Esterilización

por admin Email

Caya, joven madre de familia, está casada con Ticio desde hace unos años. Ambos son buenos católicos y organizan muchas iniciativas apostólicas, ayudan en su parroquia donde dan clases de preparación para el matrimonio, y en otras instituciones civiles. Acaban de tener su tercer hijo. Todos los periodos de gestación han sido complicados, tanto para la madre como para los hijos, y los partos –por cesárea– difíciles. De hecho, en el último, los médicos se asustaron al ver que el útero estaba a punto de romperse, y que habrían podido morir los dos –madre e hijo– por hemorragia incontrolada.

En la consulta, los médicos, uno de ellos buen católico, les han dicho taxativamente que no pueden tener más hijos, pues si Caya quedara nuevamente embarazada, el útero no estaría en condiciones de crecer hasta alcanzar la necesaria dimensión para albergar un niño en un estado viable, sin correr un riesgo muy elevado de ruptura. Y la ruptura sería esta vez letal.

Por el momento, ambos han aceptado la situación con visión sobrenatural. Después han hablado también con don Prudencio, su párroco, que les ha confortado y afianzado en la decisión de atenerse a los métodos naturales que la doctrina de la Iglesia considera lícitos en situaciones de este tipo.

De todos modos, don Prudencio –que no es un experto moralista, aunque cuenta con varios años de experiencia pastoral– se pregunta si en este caso no podría ser lícito extirpar el útero. Ciertamente, argumenta para sí, no se trataría de quitar el útero –o ligar las trompas– como medio para evitar más hijos, sino como un mal que se soporta con el fin de proteger la vida de la madre; es más, se trataría de extirpar un órgano, el útero, que está dañado y que en determinadas circunstancias supone un riesgo para la vida de la madre. Además, en ningún momento existe el deseo o la intención por parte de los cónyuges de evitar los hijos, y son todavía bastante jóvenes; es posible que una situación así pueda influir negativamente sobre su relación matrimonial, pues saber que cada vez que quieran vivir su amor conyugal están poniendo en juego la vida de la mujer puede crear con el tiempo complicaciones, miedos y distancias.

 

Se pregunta:

- ¿Cuál es valoración moral de la esterilización?

- ¿Qué decir sobre el caso?

 

Algunas breves notas sobre la valoración moral de la esterilización

Se puede definir la «esterilización» como la supresión de la facultad procreativa.

Puede ser «temporal» o «definitiva»; «hormonal» (por ejemplo, píldoras que impiden la ovulación) o «quirúrgica» (extirpación de ovarios, útero, ligadura de trompas o vasectomías, por ejemplo); «masculina» o «femenina»; etc.

Desde el punto de vista moral es importante distinguir entre «esterilización directa» (o antiprocreativa) y «esterilización indirecta» (o terapéutica).

Se llama esterilización directa cuando tiene por objeto inmediato impedir la procreación, ya sea como fin en sí mismo o como medio para obtener otros fines (por ejemplo, evitar daños físicos que se cree se seguirían del embarazo en una mujer con la salud debilitada, o los daños psíquicos que se cree se seguirían de tener hijos indeseados o más hijos de los que se cree se puedan tener).

La esterilización directa es siempre gravemente inmoral, sin excepción alguna[1].

Se denomina esterilización indirecta a la resultante de la eliminación de un órgano indispensable para la procreación, en cuanto que su presencia constituye un grave riesgo para la salud del organismo, ya sea por estar seriamente dañado (por ejemplo, un cáncer de útero o de ovario) o porque su normal funcionamiento conlleva una grave amenaza para la salud (por ejemplo, cuando en algunos cánceres de próstata se propone la extirpación testicular). Es el caso de la aplicación del llamado principio de las acciones del doble efecto.

La esterilización indirecta o terapéutica es lícita desde el punto de vista moral.

Es de suma importancia observar que la distinción entre esterilización directa e indirecta no se basa simplemente en la intención o en las consecuencias del acto, sino principalmente en la naturaleza misma de la intervención.

Obsérvese que en el caso de la esterilización directa, la intervención se practica no estando el órgano reproductor enfermo ni constituyendo por ese hecho ni por su mero funcionamiento normal una grave amenaza para la salud del organismo; sino que se practica para impedir un posible embarazo. En otras palabras, la esterilización directa es o un fin en sí misma o un medio para conseguir otro fin; no es simplemente una consecuencia no deseada e inevitable de una intervención médica. Y no es inevitable porque existe la alternativa del recurso a la planificación natural de la familia (PNF) por motivos serios.

En el caso de la esterilización indirecta, la esterilización no es ni un fin ni un medio para conseguir otro fin, sino una consecuencia no deseada e inevitable (si hubiera otra manera de resolver el problema se debería llevar a cabo) de una intervención médica cuyo objeto es detener un grave problema que amenaza la salud de la persona, independientemente de un futuro embarazo.

La razón de que la esterilización en este caso no es un medio para conseguir otro fin (y en la esterilización directa sí lo es) es que lo que resuelve el problema no es el efecto esterilizador en sí, sino el detenimiento de la amenaza grave para la salud.

Qué decir sobre el caso

1. En este tipo de situaciones, donde puede correr peligro la vida de algunas personas implicadas, hay que ser muy prudentes a la hora de dar un consejo. Ciertamente, los médicos que han realizado la intervención, y han visto las condiciones del útero, son los más indicados para informar sobre los riesgos que conllevan nuevos embarazos, y aconsejar en ese sentido.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que, en no pocos casos, se alarma excesiva e innecesariamente a las mujeres que han sido sometidas a varias cesáreas. Con esto no se pretende quitar importancia a la seriedad del problema, sino hacer ver que la posibilidad de quedar de nuevo encinta probablemente no significaría una «sentencia de muerte», sino más bien una maternidad complicada que habría que seguir muy de cerca.

2. En nuestro caso, don Prudencio se plantea la posibilidad de aconsejar a Caya que se someta a una histerectomía (extirpación del útero) no tanto por razones médicas, sino como medio para evitar un posible embarazo; o más concretamente, para evitar las complicaciones que implicaría.

En 1993, la Congregación para la Doctrina de la Fe aclaró que en esta situación, es decir, cuando el útero está gravemente dañado pero no supone ningún riesgo para la persona a no ser que quede embarazada, no es lícito practicar una histerectomía ya que el útero “no constituye in se y per se ningún peligro actual para la mujer”.

Esta intervención no tendría “carácter propiamente terapéutico, sino que se pone en práctica para hacer estériles los futuros actos sexuales, de suyo fértiles, libremente realizados. El fin de evitar los riesgos para la madre derivados de una eventual gestación es pues perseguido por medio de una esterilización directa, en sí misma siempre ilícita moralmente, mientras que quedan abiertas a la libre elección otras vías moralmente lícitas. La opinión contraria, que considera las susodichas prácticas (...) como esterilización indirecta, lícita en ciertas condiciones, no puede, por consiguiente, considerarse válida y no se puede seguir en la práctica de los hospitales católicos”[2].

3. Teniendo en cuenta lo anterior, la respuesta moral ha de ser el consejo de vivir la intimidad conyugal durante los periodos infértiles de la mujer, controlando más adelante el estado del útero.

Como consejo pastoral, se podría explicar a los esposos que la renuncia temporal a la sexualidad conyugal que la situación comporta es debida a un acto de amor y de respeto mutuo y hacia los hijos que Dios les ha enviado. Si tienen esto presente, y cuentan con la gracia sacramental, la abstinencia sexual periódica no debería crear problemas de distanciamiento entre ellos, sino que, al contrario, les ayudará a crecer y madurar en su amor y donación recíprocos[3].

Si el ciclo de la mujer resultara muy irregular, de modo que no hubiera posibilidad de conocer con certeza los periodos fértiles, se les podría aconsejar que acudieran a un centro de planificación familiar de inspiración cristiana para que estudien sus circunstancias. Pero no cabe otra respuesta que la de la abstinencia sexual total o periódica. En cualquier caso, se ha de tener confianza en la gracia de Dios, que no deja nunca a nadie solo cuando se ponen con sinceridad los medios para ser fieles a la Ley de Dios.

Cuestión que se plantea.

1. ¿Sería lícito extirpar un órgano no necesario para la vida (por ej., un riñón) si existe un elevada probabilidad de que desarrolle un cáncer en el futuro?

2. En caso positivo, ¿no habría que aplicar el mismo criterio moral en el caso que nos ocupa (extirpación de un útero que no está en condiciones de soportar una gestación, para evitar un futuro compromiso vital de la madre si quedara embarazada)?

Respuesta.

1. Lo primero es que ambos problemas son distintos: el embarazo (que es algo natural) no es un tumor (que es algo patológico). Ciertamente hay que evitar que un embarazo ponga en riesgo la vida de la madre (porque el útero, o el sistema circulatorio, o psíquico, etc., de esa mujer están dañados). Pero el embarazo es fruto de una acción libre de los cónyuges, sobre la cual, precisamente por ser libre, tienen posibilidad de actuar. Lo que se está diciendo, en palabras llanas, al decir que es inmoral la esterilización directa, es que quienes se proponen extirpar el útero lo hacen no “porque el útero pone en riesgo la vida de la madre”, sino porque podría ponerla en riesgo si se quedase embarazada “y por eso, para evitar que se quede embarazada, entre las opciones posibles para los cónyuges, eligen... la esterilización”.

2. De todos modos, ya la misma cuestión planteada (la extirpación preventiva de un órgano) merece entre los médicos una respuesta matizada: depende de qué órgano y en qué situación. El riesgo de padecer un cáncer (o un Parkinson, etc., en general una enfermedad grave e incapacitante) en un paciente asintomático es por el momento dificil de cuantificar para una inmensa mayoría de enfermedades. Por eso, lo primero que habría que hacer es contar con datos seguros, contrastados, comprobados, antes que asustar a los potenciales pacientes. A veces, incluso con datos seguros (p.ej., se sabe que la presencia de mutación en los genes BRCA señalan predisposición al cáncer de mama, en un % no pequeño), las autoridades sanitarias no recomiendan indiscriminadamente la ablación de senos.

3. En general, cuando el médico sabe que un paciente es propenso a padecer cierta enfermedad, aconseja evitar los factores de riesgo que la despertarían y hacer más controles para detectarla tempranamente. Nadie opera una válvula cardiaca cuando está empezando a fallar, ni coloca una prótesis de cadera a los primeros signos de artrosis, etc. La conducta de vigilancia expectante es muy sensata, no sólo por sentido común, sino también médicamente.

4. Si la extirpación fuera banal, o si fuera gravoso o difícil hacer controles para detectarla; o si el riesgo de desarrollar una enfermedad es alto, consistente y comprobado; o si la enfermedad que acarreará es grave, entonces no parece que haya problema en retirar algún órgano corporal. Estos casos se evalúan en medicina con un análisis de riesgo/beneficio. Así, p.e., hoy día se realizan a veces apendicectomías preventivas con ocasión de una intervención abdominal, evitando así reintervenciones si sobreviniera una futura apendicitis. Pero nadie retira parte del cerebro dejando al paciente paralítico o deficiente para evitarle el riesgo de un hipotético futuro tumor cerebral.

5. Además del análisis riesgo/beneficio, es necesario plantearse qué parte del cuerpo -que ahora mismo está sana-  se va a eliminar, porque no es lo mismo cualquier parte. Los órganos sexuales o el cerebro tienen un significado humano, y no sólo biológico, de un orden distinto. El problema es que se ha banalizado mucho la sexualidad, y se piensa que dejar estéril a alguien (o quedarse estéril) es algo trivial. Pero en realidad, los órganos sexuales (la capacidad de ser padres) configura de un modo muy importante la propia identidad personal. Por eso la esterilización sólo está justificada cuando esos órganos causan una enfermedad cuya curación pasa por retirarlos.

 


[1] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2399: «La regulación de la natalidad representa uno de los aspectos de la paternidad y la maternidad responsables. La legitimidad de las intenciones de los esposos no justifica el recurso a medios moralmente reprobables (p.e., la esterilización directa o la anticoncepción)».

[2] Congregación para la doctrina de la fe, Respuestas a las preguntas presentadas sobre el “aislamiento uterino” y otras cuestiones, 31-VII-1993.

[3] Cfr. Pablo VI, Encíclica Humanae vitae, 25-VII-1968, n. 21.

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