despedirse, escribió la palabra “Adiós”, pero en seguida la borró por ser un vocablo claramente de origen cristiano.  Lo intercambió por un amorfo y laico “Nos vemos”.  En la carta relataba ufanamente a su amigo las dificultades que enfrentó para que finalmente venciera el sentido común y le mostraba su satisfacción por haber evitado la inclusión de la mención de las raíces cristianas en la constitución; ¿por qué tendríamos que mencionarlas -reflexionaba su señoría- si es que no hay tales raíces?  Y después del “nos vemos”, estampó su firma: “Tu colega,  José Guadalupe Gracia Cruz”.

P. Arturo Guerra

AHÍ DERRITEN HIELOS

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Enero en Madrid.  Hace mucho frío.  Pocos están dispuestos a abandonar el clima perfecto del coche...  Pero hemos llegado.  Ahí están ellos, a la puerta, en el frío, esperando...

 

A unos metros de la Catedral de la Almudena se enclava este pequeño edificio que algunos llaman la Casa del pobre.  Un viejo inmueble remodelado y adaptado para acoger a los sin-techo, a los sin-calefacción, a los sin-cariño, a los sin-dinero, a quienes día tras día recorren la ciudad en busca de la supervivencia.

El albergue no exige papeles de ningún tipo a quien quiere pasar ahí la noche.  Sólo funciona durante el invierno.  Cuando el frío comienza a ceder, ellos prefieren dormir por las calles.

Llegamos sobre las 10 de la noche.  Nos recibe una de las encargadas de la casa.  Atareada y amable a la vez, nos muestra el segundo piso.  Después nos baja al comedor-dormitorio que también tiene un tercer uso: pronto se celebrará una misa, como muchas noches del invierno, para todo el que se apunte.

Ellos, los sin-todo, esperan fuera al sacerdote que fundó la casa.  Un padre joven, con lentes, en sandalias, con camisa clerical y un suéter azul marino con muchos inviernos encima.  Llega, nos saluda bondadosamente.  Se comienza a preparar la misa.  Dos o tres mesas bajas y largas, encimadas, hacen de altar; el resto de las mesas se disponen como bancas.  Aquello comienza a llenarse.  Jóvenes y ancianos.  No cristianos y cristianos.  Sanos y enfermos.  Ayudados y ayudantes.  Rasurados y desaliñados.  Extranjeros y españoles.  Legales e ilegales.  Locos y cuerdos, sin que nadie pueda a ciencia cierta distinguirlos...

El celebrante, muy metido en el misterio, sin despegar los pies de este mundo.  Se canta, se ora, se escucha.  Quien puede y quiere recibe la Eucaristía.

Más tarde, los voluntarios repartirán una sopa caliente y galletas.  Mientras tanto, se desmonta la iglesia provisional que, en un par de minutos, se convierte de nuevo en dormitorio.  Las camas no son sino aquellas mesas que sirvieron de bancas.  Miden unos dos metros por 80 cm.  Encima de ellas, unas esteras cumplen la función de colchón.  Se reparten mantas.  En los extremos del dormitorio se sobreponen unas mesas sobre otras.  Con estas “literas”, se aprovecha más el espacio y se intenta lograr que todos alcancen “cama”, lo cual no siempre se consigue.

Unos son rápidos: se toman la sopa, apartan una cama y se tiran en ella.  Otros tardan más: te saludan, hablan contigo, te cuentan lo suyo.

Nosotros nos fuimos.  Ahí se quedaron los huéspedes, los encargados voluntarios de la casa y aquel sacerdote.  Uno de los encargados, años atrás había venido a buscar un sitio para dormir.

El Papa Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est dice que “el programa del cristiano —el programa del buen samaritano, el programa de Jesús— es un « corazón que ve ». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia”.

Seguro que donde vives o trabajas tú, hay algún rincón donde se necesita amor.  ¿Qué esperas?

P. Arturo Guerra,

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