LA PÉRDIDA DE UN SER QUERIDO

I.

La pérdida

del ser

querido


Presentación: Llevo años con ganas de escribir sobre el dolor, para recoger algunas reflexiones, lecturas y sobre todo experiencias del diálogo que tengo día a día con la gente que sufre, y aunque no sea una cosa completa aquí va...

“¿Por qué no escribes algo para la gente que sufre la pérdida de un ser querido?”, me dijo un amigo un día… y por ahí empezamos. El dolor no es bueno, tampoco es el mal, es síntoma de un mal. De ahí salen muchas cosas, unas también son positivas…  sólo se engendra con dolor... No sé si es el dolor más fuerte, porque alguna enfermedad, como la depresión y otras formas de sufrimiento, también son fuertes. Agradeceré mejorar estas páginas con vuestras aportaciones.

Son muchas las preguntas que nos llegan día a día sobre el porqué sufrir, y me gustaría ofrecer algo a mano ágil, y de pocas páginas para acompañarte, para que tú puedas acompañar a esas personas… pero siempre es la compasión lo más importante que podemos ofrecer en esos momentos: com-pasión es acompañar en las emociones, y -como no- acompañarles al consuelo de Dios.

El consuelo puede llegar por muchos caminos… "En una ocasión, dice el Dr. V. Frankl, un viejo doctor en medicina general me consultó sobre la fuerte depresión que padecía. No podía sobreponerse a la pérdida de su esposa, que había muerto hacía dos años y a quién él había amado por encima de todas las cosas. ¿De qué forma podía ayudarle? ¿Qué decirle? Pues bien, me abstuve de decirle nada y en vez de ello le espeté la siguiente pregunta: -¿Qué hubiera sucedido, doctor, si usted hubiera muerto primero y su esposa le hubiera sobrevivido?” -“¡Oh!”, dijo, ¡para ella hubiera sido terrible, habría sufrido muchísimo!” A lo que repliqué: “Lo ve, doctor, usted le ha ahorrado a ella todo ese sufrimiento; pero ahora tiene que pagar por ello sobreviviendo y llorando su muerte”. No dijo nada, pero me tomó de la mano y, quedamente, abandonó mi despacho.

Al dolor del duelo seguirán otros, como la enfermedad, dolor interno, mal de amor, dolor por los inocentes, y el consuelo de Dios y los demás.

El sufrimiento deja de ser en cierto modo sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido, como puede serlo el sacrificio". Chesterton consolaba a una viuda con estas palabras: “Lo que ahora vemos es su ausencia, pero su muerte no es su ausencia, sino su presencia en algún otro lugar”.

Entrar en el misterio del dolor y el sufrimiento nos merece respeto. Dedico estas páginas a estas personas, comenzando por mi madre de quien he aprendido a vivir la muerte de mi padre, tantos parientes, amigos… a cada uno, cada una, que pasa por esos momentos de la muerte de un ser querido, y os pido que me ayudéis a mejorarlas para que sirvan a otros, pues aquí no hago más que verter esas experiencias vividas juntos, con alguna cita que me parece que ilustra esas vivencias, algunas reflexiones con las que hemos rezados juntos...

Llucià Pou Sabaté, 1-2 de noviembre 2009, Fiesta de todos los santos y Memoria de todos los difuntos.

 

 

1. El camino de las lágrimas. Cuando dentro sentimos esa pérdida que nos llena de vacío. En tiempo de prodigios (Marta Rivera de la Cruz, 2007) es una novela donde la protagonista, Cecilia es la única persona que visita a Silvio, el abuelo de su amiga del alma, un hombre que guarda celosamente el misterio de una vida de leyenda que nunca ha querido compartir con nadie. Cecilia, sumida en una profunda crisis personal tras perder a su madre y romper con su pareja, encontrará en Silvio un amigo y un aliado para reconstruir su vida. Ahí se dice: “Si bien es cierto que vivimos tiempos crueles, también es cierto que estamos en tiempo  de prodigios” (Sergio Pitol, El arte de la fuga) pues de todo se puede aprovechar en la vida, ya que ha pasado, pues hay que vivirlo, aceptarlo, no amargarnos más de la cuenta, pues “las peores aflicciones son las que nos causamos a nosotros mismos” (Sófocles, Edipo Rey). Ahí aparecen junto a los recuerdos buenos los reproches. ¿Por qué me cerraba en estas situaciones? Uno deja de depender de los padres, del cordón umbilical… “Quizá porque intuía que hay cosas que queremos que nadie comprenda, cosas que pertenecen al territorio sagrado de esas decisiones que ni siquiera nosotros mismos sabemos por qué tomamos. Mi madre jamás preguntaba por qué. Aceptaba. Justificaba. Llegado el caso, y si era posible, disculpaba incluso. Pero lo que no hacía era juzgar… ahora que nuestra madre se había marchado, iba a faltarle un guía, un maestro en el arte intrincado de la bondad, de la generosidad, de la entrega.

 

Cuando nuestra madre murió, envidió intensamente la condición maternal de mi hermana. Ahora que no podía llamar madre a nadie, alguien la llamaba madre a ella”. Y es verdad, uno olvida las penas cuando siente las de las demás, cuando siente el amor de los demás, “un clavo se quita con otro clavo”… el hueco que deja una pérdida nunca se llena, y se puede mitificar, pero también puede irse llenando de matices, a veces también grises, traumáticos, y así mientras nuestra protagonista ve que “en los bancos había padres leyendo el periódico, parejas besándose, jubilados matando el tiempo de su eterno domingo”, piensa: “creo que uno de los más raros momentos de la infancia es aquel en el que descubres que tus padres te mienten. Hay algo que se quiebra, una especie de decepción sorda, de mudo reproche hacia aquellos en los que habías depositado tu confianza absoluta en la seguridad de que nunca iban a engañarte”. Todo forma parte de una madeja, que a veces se mitifica y se construye de nuevo, pero otras se mantiene con sus traumas y momentos felices.

2. El Tren de la Vida. Corre por Internet un relato: cuando nacemos y subimos al tren, encontramos dos personas queridas que nos harán conocer el viaje hasta el fin: nuestros padres. Lamentablemente, ellos en alguna estación se bajarán para no volver a subir más. Quedaremos huérfanos de su cariño, protección y afecto. Pero, a pesar de esto, nuestro viaje debe continuar; conoceremos otras interesantes personas, durante la larga travesía, subirán nuestros hermanos, amigos y amores. Muchos de ellos solo realizarán un corto paseo, otros estarán siempre a nuestro lado compartiendo alegrías y tristezas.

 

En el tren también viajarán personas que andarán de vagón en vagón para ayudar a quien lo necesite. Muchos se bajarán y dejarán recuerdos imborrables. Otros en cambio viajarán ocupando asientos, sin que nadie perciba que están allí sentados. Es curioso ver cómo algunos pasajeros a los que queremos, prefieren sentarse alejados de nosotros, en otros vagones. Eso nos obliga a realizar el viaje separado de ellos. Pero eso no nos impedirá, con alguna dificultad, acercarnos a ellos. Lo difícil es aceptar que a pesar de estar cerca..... No podremos sentarnos juntos, pues muchas veces otras son las personas que los acompañan.

 

Este viaje es así, lleno de atropellos, sueños, fantasmas, esperas, llegadas y partidas. Sabemos que este tren sólo realiza un viaje, el de ida. Tratemos, entonces de viajar lo mejor posible, intentando tener una buena relación con todos los pasajeros, procurando lo mejor de cada uno de ellos, recordando siempre que, en algún momento del viaje alguien puede perder sus fuerzas y  deberemos entender eso. A nosotros también nos ocurrirá lo mismo: seguramente alguien nos entenderá y ayudara. El gran misterio de este viaje es que no sabemos en cual  estación nos tocará descender.

 

Pienso en cuando tenga que bajarme del tren, ¿Sentiré añoranzas? Mi respuesta es: “Sí”; dejar a mis hijos viajando solos será muy triste. Separarme de los amores de mi vida, será doloroso. Pero tengo la esperanza de que en algún momento nos volvamos a encontrar en la estación principal y tendré la emoción de verlos llegar con muchas más experiencias de las que tenían al iniciar el viaje. Seré feliz al pensar que en algo pude colaborar para que ellos hayan crecido como buenas personas. Ahora, en este momento, el tren disminuye la velocidad para que suban y bajen personas. Mi emoción aumenta a medida que el tren va parando... ¿Quién subirá?, ¿Quién será? Me gustaría que tú pensaras que desembarcar del tren no es solo una representación de la muerte o el término de una historia que dos personas construyeron y que por motivos íntimos dejaron desmoronar.

 

Estoy feliz de ver como ciertas personas, como nosotros, tienen la capacidad de reconstruir para volver a empezar, eso es señal de lucha y garra, y saber vivir es poder dar y obtener lo mejor de todos los pasajeros.

 

Agradezco a Dios que estemos realizando este viaje juntos  y a pesar de que nuestros asientos no estén juntos, con seguridad el vagón es el mismo.

“Pérdida”… ¿Qué es “pérdida”? Algo tan amplio que va desde la ruptura de un matrimonio, el fin de una relación de pareja, el alejamiento forzado de las personas que amamos, la pérdida de un empleo, los cambios físicos repentinos debidos a una enfermedad o accidente, la pérdida de bienes (para algunos también, aunque para muchos quedan lejos de las relaciones personales), la desilusión por ciertos objetivos e ideales al ver que las personas nos han fallado y que aquello no era lo que esperábamos… Cuando nos acontece todo eso debemos pasar por un proceso de duelo. Es un camino sinuoso y complejo que supone una experiencia intensa a nivel psíquico, emocional, mental y espiritual. Aquí nos centraremos en el duelo ante la muerte, y más adelante otros tipos de pérdida, pero está claro que algunas ideas sirven para toda pérdida… Es importante aprender a tomar conciencia de nuestros sentimientos y emociones y también a expresarlos con precisión y de forma no agresiva. Todos, sin excepción, hemos tenido y/o tendremos conflictos, pérdidas, enfermedades y muerte. Todos, en algún momento, acompañamos en este camino difícil a otra persona que las padece.  Existe la posibilidad de construir relaciones creativas y de calidad en situaciones vitales muy duras (Cómo crecer a través del duelo, Rosette Poletti, Barbara Dobbs, 2008).

El desafío de la pérdida: la palabra tiene su origen en el prefijo “per”, que quiere decir al extremo, superlativamente, por completo, y a continuación se compone de “der”, que es un antecesor de nuestro verbo dar. Y dice J. Bucay: “partiendo de esto pensé que la etimología me obligaba a pensar en la pérdida como la sensación que tiene quien siente que ha dado todo a alguien o a algo que ya no está. ¿La palabra pérdida tiene que ver con haber dado lo máximo? Y entonces pensé: "No, no puede ser. ¿Dónde está el error? Porque cuando uno da, en general, no siente la pérdida, en todo caso lo perdido es lo que alguien, la vida o las circunstancias te sacan". Y me acordaba de Nasrudím... Él anda por el pueblo diciendo: - He perdido la mula, he perdido la mula, estoy desesperado, ya no puedo vivir.

-No puedo vivir si no encuentro mi mula. -Aquel que encuentre mi mula va a recibir como recompensa mi mula. Y la gente a su paso le grita: -Estás loco, totalmente loco, ¿perdiste la mula y ofreces como recompensa la propia mula? Y él contesta: -Sí, porque a mí me molesta no tenerla, pero mucho más me molesta haberla perdido. Porque el dolor de la pérdida no tiene tanto que ver con el no tener, como con la situación concreta del mal manejo de mi impotencia, con lo que el afuera se ha quedado, con esa carencia de algo que yo, por el momento al menos, no hubiera querido que se llevara. Quizás, pienso ahora, ahí está la base etimológica de la palabra. La pérdida nos habla de conceder mucho más de lo que estoy dispuesto a dar. Quizás en el fondo yo nunca quiero desprenderme totalmente de nada, y la vivencia de lo perdido es tema del "ya no más". Un "ya no más" impuesto, que no depende de mi decisión ni de mi capacidad. Así que este dolor del duelo es entonces la renuncia forzada a algo que hubiera preferido seguir teniendo. ¿Pero cómo podría evitarlo?”

 

Muchas veces, esta pérdida afecta a algo vital, lo que más queremos, y llegamos a pensar que la vida no tiene sentido, pero la realidad es más rica, como decimos en misa: “la vida no se acaba, se transforma”, y comienza una Vida. A veces, tomamos un aspecto de la realidad, “sentimos” una parte, absolutizamos eso que sentimos, y aunque sea “normal” que eso pase, no que “me pase a mí”, y nos parece que eso es lo real y que durará siempre, pero no es así -sigue Bucay-: “las emociones redundan en que yo me prepare para la acción. Y esta acción de alguna manera me va a conectar con el estímulo.

Aunque conexión también puede querer decir salir corriendo, porque conectarse quiere decir estar en sintonía con lo que está pasando. Dicho de otra manera, hay una relación entre lo que hago, lo que siento, lo que percibí y el estímulo original.

Esta respuesta (mi respuesta) me conecta durante un tiempo con la situación y la modifica (aunque más no sea, en mi manera de percibir el estímulo). La conexión, en el mejor de los casos, llegado un momento se agota, se termina, pierde vigencia y entonces vuelvo a estar en reposo. Este ciclo, que se llama ciclo de la experiencia, se reproduce en cada una de las situaciones, minuto tras minuto, instante tras instante, día tras día de nuestras vidas. También cuando este estímulo es la muerte de alguien. Lo que me pasa a mí en este caso recorre exactamente el mismo circuito: percibo la situación del afuera, me conecto con una determinada emoción, movilizo una energía, que se va a tener que transformar en acción para que establezca contacto con esa situación concreta, hasta que esa situación se agote y vuelva al reposo”. Esta elaboración se da, no sólo frente a la muerte de alguien, sino en muchas otras pérdidas, nuestra conexión no se agota con lo real, hay un apego y un desapego, tanto en las pérdidas grandes como en las pequeñas: “Cada pérdida, por pequeña que sea, implica la necesidad de hacer una elaboración; no sólo las grandes pérdidas generan duelos sino que toda pérdida lo implica. Por supuesto que las grandes pérdidas generan comúnmente duelos más difíciles, pero las pequeñas también implican dolor y trabajo. Un trabajo que hay que hacer, que no sucede solo. Una tarea que casi nunca transcurre espontáneamente, conmigo como espectador.

Si bien hay cierta parte que ocurre naturalmente, la elaboración implica como mínimo cierta concientización, un darme cuenta y un hacer lo que debo. Un camino no por elegido y necesario forzosamente placentero…, un camino doloroso”.

 

Nos parece que muchas cosas son para siempre y vamos viendo que se acaban, aunque sólo sea porque las personas nos morimos, el “para siempre” sólo sirve de cara a las eternidades, y si tengo esto claro miraré con otros ojos muchas cosas que tomo para toda la vida, y podré aferrarme tranquilo a ellas, porque estarán a mi lado hasta mi último minuto. Pero también es posible que aunque yo he decidido que estén conmigo para siempre, sea abandonado por esa persona, pierda esa cosa, cambie esa situación… Y si tengo un sentido de trascendencia de mi vida, y me “curto” a base de las crisis de cada día, estaré preparado para la siguiente pérdida.

 

Crisis en latín significa decisión (del griego “krino”: yo decido, juzgo) y significa una mutación que se produce en una enfermedad, o en cualquier proceso físico o histórico, o momento delicado o conflictivo en un asunto importante, para mejoría o empeoramiento.  Comparte etimología con cribar (qué tomo y qué dejo de lo que tenía), con criterio (saber escoger lo bueno de entre muchas cosas, tomar el camino justo), con crítico (momento importante, problema, dificultad, trance), crisálida (fase de reposo en el que el animal ni se alimenta ni se mueve y sufre una metamorfosis completa para desarrollarse por ejemplo en mariposa, algo maravilloso). No es que la crisis sea buena, pero no nos podemos adaptar a esos cambios de la vida y no podemos crecer en ellos sin el efecto bofetada. En relación a duelo, nada parece ahogar el dolor insoportable, a veces, al inicio sobre todo, pero luego tiene sus etapas, de crisis en relación a sufrimiento.

 

Crisis = cambio, no es estable, pero la transformación depende de ti, puedes hacer que el cambio puede ser a tu favor. Tomar la iniciativa, hacer algo, no solo a nivel de intenciones y menos de quejarse solamente, pues va bien para desahogarse, pero en la justa medida, si no nos configuramos negativamente, nos “pasamos de rosca” y lo vemos todo negativo y arrastramos a los demás a nuestra negatividad, y nos rehúyen. Crear un ambiente solidario es siempre la solución, a base de tener en cuenta los demás, porque si los demás están mejor yo también, lo que mueve todo es el amor, y mi principal misión será siempre que los demás estén bien, así estaré yo mejor. La crisis será buena si la sabemos gestionar. Así lo decía Álex Rovira en La buena crisis. Lo importante no es la realización de los deseos sino lo que los deseos hacen para que nos realicemos. Trabaja con discapacitados, y ha visto que podemos mucho cuando se nos exige: hay muchas potencialidades dentro de nosotros que al ponernos a prueba salen, tenemos dentro un poder inmenso, que se desarrolla cuando vemos que los demás dependen de nosotros... Hemos de poner la inteligencia al servicio del amor, esa es la fuerza del corazón, que mueve el mundo… (en youtube se puede ver a ese autor explicando en la tele estas ideas).

 

Pienso que las emociones nos colapsan como en Romeo y Julieta, o El jardinero fiel, y esas ideas románticas absolutizan un momento presente pero no tienen en cuenta a los demás: si yo me muriera por una tristeza sería como dejarme llevar por un aspecto de la vida, pero es mejor tomar distancia de ese sentimiento dominante, ver más allá de él, ver la realidad entera: a la familia y a los amigos, a Dios por encima de todo, que me pide no abandonar. Sería mejor luchar más, para llevar todo adelante, no retener a quien se ha ido, no querer “atraparlo” ni irme con él, no apegarme, no encerrarme en el duelo, abrirme a la vida que continúa y saber que él/ella estarán contentos si yo me dedico a los que están vivos, como me dediqué a él/ella cuando estaba conmigo.

 

¿Cómo prepararnos a esta libertad?: Disfrutando de la vida. A veces estamos con miedo, enfrascados en una espiral de búsqueda de seguridades, que no nos deja paz… ¿Cuándo puedo yo disfrutar de algo si estoy vigilando que nada ni nadie me lo arrebaten? Recuerdo que hace tiempo me encontré unos gemelos de camisa, que debían ser de oro, y en un traslado de vivienda pensé que los había perdido, y sentía mucho la pérdida, pero al encontrarlos ya no me decían nada: de hecho, casi no me los he vuelto a poner… Reconozco que es una postura tonta eso de tener cosas que no usamos… también, hace tiempo, me regalaron una colonia buena y después de un par de años de casi no usarla la regalé a mi madre que le saca más provecho. Así, nos aferramos a las cosas inútiles, retenemos también el dolor con fuerza para que nadie pueda quitárnoslo. Dice Bucay que lo que sigue a aferrarse siempre es el dolor. “El dolor de la mano cerrada, el dolor de una mano apretada que obtiene un único placer posible, el placer del que no ha perdido, el único placer que tiene la vanidad, el de haber vencido a quien me lo quería sacar, el placer de "ganar", pero, ningún placer que provenga de mi relación con el objeto en sí mismo. Esto pasa en la estúpida necesidad de mantener algunos bienes inútiles. Esto pasa con cualquier idea retenida como baluarte. Esto pasa con la posesividad en cualquier relación, aún en aquellos vínculos más amorosos (padres e hijos, parejas). Lo que hace que mis vínculos, sobre todo los más amorosos, sean espacios disfrutables, es poder abrir la mano, es aprender a no vincularnos desde el lugar odioso de atrapar, controlar o retener sino de la situación del verdadero encuentro con el otro”, que hemos de aprender en el camino del encuentro, que sólo puede ser disfrutado en libertad.

Mucha gente cree que no aferrar significa no estar comprometido, como la moda, que algunos han introducido de las filosofías orientales. Siempre nos apegamos a quienes queremos, ponemos el corazón, me aferro a quienes son importantes para mí, y los existencialistas decían que entonces mi aferrarme es símbolo de mi interés y por lo tanto es egoísmo... pero si no hay algo de apegamiento no hay compromiso, la frialdad es desamor. Hoy volvía de Misa y estaban unos jóvenes de mañana, después del botellón de primavera, y me dice uno: “-Padre, ¿le gusta la música?” Le contesté que sí. Siguió él: “-Es la alegría del corazón, da la emoción a la vida, sentimiento a las cosas…” Iba a seguir, pero me volví y le dije: “¿Sabes cuál es lo que mueve la música de la vida, el corazón de las personas?...: el amor… Eso es lo que nos da vida, música a todo lo que hacemos” La chica del lado sonrió con él, y los demás, iban con la resaca pero compartieron eso conmigo y me dijo el chico: “eso, el amor…” y al ver lo distinto de nuestra situación: ellos vestidos de bohemios hippies y yo de sacerdote, añadió: “cada uno en sus cosas”… Ya no seguimos concretando…

¿Dónde está el equilibrio? Como siempre, es cuestión de amor. Y hay que procurar no caer en simplicismos de pasarse por frío o meloso con argumentos de que es necesario porque... “Esto es lo mismo que deducir que como los muertos no toman Coca-Cola, si tomas Coca-Cola te volverás inmortal”. Hay quien piensa que es necesario enfadarse para poder hablar, sin darse cuenta que muchas veces es una impresión subjetiva, que generalmente hace que la gente se aleje. Es lo mismo que justificar el absurdo argumento de las guerras que se hacen para garantizar la paz. En las dos puntas están los que hacen sufrir inútilmente a los demás, volcando en ellos sus continuos sufrimientos: y los que por no hacer sufrir a los demás se beben el dolor y no corrigen nunca. El compromiso está en un equilibrio entre la posesión enfermiza que nunca tiene bastante y el desapego del que no quiere implicarse con nada ni con nadie. No poner el corazón es una posibilidad, la del egoísta, un seguro contra el sufrimiento, pero se paga una prima: no amar. Sigue Bucay: “No enredarse afectivamente con nada ni con nadie… Posiblemente no consigas no sufrir pero sufrirás mucho menos; lo que seguramente perderás en el trato es la posibilidad de disfrutar. Porque no hay forma de disfrutar si estoy escapando obsesivamente del sufrimiento. Y la manera de no padecer "de más" no es no amar sino que es no quedarse pegado a lo que no está. La manera es disfrutar de esto y hacer lo posible para que sea maravilloso, mientras dure. Quiero decir, vivo comprometidamente cada momento de mi vida, pero no vivo mañana pensando en este día de ayer que fue tan maravilloso. Porque mañana debo comprometerme con lo que mañana esté pasando para poder hacer de aquello también una maravilla. Mi idea del compromiso es la del anclaje a lo que está pasando a cada momento y no a lo que vendrá después. Y creo que quedarse pegado a las cosas es vivir cultivando el pasado, cultivando lo que ya no es. Es ocuparme de los tomates que ya no están, descuidando la lechuga que necesita de mí ahora.

¿Qué pasa si uno se anima a descubrir su relación con el otro cada día, qué pasa si uno renueva su compromiso con el otro cada noche? ¿Será esto una actitud "light", poco comprometida?

Yo digo que no. La herramienta para no sufrir no debería ser el no compromiso sino el desapego. Si mañana esto que tanto placer te da se termina, sé capaz de dejarlo ir: pero, mientras está, todo debe ser compromiso”.

Pienso que la libertad implica un compromiso de amor que puede ser para siempre, y una manera de vivir el compromiso actual como bueno es no tocarlo, no manosearlo. Las cosas que se quieren mantener, cuidarlas con esmero: familia, amistad. Pero sin miedo, respetando la libertad, como hizo Jesús con sus apóstoles, en aquel momento de crisis: “¿también vosotros queréis iros?”, y ellos reafirmaron su lealtad: “¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Esos compromisos abarcan la afectividad, hay un apegamiento, que es bueno, mientras no sea enfermizo, como veremos también al hablar del mal de amor al referirnos al amor y la dependencia en el cuarto paso del camino de las lágrimas. Se decían dos amigos que se habían cambiado de lugar de residencia:

“-Siento tanto tu ausencia, que te hayas ido… sufro mucho”.

-“Me da pena, casi prefiero que no me hubieras conocido, para que no sufrieras…”

-“¡Nunca…! ¡Prefiero sufrir!”

 

3. El cristiano ante la muerte. La pérdida más grave, la definitiva, es la muerte: he dedicado a este tema otro escrito, que al principio llamé Vida más allá de la muerte, pero después lo integré dentro de un libro más amplio con el título Esperanza y salvación, porque no vivimos pensando en el cielo sino que ya estamos aquí viviendo en esperanza esa Vida que luego gozaremos, la salvación comienza con ese amor que compartimos en el Señor. Pero, de todas formas, nos impacta cuando llega esa realidad, el trance definitivo, la debilidad e impotencia que sentimos cuando alguien ha muerto, ante el despojo de un difunto, un cadáver a quien quisiéramos dar vida y no podemos, el realismo de ese momento sin trampa nos deja consternados.

 

Los parientes, amigos, familiares y la comunidad cristiana: un clima muy complejo. El cuerpo del muerto genera preguntas, cuestiones insoportables. Nos enfrenta ante el sentido de la vida y de todo, causa un dolor agudo ante la separación y el aniquilamiento. Mirar un cadáver es algo terrible. A mí me gusta rezar ante el difunto, pero entiendo a mis amigos cuando dicen que al morir no quieren ser vistos. A mí tampoco me gustan esas colas de gente que va a ver a alguien cuando ha muerto, cuando podían haberlo visitado antes, mientras estaba enfermo, y dicen cosas muy “sentidas”, y sueltan lágrimas de cocodrilo… Corre por Internet un hermoso poema, que se titula  Ahora que estoy vivo:

 

“Prefiero que compartas conmigo unos minutos, ahora que estoy vivo y no una noche entera, cuando yo muera.

Prefiero que estreches suavemente mi mano ahora que estoy vivo, y no que apoyes tu cuerpo sobre mi cadáver, cuando yo muera.

Prefiero que me hagas una breve llamada ahora que estoy vivo y no que emprendas un inesperado viaje, cuando yo muera.

Prefiero que me regales una sola flor, ahora que estoy vivo, y no que envíes un hermoso ramo, cuando yo muera.

Prefiero que eleves por mí una corta oración, ahora que estoy vivo (además de) una eucaristía cantada y concelebrada, cuando yo muera.

Prefiero que me digas unas palabras de aliento ahora que estoy vivo, y no un desgarrador poema, cuando yo muera.

Prefiero que me escribas unas cortas palabras, ahora que estoy vivo, y no un poético epitafio sobre mi tumba, cuando yo muera.

Prefiero disfrutar de los más mínimos detalles tuyos, ahora que estoy vivo, y no de grandes manifestaciones de pesar, cuando yo muera.

¡La vida nos da la hermosa posibilidad de demostrar nuestros afectos a los seres amados, no la desaprovechemos!”

Ese ser querido, del que tantos recuerdos tienes, que cuando te enfadabas con él pensabas que a pesar de todo si se muriera lo sentirías, que entrelazó su vida con la nuestra, ahora hay que enterrarlo. Y después del funeral, en Granada se llevaba al cortejo fúnebre por el paseo más bonito de la ciudad, a los pies de la Alhambra, al lado del río, camino al cementerio, por eso se llama así: el Paseo de los tristes, también lo dijo Becquer: “¡Qué solos y tristes se quedan los muertos!"

 

4. La muerte digna. Hoy se puede prolongar la vida gracias a los progresos de la ciencia y la tecnología. El trasplante de órganos, incluido el corazón, es una maravilla. Pero también se puede provocar una larga dolorosa agonía sin sentido: lo hemos visto en muchos casos, y se ha ido formando una ética al respecto. El derecho a una "muerte digna" es un tema importante, como veremos en el libro 2 del camino de las lágrimas, al tratar de la enfermedad terminal. Cuando el cuerpo ya ha cumplido su ciclo normal de vida, no hay obligación de recurrir "a métodos extraordinarios" para prolongar la vida, según lo define la Iglesia. El enfermo tiene derecho de pedir que lo dejen morir en paz, como recordamos que dijo Juan Pablo II: “dejadme ir a la Casa del Padre”.

 

Instrucciones previas (o testamento vital). Recuerdo un buen hombre, que me mandó un modelo de esos, privado, muy sentimental, que dejaba cualquier decisión en manos de un hijo en caso de enfermedad. Le hice ver que estaba poniendo al hijo en tentación de quitarle la vida en caso de necesidad, pues él era millonario... convino conmigo en que era mejor el de la Conferencia Episcopal, de directivas anticipadas, accesible por Internet, respetuoso con los valores morales y la dignidad del enfermo.

 

“No volverás nunca más / pero perduras / en las cosas y en mí, / de tal manera / que me cuesta / imaginar-te absente / para siempre” (Miquel Martí Pol). Ante la muerte de un ser querido, nos vienen a la mente muchas cosas... así me lo decía una persona amiga: “son reflexiones que nos vienen a la cabeza desde que ha muerto ella. Pido y a Dios que nos ayude a encontrar respuestas ciertas. Abracémonos y démonos vida, para poderla dar”. Ante la muerte de una amiga que había muerto debido a un testamento vital –la familia accedió a que no la alimentaran, cuando sin salir del coma cogió una infección-, escribía:

-“¿De qué nos sirve el don de profecía, si ese ‘amor’ no da la vida...?, si no hay amor, no hay vida” Y yo pensaba que sí, que somos ignorantes, pues sabemos de muchas cosas pero no sabemos responder qué es ese amor que da vida...

“¿Nosotros podemos decidir si vale más nuestra vida que la suya? ¿Tiene más valor la nuestra?” Estos días he visto “El circo de las mariposas”, un corto estupendo, donde el cine se hace humanidad, lo he colgado en mi blog, http://alhambra1492.blogspot.com .

“¿Es el sufrimiento que la limita, o bien la muerte decidida libremente?” Sobre esto no tengo ni idea: pero, en los párrafos siguientes intentaré explicar algo de lo que se dice, porque vemos dentro de nosotros que hay algo divino, que nos dice que no somos dueños de la vida, y que conecta con la pregunta siguiente:

“¿El amor que se le daba, quien lo recibirá?… Su vida”. Es el gran misterio: el enfermo es fuente de amor, en esos planes misteriosos de amor. Curiosamente, es la primera vez que veo escrito eso de esta manera, y tengo ganas de desarrollarlo.

“La alegría de vivir, quizá, no la tenía, pero el don de la vida, sí. ¿Quizá la tenemos nosotros, esa alegría…? Antes de nacer, esta vida que defendemos, tampoco la tiene, aún” (esa alegría). Es decir, no podemos “medir” la vida con bienes que parecen esenciales, como aún el mismo gozo, la calidad de vida, porque ¿quién se atreve a definir lo esencial de la vida, fuera de la misma vida?

“Pedimos vida, esta vida para toda la humanidad, y cuando nos toca ponernos a favor de la vida, ¿qué hacemos? ¿No nos desentendemos, a veces? ¿Quién nos lo da el derecho sobre la vida? Dios, es quien nos lo da”. Sobre esto, no tengo nada que añadir, está todo dicho… Así es. La película reciente “Amazing Grace” sobre el diputado inglés que consiguió la abolición de la esclavitud, luchando contra todos los intereses y la pasividad de la cultura de la época, es un ejemplo a imitar ante la batalla actual de la dignidad de la vida humana, tanto en el nacimiento como ante la muerte. No podemos quedar pasivos, como muchos, en tiempos de Hitler, o de la esclavitud, ante tantos que mueren. ¿Qué queremos que digan de nosotros, nuestros sucesores? Estos días, un obispo irlandés, reconocía ante la opinión pública: me porté mal escondiendo los abusos de algunos sacerdotes… me daba cuenta, pero no supe ir contra la costumbre de no castigar suficientemente aquello…

“La alegría y la paz, ¿de qué nos ha de venir? –De Dios, que renueva los corazones arrepentidos, que renueva la vida: la misericordia de Dios”. Así es.

Y tomo de un comentario del blog: “Al leer esta entrada se me viene a la cabeza algo que ha pasado en dos ocasiones ya en mi familia, la primera vez, mi abuelo, de 90 años casi agonizante, se sabía que mas de dos días no iba a durar, alguien sugirió adelantar el momento desconectándolo del respirador porque ‘ya no estaba entre nosotros’, mi madre se opuso tajantemente con estas palabras: ‘ni hablar, su vida, es suya hasta el último momento, aunque no me oiga mientras esté ahí yo le veo y puedo seguir diciéndole que le quiero’.

Años más tarde pasó algo parecido con una tía mía, ante la situación irreversible alguien dijo que mejor era que la muerte llegará cuanto antes, mi tía no sufría sino que ya no conocía a nadie y realmente iba a morir en breve tiempo. Mi madre otra vez alzo su voz, esta vez vino a decir: ‘Puro egoísmo, queréis que sea rápido para aliviaros vosotros vuestro trabajo con ella y vuestro propio sufrimiento, su vida es suya y a mí no me importa darle parte de la mía cuidándola el tiempo que le quede.’

En los dos casos las palabras de mi madre hicieron que el resto callara y tanto mi abuelo como mi tía se fueron cuando Dios quiso”. Pienso que ahí se ilustran muy bien el punto clave que intento tocar: 1) la dignidad de la vida está en la misma vida sagrada, en sí misma, no en ninguna circunstancia de esta vida (conciencia, salud, utilidad, etc.); 2) el enfermo nos está dando humanidad a nosotros, es fuente de amor...

En la atención de los enfermos terminales hay conflictos de interpretación. Una cosa es prescindir de aquellos métodos extraordinarios y otra es la de provocar la muerte positivamente: crimen, que es llamado eutanasia. Tampoco podemos llamar "muerte digna" al suicidio. Ni estamos obligados a posponer dolorosamente el momento de la muerte, ni podemos provocarla.

La eutanasia es ahora un debate parlamentario en los países de occidente, como una función teatral de los que se llaman progresistas. De una parte, se plantea la solución de casos de enfermedad muy dolorosa o de muerte segura. Y en el fondo está la emoción que hemos tenido todos con motivo de la muerte del tetrapléjico Ramón Sampedro. Fue llevado por las Asociaciones de ayuda a morir a que deseara la muerte, porque su equilibrio mental era deficiente en esas circunstancias en las que hay tendencias depresivas. Se va diciendo que la mayoría de la gente según las encuestas apoya la eutanasia, en ciertos casos, y estos argumentos que se van llevando al cine. La película Mar adentro es un ejemplo de una sensibilidad exquisita y una mentira al servicio de una ideología, quizá por el resentimiento que el director tiene contra la religión. Al ver las noticias vamos participando de estos sufrimientos, y acabamos por decir: “efectivamente, hay que hacer algo”.

De otra parte tenemos la novela “Ámsterdam” que nos muestra en toda su crudeza adonde lleva una ley hecha para “ayudar” al débil pero que deja la puerta abierta a que se use la eutanasia como medio legal de eliminar a quien le tienes manía. En este caso, dos amigos egoístas, que a causa de una confusión, de un malentendido sobre una mujer que los dos se disputan, se desean la muerte uno al otro, en un momento determinado. Consiguen el certificado médico para matarse sobre la base de que el otro está depresivo y su vida no reúne condiciones para ser vivida. El entuerto no se puede resolver por la muerte de los protagonistas, como en los mejores dramas del Shakespeare. Tenemos casos reales como uno que pasó en Lieja: confundirse de paciente en la aplicación de la eutanasia. O el doctor Shipman, que mató a 15 pacientes ingleses con diamorfina: se fue sospechando de él al quedarse con las herencias de los pacientes. Es lógico que los médicos teman la eutanasia para no ser considerados potenciales verdugos y puedan caer sospechas sobre su honorabilidad profesional; pero en una profesión con tal índice de paro, los hay para todos los gustos y efectivamente algunos no temen la amenaza bíblica: “exigiré satisfacción por la vida del hombre... quien derrame la sangre verá la suya derramada”.

La dignidad humana descansa sobre todo en la fe en Dios, que nos dice que es sagrada. A partid de aquí, le vamos poniendo cosas: que la persona esté consciente, inteligente, que sea guapa, etc. El gran Ingmar Bergman ha creado films preciosos en su planteamiento sobre la esencia de la persona y su sentido de la vida, pero al no poder dar respuesta queda frustrada esta búsqueda y deja una puerta abierta a la eutanasia en sus últimas declaraciones televisivas. Al final, murió de muerte natural… Hoy día, una vez perdida la confianza en la “diosa razón” y destrozada la voluntad por Nietzsche, nos queda la herencia sentimental freudiana. Como decía Bergman en una de sus películas, somos muchas veces educados para el éxito y las cosas de trabajo pero “emocionalmente analfabetos”, ya que dependemos de unas modas y una de ellas es que la eutanasia es progresista. Libertad, gritamos, pero ¿dónde está la responsabilidad?; una vez atropellada la dignidad de la persona, caemos en el mundo de la tiranía (como en la película “Matrix”), y esto es algo muy pero muy peligroso: aquí no se juzgan las intenciones de una persona que opta por morir, sino que se está hablando de una legislación sobre la vida, que es algo de lo más serio, y no frívolamente.

Una persona puede concebir su muerte como la única opción para poner fin a su sufrimiento, y de ver que requiere la ayuda de un tercero, dicen a favor de la eutanasia. Pero si bien algunos no encuentran solución a la situación incurable, intolerable, insoportable, a la sensación de inútil, la solución siempre pasa por los cuidados paliativos: alguien que le haga sentir la alegría de vivir, cambiar la sensación de inútil por sentir que importa a otros. Una sociedad para la que –fuera de términos de producción o de sujetos de consumo- no somos nadie, está dispuesta a eliminar los incapacitados tanto por incompetencia laboral o enfermedad, los “parásitos”, pero matar a alguien es una cosa muy seria y un camino sin retorno, que hay que pensarse dos veces.

Una cosa es no castigar (tolerar) una asistencia al suicidio, como el caso de Sampedro, y otra legislar sobre su aprobación, dando así carta blanca a los que quieran ofrecernos una “condena a muerte”. Toda nuestra sociedad se fundamenta en el derecho a la vida, y si se vulnera este principio –como ya se hace con el aborto- la lógica de la vida deja paso a una incertidumbre, a una sociedad salvaje y tenebrosa. Sin que esté presente en las intenciones de los legisladores, nos puede conducir luego a diversos tipos de selección de las personas, una legislación que favorece formas de nazismo.

La experiencia es que, en algunos sitios donde hay aprobación de la eutanasia, se ha pasado del suicidio asistido a la eutanasia de enfermos terminales, para seguir después con los enfermos crónicos, con los que pasan por enfermedades físicas, con los que tienen problemas psicológicos, como el caso de aquella persona que pidió morir en un estado de depresión y, efectivamente, la ayudaron a morir con atención médica, en lugar de ayudarle a sobrellevar el peso de la desgracia familiar que le estaba afectando. Así, se va yendo de la eutanasia voluntaria a la involuntaria, la que llaman "terminación del paciente sin petición explícita.

¿Dónde está la frontera, que cuando se cruza se va contra el hombre? ¿Cuándo es el hombre un lobo para el hombre? Cuando nos saltamos la dignidad humana. Esto nos lleva a la pregunta: ¿hay una verdad sobre el hombre, sobre los derechos humanos, o todo son opiniones del momento?

 

 

5. La vida humana es sagrada, porque tiene esencias divinas, para vivir la vida eterna. En paleontología sabemos que nos encontramos con restos humanos cuando tenemos entre los testimonios arqueológicos tumbas, actos culturales o artísticos, generalmente también de tipo religioso. En ellos podemos descubrir la idea que las diferentes culturas tenían del más allá. También había ritos de entrar en contacto con los difuntos (inhumación en la casa, trepanación de cráneos, comer ritualmente el cerebro, espiritismo, y más tarde las historias de apariciones, fantasmas, ánimas en pena, y ese mundo supersticioso que aún dura de trasponer los dinteles de la muerte y saber algo del más allá.

Una luz en las tinieblas. Jesús nos dice: "Yo soy la Luz del Mundo. Quien me sigue no andará en tinieblas"; nos descubre el sentido de la vida, y nos habla de la vida más allá de la muerte. A la muerte de Lázaro, le dice a Marta: "Yo soy la Resurrección. El que cree en Mí, aunque muera vivirá. El que vive por la fe en Mí, no morirá para siempre" (Jn 11,25); y también nos habla de la Vida eterna: "yo soy el Pan vivo bajado del Cielo; el que coma de este Pan, vivirá para siempre… El que come mi carne y bebe mi sangre, vive de la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día" (Jn 6,51.54).

Así, el cristiano sabe que la muerte no solamente no es el fin, sino que por el contrario es el principio de la verdadera vida, la vida eterna.

 

En cierta manera, desde que por los Sacramentos gozamos de la Vida Divina en esta tierra, estamos viviendo ya la vida eterna. Nuestro cuerpo tendrá que rendir su tributo a la madre tierra, de la cual salimos, por causa del pecado, pero la Vida Divina de la que ya gozamos, es por definición eterna como eterno es Dios.

Llevamos en nuestro cuerpo la sentencia de muerte debida al pecado, pero nuestra alma ya está en la eternidad y al final, hasta este cuerpo de pecado resucitará para la eternidad. San Pablo (Rom 8,11) lo expresa magníficamente: "Mas vosotros no sois de la carne, sino del Espíritu, pues el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tuviera el Espíritu de Cristo, no sería de Cristo. En cambio, si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo vaya a la muerte a consecuencia del pecado, el espíritu vive por estar en gracia de Dios. Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos está en vosotros, el que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a sus cuerpos mortales; lo hará por medio de su Espíritu, que ya habita en vosotros".

El cristiano, iluminado por la fe, ve pues la muerte con ojos muy distintos de los del mundo. Si sabemos lo que nos espera una vez transpuesto el umbral de la muerte, puede ésta llegar a hacerse deseable.

El mismo San Pablo, enamorado del Señor, se queja "del cuerpo de pecado" pidiendo ser liberado ya de él. "Para mí la vida es Cristo y la muerte ganancia" (Fil 1,21) "Cuando se manifieste el que es nuestra vida, Cristo, vosotros también estaréis en gloria y vendréis a la luz con El" (Col 3,4).

 

En esperanza de cielo… Sin la esperanza, todo consuelo es difícil[1]. Por desgracia somos tan carnales, tan terrenales, que nos aferramos a esta vida. Después de todo, es lo único que conocemos, lo único que hemos experimentado.

Queremos vivir la vida, que es la que tenemos… Al menos, cuando las cosas van bien, estamos enfrascados en la vida, y nos lleva y el tiempo pasa volando… Nos parece –como diremos luego- que estamos hechos para este mundo tan bonito, y que el cielo, el más allá, puede esperar; sin embargo, sin perder la atención a las cosas de la vida y sus goces -también hay penas- San Pablo nos enseña que fue arrebatado en éxtasis para tener un atisbo de los que nos espera más allá, y no puede describirlo con palabras humanas: "Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman" (1 Cor 2,9), son cosas que el hombre no sabría expresar.

Ante lo efímero de los goces o sufrimientos de esta vida, el mismo Apóstol nos recomienda en la carta a los Colosenses: 3,1-4, "Buscad las cosas de arriba, donde se encuentra Cristo; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra".

 

Envejecer es maravilloso. El instinto de conservación y la falta de fe, nos hacen tener horror al envejecimiento irremediable, como dice la canción de Luz: “con el veneno sobre tu piel”. Da pena ver a personas entradas en años intentar inútilmente defenderse de la calvicie, de las canas, de las arrugas... Quisieran detener el tiempo, beber en la fuente de la eterna juventud. Antes, al acercarse el sacerdote al altar para celebrar Misa, proclamaba con el salmo: “entro al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud”, se refiere a esa juventud eterna del amor, decía San Josemaría, y San Pablo nos escribe: "Por eso, no nos desanimamos. Al contrario, mientras nuestro exterior se va destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día. La prueba ligera y que pronto pasa, nos prepara para la eternidad una riqueza de gloria tan grande que no se puede comparar. Nosotros, pues, no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo invisible, ya que las cosas visibles duran un momento y las invisibles son para siempre" (2 Cor 4,16-18).

Cuando en las reuniones de antiguos alumnos vemos que van faltando miembros de nuestra promoción, que van muriendo, pensamos que se van gastando nuestros días, que un día llegará nuestra muerte, que es lo inevitable. Y en cambio hemos de cambiar el chip, verlo como una entrada a la casa del cielo, con la conciencia jubilosa de que estamos siendo llamados por Dios: la meta está ya cerca. San Ignacio de Antioquía, anciano y camino al martirio, avanza gozoso al encuentro con Dios y escribe a los romanos: "Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: ' Ven al Padre. No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo’”.

¡Qué maravilla llegar a comprender que la muerte es el inicio de la verdadera vida y que todo esto no ha sido sino un ensayo, un camino, una invitación!

 

La liturgia de los difuntos. La reforma litúrgica del Concilio Vaticano II abandona los ornamentos color negro en las Misas de Difuntos, signo de duelo, para destacar el consuelo y esperanza: "A pesar de todo, la comunidad celebra la muerte con esperanza. El creyente, contra toda evidencia, muere confiado: "En tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23,26). En medio del enigma y la realidad tremenda de la muerte, se celebra la fe en el Dios que salva… En el corazón de la muerte, la iglesia proclama su esperanza en la resurrección. Mientras toda imaginación fracasa, ante la muerte, la iglesia afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz. La muerte corporal será vencida."

La iglesia festeja el misterio pascual con el que el difunto ha vivido identificado, iniciada en el Bautismo, la posesión de la bienaventuranza: "Dios, Padre Todopoderoso, apoyados en nuestra fe, que proclama la muerte y resurrección de tu Hijo, te pedimos que concedas a nuestro hermano N. que así como ha participado ya de la muerte de Cristo, llegue también a participar de la alegría de su gloriosa resurrección" (oración colecta). Y en la oración sobre las Ofrendas: "Te ofrecemos, Señor, este sacrificio de reconciliación por nuestro hermano N. para que pueda encontrar como juez misericordioso a tu hijo Jesucristo, a quien por medio de la fe reconoció siempre como su Salvador".

"La muerte, es por tanto, un momento santo: el del amor perfecto, el de la entrega total, en el cual, con Cristo y en Cristo, podemos plenamente realizar la inocencia bautismal y volver a encontrar, más allá de los siglos, la vida del Paraíso" (Romano Guardini)

La mejor y más completa respuesta al problema de la muerte la encontramos en los escritos de San Pablo. Recordemos la, magnífica frase: "Al fin de los tiempos, la muerte quedará destruida para siempre, absorbida en la victoria" (I Cor 15,26).

Con el realismo que caracteriza a la Iglesia Católica, toda la liturgia de Difuntos, ofrece a Dios sufragios por los muertos, sabiendo que todos, en mayor o menor grado, hemos ofendido a Dios, pero con la plena confianza en la infinita misericordia divina, que garantiza al final el goce de la bienaventuranza. Por ello el libro del Apocalipsis nos enseña: "Bienaventurados los que mueren en el Señor" (Ap 21,4).

Repetimos una y otra vez al orar por los nuestros: "Dale Señor el descanso eterno y brille para él la Luz Perpetua". Descanso de las luchas y fatigas de esta vida; luz para siempre, sin sombras de muerte, sin tinieblas de angustias, dudas o ignorancias. La luz total de contemplar la gloria de Dios en todo su esplendor, en la consumación del amor perfecto y eterno.

"La Muerte es la compañera del amor, la que abre la puerta y nos permite llegar a Aquel que amamos" (San Agustín). "La Vida se nos ha dado para buscar a Dios, la muerte para encontrarlo, la eternidad para poseerlo" (P. Novet).

 

6. Azul. La Belleza de lo simple. Muy por encima de "Blanco" y ligeramente superior a "Rojo" (aunque Irene Jacob trabaja muy bien, no tiene la prestancia de Juliette Binoche), es una película intimista llena de símbolos, que con silencios y música describe, una música, una lírica del dolor. Trata de una mujer que vivía para su marido, que sacrifica todo por él y que ese es su único interés, no la mueve ni la vanidad ni la notoriedad, era feliz con su marido y lo sacrificaba todo por él y su hija. Hipnotizados, se nos involucra en la tragedia de esa mujer de 33 años que pierde al marido –que conduce el coche- y a su única hija en un accidente de carretera, que pierde el sentido de la vida de modo que haberlos perdido le deja un vacío que no puede o no quiere llenar. Tras llegar a la conclusión de que las ataduras de la vida sólo pueden hacerte sufrir, decide deshacerse de todo lo que tiene, tanto de todos los recuerdos materiales como de cualquier cosa que pueda recordarle a su familia, desapareciendo de la vida pública para siempre. Se suele decir que sólo el que no tiene nada es verdaderamente libre, y ella quiere utilizar ese principio para seguir viviendo con el menor sufrimiento posible.

Juliette Binoche es buscada porque su marido era un famoso compositor que estaba terminando una sinfonía para celebrar en la Unión europea el nuevo milenio. Ella lucha por estar lo más sola posible, no necesitar a nadie, pero llega el momento en el que todos necesitamos a alguien y a ella le llega también ese momento. Durante la película averiguamos que el verdadero talento musical no era el del marido sino que ella era la compositora. Se nos habla de cómo las almas rotas se enfrentan de nuevo a la vida, bajo el signo de libertad que Kieslowski da al color azul de la bandera francesa: la que Julie va buscando cuando decide aprender a vivir de nuevo, y para ello liberarse de pasados, de recuerdos, de ataduras y de trampas. Y en ello se empeña aunque el destino la golpee una y otra vez recordándole su sufrimiento: pero ella sigue adelante. Hay algo por lo que no se atreve a suicidarse, algo misterioso la lleva a estar viva y descubrir un motivo para una vida nueva. Aquella vida por la que quería morir no era cierta. Conmueve profundamente sin obligar al llanto y, todo ello, sin apenas palabras: la luz con tono azul, el agua, la extraordinaria música y los ojos de la Binoche son los medios para ese precioso lenguaje.

La película investiga la compleja realidad de la libertad individual, y lo que causa el cambio no es algo positivo, sino el dolor de una mentira. Julie aspira a hacer tan grande como pueda su capacidad de vivir sin compromisos, ataduras, recuerdos, antiguas amistades, viejos objetos. Prescinde de lo que la puede condicionar y se sumerge en una vida independiente, solitaria y anónima. No trabaja, no cumple horarios y no busca nuevas amistades. Siente con dolor su vacío emocional (acaricia las imágenes de TV del funeral con la sombra de sus dedos). Vemos la profundidad de su soledad, la firmeza de su humanidad, la sinceridad de su compasión, la autenticidad de su solidaridad, su serena templanza y su disposición de ayudar a los demás. Es cuando casualmente descubre la infidelidad del marido que constata que ella sigue viva, acepta la mentira por la que vivía antes, y rectifica decisiones recientes. La libertad individual es un proceso de lucha y de conquista que ha de cambiar de estrategia cuando los referentes cambian. Y se encuentra enamorada de Olivier. Con notable generosidad atiende a las necesidades de sus criados y de su madre. Al descubrir que va a nacer un hijo natural de su marido, dispone todo como para el heredero. Continúa una inacabada partitura de su marido, se trata de un "Concierto para la unificación europea" cuya parte coral recoge el texto, en versión griega, del himno de San Pablo (capítulo 13 de la 1ª carta a los Corintios), donde se afirma que el amor (la caridad) sobrevivirá al tiempo: "Si no tengo caridad, no soy nada (...) La caridad nunca acaba. Las profecías desaparecerán, las lenguas cesarán, la ciencia quedará anulada". Libertad para amar, titula Vicente Huerta otro comentario sobre el film (del anterior no tomé nota del autor). Juliette descubre que es una libertad sin sentido la que no va con amor, que es el que da sentido a cada vida personal, y la persona es un ser necesitado de sentido. Una libertad sin amor no es nada, como dice el himno de San Pablo (1 Cor 13). Es imposible vivir sin que nada importe: al final, siempre nos quedamos con algo. En el caso de la protagonista está esa lámpara azul de la que no quiere desprenderse, y la música, que no la abandona, por más que ella quiera deshacerse de las partituras. Consciente de que no puede liberarse plenamente del pasado (“libertad de”), va tomando, casi sin darse cuenta, decisiones (“libertad para”) que le permiten establecer encuentros y compromisos amorosos con el pasado y con nuevas relaciones: relación con Olivier, que siempre estuvo enamorado de ella, con la amante de su marido, que espera un hijo del compositor fallecido, etc. Acompañamos a Julie en su peculiar viaje interior desde ese estado oscuro y angustioso en el que se encuentra tras el accidente hasta encontrar el camino que le conduce a la plenitud y al amor. Es, sin duda, un itinerario doloroso, un calvario que Julie recorre doliente y desconcertada, al principio: confiada y segura, después. Poco a poco, va superando temores y angustias a la vez que su carácter se va fortaleciendo, asumiendo el reto de una nueva vida, que será creativa y fecunda en la medida en que asume también su pasado. Pero, sobre todo, lo que vemos es la valentía y la generosidad de una mujer que es capaz de rectificar. Vemos un ascenso desde los infiernos para aprender el verdadero significado de la libertad. Libremente –con una libertad superior y creativa perdona a la amante de su marido y se muestra espléndidamente generosa con ella. Libremente, asume la tarea de terminar el inacabado “Concierto para la unificación europea”. Libremente, aunque de un modo tan natural que parece lo más normal, como si no pudiera actuar de otra manera. Misteriosa “solidaridad” la que liga libertad y necesidad: “¡no puedo hacer otra cosa!” es a la vez el lamento del esclavo y el gozoso postulado del amante.

La autonomía, en las personas, puede entenderse en clave de independencia o en clave de autoposesión, en un sentido negativo (“libertad de”) o en un sentido positivo: “libertad para” coger las riendas de mi vida y conducirla hacia algo que valga la pena. Sería de desear que todos sepamos trascender la primera fase de la libertad, como hace la protagonista de este film, y miremos más allá de la libertad misma: hacia lo que esa libertad apunta. La libertad interesa porque hay algo más allá de la libertad misma, que la supera y marca su sentido: el bien, todo aquello que, por ser bueno, merece la pena que nos comprometamos. Así, entendemos que la libertad de una persona se mide por la calidad de sus vínculos: es más libre quien dispone de sí mismo de una manera más intensa. Ya no depende de lo exterior, de lo que pasa fuera, en el mundo, en los demás, sino de lo que uno quiere. Quien no se siente tan dueño de sí mismo como para decidir darse del todo porque le da la gana, en el fondo no es muy libre: está encadenado a lo pasajero, a lo trivial, al instante presente. Libertad y compromiso no se oponen, sino que se potencian. Para Kieslowski el tema importante era aprovechar las oportunidades que la vida te presentaba, era eso algo decisivo. Pocos como él han sabido filmar la música, captar los presentimientos (basta recordar La doble vida de Verónica), recoger el dolor interior, debatirse en las dudas existenciales; y hacer conectar al espectador con esas mismas emociones y participar en esos sentimientos.

7. A veces el duelo viene ya antes de la muerte: “Creo que el ver así a su hija fue para ella mucho peor que el propio cáncer. Carmina adoraba a su madre. Intentaba ayudarla, pero, sencillamente, era incapaz” (sigue la novela).

“El dolor es una estación de paso. Un lugar de tránsito donde a veces no queda más remedio que detenerse antes de seguir el viaje. Ojalá hubiese podido renunciar a ese apeadero, pero no fue posible. El dolor no invita. Aparece, sin más, y entonces no queda otra opción que hacer un alto en el camino y enfrentarse a la certeza de que nada podrá ser igual, que el resto de viaje se ha visto alterado por esa parada intempestiva, por esa parada indeseable, por esa parada que ha tocado en suerte. Qué ironía, llamar suerte al roce mezquino de la desgracia, al contacto íntimo con la aflicción. Qué estúpido resulta llamar suerte a la desventura”.

En tiempo de prodigios se sigue diciendo que el dolor elige con los ojos cerrados a quien le corresponde interrumpir la marcha y conocer un territorio incógnito regido por reglas distintas, por normas particulares, donde nada de lo que usábamos sobre la vida nos resulta de provecho. Existen muchos lugares comunes que en principio deberían ser de ayuda para orientarnos en el dolor y, sobre todo, para salir de él. Pero, ni las frases hechas, ni los buenos consejos, ni las recomendaciones resultan demasiado útiles. Ni siquiera la colaboración de quienes ya han estado allí, al otro lado de la frontera. “Frente al dolor, y en el dolor, uno siempre se encuentra solo. La necesidad de ayudar a mi madre lo ocupó todo. Así vencí mi miedo. Y supe entonces que, a mi manera, también podría resistir el dolor sin venirme abajo.

Fue lo primero que aprendí al morir mi madre: que la fortaleza del alma humana no conoce límites. Que estamos hechos para aguantar absolutamente cualquier cosa. Sí, ya sé que existen casos de personas que se han trastornado después de sufrir una tragedia, pero esos ejemplos son la excepción y no la regla. El instinto de supervivencia y el afán por conservar la cordura son, en muchos casos, muy superiores al propio sufrimiento. Por eso el dolor casi nunca nos mata, ni nos vuelve locos. Nos mutila por dentro, eso sí, pero ¿es que no puede uno vivir lisiado?”

8. El arte de rehacerse de los golpes. “Resilencia” es una palabra nueva en psicología, es la capacidad de resistir ante las contrariedades y rehacerse, adaptarse a las situaciones sin romperse, para mantenerse, y luego volver a la situación estable, óptima. Las personas tienen la posibilidad de sobreponerse a las crisis, y construir positivamente sobre ellas, aprovecharlas para hacer palanca sobre lo positivo que hay en algo malo, y moverlo. La palabra, llamada también “resiliencia”, se aplicaba hasta hace poco a los cuerpos físicos como metales, para indicar la cualidad por la que se doblaban sin romperse y volvían a la situación original. Es la cualidad de las personas para resistir y rehacerse ante situaciones traumáticas o de pérdida. “La resiliencia se ha definido como la capacidad de una persona o grupo para seguir proyectándose en el futuro a pesar de acontecimientos desestabilizadores, de condiciones de vida difíciles y de traumas a veces graves” (Héctor Lamas).

Esto, como se ve, tiene interés para explicar cómo hay que resistir y hacer frente a las adversidades de la vida, desgracias de todo tipo, sin rompernos, “pues aunque nos doblemos al principio, después somos capaces de asumir los traumas padecidos y desarrollar recursos internos latentes de los que ni siquiera éramos conscientes (…) el mismo hecho desolador (una pérdida traumática y repentina de un ser querido, el diagnóstico de una enfermedad grave, un terrible revés económico) a unos les afecta de tal manera que no logran reponerse en meses y en años y les sume en una profunda depresión, llevándoles al abandono de sí mismos y al deterioro físico y psíquico, mientras que otros, pasados los primeros días, todo lo superan y no quedan afectados. Es más, algunos se sienten fortalecidos tras la superación del trauma y afirman que les ha servido como lección y experiencia práctica de cara al futuro” (Bernabé Tierno). Lo que influye no son tanto los hechos objetivos, sino la interpretación que sobre ellos se hace. En el estudio llevado a cabo por Fredrickson y colaboradores a partir de los atentados de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, se encontró que la relación entre resiliencia y ajuste tras los atentados estaba mediada por la experimentación de emociones positivas. Así, se afirma que las emociones positivas protegerían a las personas contra la depresión e impulsarían su ajuste funcional. De hecho, se ha sugerido que la experimentación recurrente de emociones positivas puede ayudar a las personas a desarrollar la resiliencia. Por otro lado, parece ser que la experimentación y expresión de emociones positivas elicitan a su vez emociones positivas en los demás, de forma que las redes de apoyo social se ven fortalecidas.

Las emociones son tendencias de respuestas, con un gran valor adaptativo y que se presentan con manifestaciones fisiológicas, la más clara en la expresión del rostro. Son consecuencia de la experiencia subjetiva ante los hechos, es decir del procesamiento y evaluación de la información recibida. La tendencia a la tristeza no es algo inhumano, y por tanto no hay que obviarlo, pues así como el dolor es la respuesta a un mal físico, o el remordimiento, un síntoma de un mal moral, así también cuando el cuerpo no puede hacer frente a un dolor excesivo se desmaya, o el alma se deprime. Por eso la psicología positiva está bien, pero no cuando quiere rechazar toda tristeza, pues también tiene un sentido en la vida mientras no sea excesiva, mientras no esté “averiado” este mecanismo, y sea algo enfermizo. La huida de la realidad es una solución pasajera, que tiene diversas formas: una es no pensar en el trauma, y esto lo letarga en el tiempo, otras huidas son químicas (sexo, alcohol, drogas…). Para llegar a la solución, la forma de intervención no ha de ser la huida sino enfrentar al sufriente con su dolor, en cuanto le sea posible es decir cuando tenga los medios para poder superar aquello. Es cierto que si alguien no tiene medios para pensar, mejor que no piense y se dedique a leer novelas, a pasear o viajar, pues quien no tiene resortes para resolver un problema que no se lo plantee. De todas formas, mejor es darle recursos para poder resolverlos, cuanto antes. Si bien es cierto que los traumas considerables nos hacen más vulnerables a infecciones, enfermedades cardiovasculares, estrés y depresiones, también lo es que una actitud de capacidad de encajar estos golpes hará que como las abejas extraen miel del tomillo, las personas sensibles suelen sacar ventajas y provecho de las circunstancias más adversas. A la larga, transforman las dificultades en oportunidades. Esta capacidad de transformar la crisis en maduración personal hace que la persona adquiera libertad personal y ya no dependa de las circunstancias, sino que sean las que sean, también en las experiencias de su infancia, etc., la persona se erige en arquitecto de su propio destino. En el fondo, es su vocación, un ser “en construcción”, abierto a autodeterminarse. Su optimismo vital les hace crecer ante el desafío, cuando otros se achican y pierden el equilibrio interior: de los limones (amarguras de la vida) saben hacer limonada, están abiertos a la esperanza. La resiliencia no es absoluta ni se adquiere de una vez para siempre, es una capacidad que resulta de un proceso dinámico y evolutivo, que varía según las circunstancias: se sitúa en este contexto de psicología positiva; pero, si uno tiene fe, sabe que Dios nos ama y que no permitiría nada malo, si no sabe sacar de aquello algo mejor, que todo es para bien, en el sentido de que Dios reconduce todo hacia nuestro bien. Entonces, al saber que lo mejor siempre está por llegar, se puede luchar de manera mucho más profunda en este sentido positivo de la vida, y concretarlo en el aprendizaje de la resilencia.

 

9. Confiar, dejarse llevar…

Cuenta Bucay del alpinista, desesperado por conquistar el Aconcagua que inició su travesía después de años de preparación, pero quería la gloria para él solo: por lo tanto, subió sin compañeros. Se le hizo tarde, no se preparó para acampar, decidido a llegar a la cima y le oscureció. La noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña, ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era negro, sin visibilidad, no había luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes. Cansado, por un acantilado, se resbaló y se desplomó por los aires... cayó rápido, pero esos momentos se hicieron largos: podía ver veloces manchas oscuras que pasaban en la misma oscuridad y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad. Seguía cayendo... y en esos angustiantes momentos, le pasaron por su mente gratos y no tan gratos momentos de la vida, y sintió el tirón fuerte... Sí, como todo montañero, estaba asegurado, y las cuerdas tienen elasticidad, aguantan hasta 10 toneladas…

En esos momentos de quietud, suspendido por los aires, no le quedó más que gritar: "ayúdame, Dios mío..." De repente una voz grave y profunda de los cielos le contestó: "¿qué quieres que haga?"

-"Sálvame, Dios mío.”

-"Si confías en mí, corta la cuerda que te sostiene...”

Hubo un momento de silencio y quietud. El hombre se aferró más a la cuerda y reflexionó...

Cuenta el equipo de rescate que por la mañana encontraron colgado a un alpinista congelado, medio muerto, agarrado con fuerza, con las manos a una cuerda... a dos metros del suelo...

Y concluye Bucay: “... ¿Y tú?... ¿Qué tan confiado estás de tu cuerda?... ¿Por qué no la sueltas? Y yo digo, a veces no soltar es la muerte. A veces la vida está relacionada con soltar lo que alguna vez nos salvó. Soltar las cosas a las cuales nos aferramos intensamente creyendo que tenerlas es lo que nos va a seguir salvando de la caída. Todos tenemos una tendencia a aferrarnos de las ideas, a las personas y a las vivencias. Nos aferramos a los vínculos, a los espacios físicos, a los lugares conocidos, con la certeza de que esto es lo único que nos puede salvar. Creemos en lo "malo conocido" como aconseja el dicho popular. Y aunque intuitivamente nos damos cuenta de que aferrarnos a esto significará la muerte, seguimos anclados a lo que ya no sirve, a lo que ya no está, temblando por nuestras fantaseadas consecuencias de soltarlo.

Cuando hablamos del camino de las lágrimas hablamos de aprender a enfrentarnos con las pérdidas desde un lugar diferente. Quiere decir no sólo desde el lugar inmediato del dolor que, como dijimos, siempre existe, sino también desde algo más, desde la posibilidad de valorar el recorrido a la luz de lo que sigue. Y lo que sigue, después de haber llorado cada pérdida, después de haber elaborado el duelo de cada  ausencia, después de habernos animado a soltar, es el encuentro con uno mismo. Enriquecido por aquello que hoy ya no tengo pero pasó por mí y también por la experiencia vivida en el proceso. Pero es horrible admitir que cada pérdida conlleva una ganancia”. Esto es difícil entender, cuando uno está sujeto a emociones que aparecen como la única verdad, pero luego cuando más negra es la noche “amanece Dios”. Así, hay como una revelación en cada persona y en cada acontecimiento, la vida es como un camino en el que vamos encontrando las pruebas cuando estamos preparados, para continuar en la misión, es como un ir descubriendo el sentido de la vida, del por qué de las cosas. Así, los fracasos, el dolor, las penas, nos van preparando para algo a lo que antes no serviamos, como el gusano que en el crisol del dolor, se transforma en mariposa…

“Que cada dolor frente a una pérdida terminará necesariamente con un rédito para mí. Y sin embargo no hay pérdida que no implique una ganancia, un crecimiento personal”. Para algunos sufrimos porque hay algo deseado que no tenemos, porque algo estamos perdiendo, porque creemos que para algunas cosas ya es tarde. Por ejemplo, decía Buda que el sufrimiento tiene una sola raíz y esa raíz es el anhelo. Y el anhelo al que Buda refiere es el deseo. Y como esto es la raíz del sufrimiento, el sufrimiento tiene solución. La solución es dejar de desear. Deja de pretender tener todo lo que quieres y el sufrimiento va a desaparecer. El sacerdote jesuita Anthony De Mello jugaba a veces en sus charlas: - ¿Quieres ser feliz? Yo puedo darte la felicidad en este preciso momento, puedo asegurarte la felicidad para siempre. ¿Quién acepta? Y varios de los presentes levantaban la mano... - Muy bien -seguía De Mello- Te cambio tu felicidad por todo lo que tienes, dame todo lo que tienes y yo te doy la felicidad. La gente lo miraba. Creían que él hablaba simbólicamente. - Y te lo garantizo –confirmaba -No es broma. Las manos empezaban a descender... y él decía: -Ah... No quieren. Ninguno quiere. Y entonces él explicaba que identificamos nuestro ser felices con nuestro confort, con el éxito, con la gloria, con el poder, con el aplauso, con el dinero, con el gozo y con el placer instantáneo. No parecemos dispuestos a renunciar a nada de lo deseado. Aunque  sabemos que gran parte de nuestro sufrimiento proviene de lo que hacemos diariamente para tener estas cosas, nadie consigue hacernos creer que si renunciamos a esto dejaríamos de sufrir”.

Y sin embargo esto no está tan claro. Esta postura no es humana, porque basa ser feliz en la ausencia de vínculos, en no tener corazón. Tiene algo de verdad, claro: “Somos como el alpinista, aferrados a la búsqueda de las cosas como si fuera la soga que nos va a salvar. No nos animamos a soltar este pensamiento porque pensamos que sin posesiones lo que sigue es el cadalso, la muerte, la desaparición. Y entonces no hay ninguna posibilidad de dejar de sufrir, porque esta idea, la de soltar las cosas para recorrer el camino más liviano, es desconocida. Sabemos que lo conocido nos ocasiona sufrimiento pero no estamos dispuestos a renunciar a ello. Todo esto genera en nosotros una cierta contradicción. Porque nos es imposible dejar de desear y también es imposible poseer infinitamente y para siempre todo lo que deseo. No somos omnipotentes, ninguno de nosotros puede ni podrá jamás tener todo lo que desea”.

Cuando no tenemos a alguien presente, lo seguimos llevando dentro, vive en nuestro corazón. No es el tener y el perder lo que nos hace felices o infelices, pues son parte de la vida, sino la actitud que tenemos ante la vida, eso es lo que puede o no hacer que nuestra vida sea considerada feliz.

Sigue Bucay: “Vivir esos cambios es animarnos a permitir que las cosas dejen de ser para que den lugar a otras cosas nuevas. Elaborar un duelo es aprender a soltar lo anterior. Sin embargo, si tengo miedo de las cosas que vienen y me agarro de las cosas que hay, si me quedo centrado en las cosas que tengo porque no me animo a vivir lo que sigue, si creo que no voy a soportar el dolor que significa que esto se vaya, si voy a aferrarme a todo lo anterior... Entonces no podré conocer, ni disfrutar, ni vivir lo que sigue”. Claro que cuando uno pierde cosas que quiere, siente que le duele y a veces sufre mucho por lo que no está. “El peligro está en que me aferre a personas o cosas del pasado, de mi infancia, que yo me quedara pensando en lo lindo que fue ser niño, o que me quedara aferrado a la época cuando era un bebé y mi mamá me daba la teta y se ocupaba de mí y yo no tenía nada que hacer más de lo que tuviera ganas, o me quedara aferrado, dentro del útero de mi mamá, pensando que este estado supuestamente es ideal.

”Imagínate que me quedara en cualquier etapa anterior a mi vida, que decidiera no seguir adelante. Imagínate que decidiera que algunos momentos del pasado han sido tan buenos, algunos vínculos han sido tan gratificantes, algunas personas han sido tan importantes, que no los quiero perder y me agarro como a una soga salvadora de estos lugares que ya no estoy.

”Esto no serviría, esto no sería bueno para mí ni para nadie.

”Seguramente moriría allí, paralizado. Y sin embargo, dejar cada uno de estos lugares fue doloroso, dejar mi infancia fue doloroso, dejar de ser el bebé de los primeros días fue doloroso, dejar el útero fue doloroso, dejar nuestra adolescencia fue doloroso. Todas estas vivencias implicaron una pérdida, pero gracias a haber perdido algunas cosas hemos ganado algunas otras. Puedo poner el acento en esto diciendo que no hay una ganancia importante que no implique de alguna forma una renuncia, un costo emocional, una pérdida. Esta es la verdad que se descubre al final del camino de las lágrimas: Que los duelos son imprescindibles para nuestro proceso de crecimiento personal, que las pérdidas son necesarias para nuestra maduración y que ésta a su vez nos ayuda a recorrer el camino: madurar es aprender a soltar; aprender a soltar es madurar. En la medida en que yo aprenda a soltar, más fácil va a ser que el crecimiento se produzca; cuanto más haya crecido menor será el desgarro ante lo perdido; cuanto menos me desgarre por aquello que se fue, mejor voy a poder recorrer el camino que sigue. Madurando seguramente descubra que por propia decisión dejo algo dolorosamente para dar lugar a lo nuevo que deseo”.

-Gran maestro -dijo el discípulo-, he venido desde muy lejos para aprender de ti. Durante muchos años he estudiado con todos los iluminados y gurús del país y del mundo y todos han dejado mucha sabiduría en mí. Ahora creo que tú eres el único que puede completar mi búsqueda. Enséñame, maestro, todo lo que me falta saber. Badwin el sabio le dijo que tendría mucho gusto en mostrarle todo lo que sabía pero que antes de empezar quería invitarlo con un té. El discípulo se sentó junto al maestro mientras él se acercaba a una pequeña mesita y tomaba de ella una taza llena de té y una tetera de cobre. El maestro alcanzó la taza al alumno y cuando éste la tuvo en sus manos empezó a servir más té en la taza que no tardó en resbalarse. El alumno con la taza entre las manos intentó advertir al anfitrión: -“¡Maestro,... maestro!” Badwin como si no entendiera el reclamo siguió vertiendo té, que después de llenar la taza y el plato empezó a caer sobre la alfombra. –“¡Maestro –gritó ahora el alumno-, deja ya de echar té en mi taza! ¿No puedes ver que ya está llena?” Badwin dejó de echar té y le dijo al discípulo: -“Hasta que no seas capaz de vaciar tu taza no podrás poner más té en ella. Hay que vaciarse para poder llenarse. Una taza, dice Krishnamurti, sólo sirve cuando está vacía. No sirve una taza llena, no hay nada que se pueda agregar en ella. Manteniendo la taza siempre llena ni siquiera puedo dar, porque dar significa haber aprendido a vaciar la taza”.

¿Qué es vaciarme? Tengo que aprender a mostrarme vulnerable, a admitir aquel vacío, que todo ha cambiado, que ya no está. “Voy a tener que deshacerme del contenido de la taza para poder llenarla otra vez. Mi vida se enriquece cada vez que yo lleno la taza, pero también se enriquece cada vez que la vacío... porque cada vez que yo vacío mi taza estoy abriendo la posibilidad de llenarla de nuevo.

Toda la historia de mi relación con mi crecimiento y con el mundo es la historia de este ciclo de la experiencia del que ya hablamos. Entrar y salir. Llenarse y vaciarse. Tomar y dejar.

Vivir estos duelos para mi propio crecimiento. Aunque no siempre el proceso sea fácil, aunque no siempre esté exento de daño…”

Del mismo modo, cuanto mayor sea el apego que siento a lo que estoy dejando atrás, cuanto más poderoso sea el pegamento, mayor será el daño que se produzca a la hora de la separación, a la hora de la pérdida…. Por eso, queda limitado el ejemplo anterior de los orientales, de Buda, de Di Mello… Si uno no ama no sufre. Porque el que ama se arriesga a sufrir.

“Nadie crece desde otro lugar que no sea haber pasado por un dolor asociado a una frustración, a una pérdida. Nadie crece sin tener conciencia de algo que ya no es”.

Sobre todo, ese soltar amarras, es un dejarse llevar por la confianza con Dios, no aferrarnos a los proyectos demasiado elaborados, dejar que la mano de Dios los rehaga, como el alfarero hace de nuevo el jarrón con el barro fresco… Él sabe más, Él nos lleva a todos, nos dice como a Pedro: “sígueme”. Aquello que perdemos ahora, nos lo dará con creces, 100 veces más.

Madurar siempre implica dejar atrás algo perdido, aunque sea un espacio imaginario. Elaborar un duelo es abandonar uno de esos espacios anteriores (internos o externos), siempre más seguros, más protegidos, previsibles. Dejarlos para ir a lo diferente. Pasar de lo conocido a lo desconocido. Esto, irremediablemente, nos obliga a crecer. Que yo sepa que puedo soportar los duelos, y sepa que puedo salirme, si lo decido, me permite quedarme haciendo lo que hago, si esa es mi decisión.

 

Hay momentos de crisis en que nos parece que ha llegado el final, que nada vale la pena. Caen por el suelo las concepciones religiosas, como le pasó a Abraham (o a los pueblos de América con la conquista de España). En el caso de Abraham, nos han explicado que Dios le pedía que matara a su hijo. A unos padres cuesta entender a un Dios así, cuando en realidad, ahí Dios puso fin a los sacrificios humanos. Aunque la Biblia lo explica de otra manera, según lo que le pasaba por la cabeza a Abraham o a quien escribiera. Así, nosotros vemos la realidad según lo que nos pasa por la cabeza, pero la realidad decimos que es más compleja y en realidad es más completa, nunca la vemos por entero… ¿Qué quiero decir? Un comentario que hace Juan Pablo II me ayudará: “Así pues, estamos llamados a colaborar con Dios, mediante una actitud de gran confianza. Jesús nos enseña a pedir al Padre celestial el pan de cada día (cf Mt 6,11; Lc 11,3). Si lo recibimos con gratitud, espontáneamente recordaremos también que nada nos pertenece, y debemos estar dispuestos a donarlo: «A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames» (Lc 6, 30).

”La certeza del amor de Dios nos lleva a confiar en su providencia paterna incluso en los momentos más difíciles de la existencia. Santa Teresa de Jesús expresa admirablemente esta plena confianza en Dios Padre providente, incluso en medio de las adversidades: «Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta» (Poesías, 30).

”La Escritura nos brinda un ejemplo elocuente de confianza total en Dios cuando narra que Abraham había tomado la decisión de sacrificar a su hijo Isaac. En realidad, Dios no quería la muerte del hijo, sino la fe del padre. Y Abraham la demuestra plenamente, dado que, cuando Isaac le pregunta dónde está el cordero para el holocausto, se atreve a responderle: «Dios proveerá» (Gn 22, 8). E, inmediatamente después, experimentará precisamente la benévola providencia de Dios, que salva al niño y premia su fe, colmándolo de bendición.

”Por consiguiente, es preciso interpretar esos textos a la luz de toda la revelación, que alcanza su plenitud en Jesucristo. Él nos enseña a poner en Dios una inmensa confianza, incluso en los momentos más difíciles. Jesús clavado en la cruz, se abandona totalmente al Padre: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46). Con esta actitud, eleva a un nivel sublime lo que Job había sintetizado en las conocidas palabras: «El Señor me lo dio; el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor» (Jb 1, 21). Incluso lo que, desde un punto de vista humano, es una desgracia puede entrar en el gran proyecto de amor infinito con el que el Padre provee a nuestra salvación”.

 

Hace poco leí un resumen, no sé donde, y que lo tomo prestado, lo anoto aquí seguido:

 

Nuestra vida forma parte de un plan divino, dentro del cual misteriosamente, aunque no lo entendamos, tiene un lugar el sufrimiento. Si primero aprendemos que “no hay mal que por bien no venga” representa una gran oportunidad para que demos frutos y lleguemos al cielo prometido.

-Nuestra vida forma parte de un plan divino... "Lo que no estaba en mis proyectos se encontraba en los proyectos de Dios. Y cuanto más a menudo se me presentan tales acontecimientos, tanto más viva se hace en mí la convicción de fe de que no existe el azar -visto de la parte de Dios-, que toda mi vida, hasta en sus menores detalles, está prevista en el plan de la providencia divina y que ella es, ante los ojos de Dios que lo ve todo, una coherencia inteligible perfecta" (Edith Stein). Esta filósofa alemana, monja carmelita y mártir, murió en Auschwitz, y tiene una gran riqueza interior sobre la “ciencia de la cruz” como se titula una de sus principales obras.

 

"¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados" (Mateo 10,29).

 

"Decid a aquellos que se escandalizan y se rebelan de lo que les pasa: todo procede del Amor, todo es dispuesto para la salvación del hombre. Dios todo lo hace con este objetivo" (Santa Catalina de Siena).

 

"...Colaboradores a menudo inconscientes de la voluntad divina, los hombres pueden entrar deliberadamente en el plan divino, con la actividad, con la oración y también con el sufrimiento" (Catecismo, 307).

 

"El fuego limpia el oro de su escoria, haciéndolo más auténtico y más preciado. Igual hace Dios con el siervo bueno que espera y se mantiene constante en la tribulación" (San Jerónimo Emiliano).

 

"La principal razón de la creación no fue que el hombre pudiera amar a Dios, aunque también fue creado para amarlo, sino que Dios pudiera amar al hombre, que pudiéramos convertirnos en objetos en los que el amor divino pudiera "complacerse". Pedir que el amor de Dios se contente con nosotros tal como somos significa pedir que Dios deje de ser Dios. Habida cuenta de que Dios es el que es, su amor tiene que ser dificultado y rechazado por ciertas manchas de nuestro actual carácter por imperativo de la naturaleza misma de las cosas. Y como Él nos ama previamente, tiene que afanarse por hacer de nosotros seres dignos de ser amados" (Clive S. Lewis, en "El problema del dolor").

-Lo siguiente que hemos citado era ver que dentro del plan de Dios se encuentra el sufrimiento.

"¿Cómo estás? ¿Aun te tiendes sobre tu espalda? ¿Cuánto tiempo tendrás que seguir así? ¡Como te debe de amar el Señor para darte tanta porción de su sufrimiento! Debes de ser feliz, porque eres su elegida"

"Siento escuchar que el ruido en tu oído aun persiste, te mantiene despierta toda la noche y que los calmantes no te alivian. Así es como el Señor trata a sus amigos. Siento que la operación de tus dientes y mandíbulas no hayan tenido éxito y que te hayas tenido que operar de nuevo... Pediré al Señor que no colme sus regalos en tan rápida sucesión, ya que necesitas un descanso" (Madre Teresa de Calcuta. Fragmentos de dos cartas dirigidas a Jacqueline de Decker).

 

“El Señor me ha admitido al misterio de la vergüenza; es más, a esta hermana le ha concedido el privilegio de comprender, totalmente, la fuerza diabólica del mal...  Me iré con mi hijo. No sé donde, pero Dios, que de repente ha roto mi mayor alegría, me indicará el camino que habré de seguir para cumplir su voluntad”. (Lucy Vetruse. Novicia, violada por los serbios junto con otras dos hermanas religiosas. Testimonio publicado en "Cataluña cristiana" que se hacía eco de "Alfa y Omega").

"No quiero sufrir por sufrir, ni sufrir con resignación. Quiero que mi dolor sea esperanzado y no de sabor estoico. Yo me resigno al dolor porque sé que Dios me ama y cuando ahora me da esta misión es porque sabe que puedo cumplirla. Esto me llena de orgullo, pues Dios confía en mí. Espero no defraudarle." (Anónimo. Un salesiano).

"Nada nos puede pasar que Dios no haya querido. Todo aquello que Él quiere, por malo que nos pueda parecer es, no obstante, lo que hay de mejor para nosotros" (Santo Tomás Moro. Pronunció estas palabras, consolando a su hija, poco antes de su propio martirio).

"Os quiero exponer o recordar qué es su voluntad. No os pensaseis que quiera darnos riquezas, placeres, honores, ni todos los otros bienes de la tierra. Os quiere demasiado para daros eso, y, en cambio, aprecia mucho lo que vosotras le podéis dar: ved aquí, pues, porque os quiere recompensar dignamente y os da su Reino, incluso ya desde ahora en esta vida. ¿Queréis saber como se comporta con aquellos que le piden de todo corazón que cumpla en ellos su voluntad? Pedídselo a su Hijo glorioso, que también le dirigió esta misma súplica en el huerto. Él le rezó con la firme resolución de cumplir su voluntad, y rezó con todo su corazón. Y mirad como su Padre la realizó su voluntad: entregándolo a toda clase de trabajos, dolores, injurias y persecuciones, para dejarlo, finalmente, morir sobre una cruz.

Viendo, hijas mías, qué dio a quien más amaba, podéis entender cual es su voluntad. Estos son los dones que nos hace en este mundo. Los mide según el amor que nos tiene. Da más a quien más quiere y menos a quien quiere menos, según el coraje que descubre en cada uno de nosotros y el amor que le tenemos. Aquel que le quiere mucho, ve que puede sufrir mucho por Él; pero verá que puede sufrir poco aquel que le quiere poco. Y yo estoy persuadida de que la fuerza de soportar una gran cruz o una de más pequeña tiene por medida la misma del amor" (Santa Teresa de Ávila).

"No hay que mirar de donde vienen las cruces. Siempre vienen de Dios. Ya sea un padre, una madre, un esposo, un hermano, el rector o el vicario, es Dios quien nos brinda el medio de probarle nuestro amor."

"La cruz es el regalo que Dios hace a sus amigos" (San Juan María Bautista Vianney, "El Cura de Ars").

"No existen errores, ni coincidencias. Todos los acontecimientos son bendiciones que se nos dan para que podamos aprender." (Elisabeth Kübler-Ross).

"Los árboles que crecen en lugares sombreados y libres de vientos, mientras que externamente se desarrollan con aspecto próspero se hacen blandos y fangosos; sin embargo, los árboles que viven en las cumbres, agitados por muchos vientos y constantemente expuestos a la intemperie, golpeados por fortísimas tempestades y cubiertos de frecuentes nieves, se hacen más robustos que el hierro" (San Juan Crisóstomo).

"En la infancia de la vida espiritual, cuando comenzamos a dejarnos guiar por la mano de Dios, se percibe con fuerza e intensidad la mano que dirige: se ve con claridad qué es lo que hay que hacer u omitir, pero esto no dura siempre. Quien pertenece a Cristo tiene que vivir toda la vida de Cristo. Tiene que alcanzar la madurez de Cristo y recorrer el camino de la Cruz, hasta Getsemaní y el Gólgota" (Edith Stein).

 

"Dios no ama como nosotros quisiéramos que amara cuando proyectamos en Él nuestros sueños. De esa forma, sólo nos ahorraría el sufrimiento al precio de un paternalismo por el que dejaría de ser el Amor" (François Varillon, de "La humildad de Dios").

 

"No es el camino que es difícil, es lo difícil que es camino" (San Juan Crisóstomo).

"Hemos de aprender a afrontar los sufrimientos, porque la mayor parte de los sufrimientos proviene de huir de ellos" (Anónimo).

"Si un día el dolor llama a tu casa, no grites, no cierres puertas y ventanas, más bien ábreselas. No digas que se ha equivocado de puerta, que no ha llegado aun tu hora y que tenía que haber ido a casa del vecino. Ábrele la puerta para que entre. Dale el lugar de honor. Siéntate a su lado. Ofrécele el sitial para el huésped esperado. Y, sobre todo, no te lamentes: tu voz te privaría de oír su palabra, si es que tiene algo para revelarte enseguida. Estate atento, porque al lado del dolor siempre está el ángel invisible y mudo que, en un momento determinado, se te aparecerá para hacerte señal de inclinar la cabeza" (Un ciego, a los diez años de serlo. Recogido por J. M. Alimbau, "Palabras para la vida").

"Era una de las últimas noches de su estancia en este mundo. Estábamos en el hospital Ramón y Cajal. José Luis había pasado una noche que se podría calificar de espantosa, pero sin quejarse. Yo estaba sentada a su lado. De pronto le oigo decir: `Qué noche tan feliz si tú hubieras podido dormir. Me quedé sin palabras y tardé en reaccionar. ¿Qué has dicho José Luis? Y él, repitió exactamente la misma frase: `Qué noche tan feliz si tu hubieras podido dormir.´

No necesito deciros lo que yo sentí ni explicar dónde está la "cara" y donde está la "cruz" de aquella noche. La cruz para él fue que yo no durmiera; la cruz para mí fue verle sufrir. La cara para él fue el don que Dios le concedía de una inmensa paz en el dolor. La cara para mí sigue siendo, sin dudarlo, haber podido estar aquella noche a su lado y recibir la lección del amor que no se deja vencer por el dolor" (Ángeles Martín Descalzo,  "Buenas noticias", sobre la muerte de su hermano José Luis).

"Jesús, pasando, vio a un hombre que era ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: - Rabí, ¿Quién pecó para que naciera ciego: él o sus padres?

Jesús respondió: - No ha sido por ningún pecado, ni de él ni de sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios..." (Juan 9,1-3).

-Sobre el siguiente apartado, lo de que las dificultades son oportunidades...

"Cuando Dios borra es que va a escribir algo" (Jacques Benigna Bossuet).

"La desgracia abre las almas a una luz que la prosperidad no sabe distinguir" (Lacordaire).

"Ha llegado el dolor... vendrá también la paz; ha llegado la tribulación... vendrá también la purificación. El oro no brilla en el crisol sino en la joya" (San Agustín).

"No soy ninguna santa y como cualquier persona tengo también momentos de debilidad. Además, creo que ni siquiera a un santo se le exige que renuncie a todas sus aspiraciones, a todas sus esperanzas y a todas las alegrías de la vida. Por el contrario, estamos en la tierra para vivir, y hay que acoger con agradecimiento todo lo bello que nos ofrece la existencia. Sencillamente, es preciso no ceder a la desesperación cuando las cosas se presentan de manera diferente de como las habíamos imaginado. Hay que pensar en lo que queda, pues, a fin de cuentas, estamos aquí sólo de visita y todo lo que hoy experimentamos con tanto dolor se revelará al final como una realidad mucho menos importante de lo que se había creído, o bien habrá tenido una significación muy distinta de la que hoy percibimos nosotros" (santa Edith Stein).

"Jesús cuenta y recoge las espinas de tu camino para cambiarlas y transformarlas en piedras preciosas con las que algún día te coronará en el cielo. ¿Qué importa sufrir en el exilio unos años para merecer una eterna felicidad?" (Santa Teresa de los Andes, carta a su padre).

"Hay muchos bienes que no existirían sin los males; la paciencia de los justos, por ejemplo, no existiría sin la malignidad de los perseguidores..." (Santo Tomás de Aquino, "Suma contra gentiles").

"Sufrir es descender a una mina. Saber sufrir es extraer una gema de incalculable valor" (N. Salvaneschi).

Cuenta Anthony de Mello: vi en la calle a una niña aterida de frío, mal vestida y con pocas posibilidades de salir adelante: "Me enfadé y dije a Dios: ¿Porque permites estas cosas? ¿Por qué no haces nada para solucionarlo? Durante todo el día Dios no dijo nada. Pero llegada la noche, de repente, Dios me respondió: Ciertamente, que he hecho algo. Te he hecho a ti" (Anthony de Mello).

"Aprovecha tu enfermedad para cambiar tu manera de vivir, y descubrirás que ella, más allá del síntoma y del dolor, es una oportunidad" (María Prieto).

"Escogí, como protagonista de una novela, a una mujer con una experiencia muy limitada y muy convencional. La mujer decía `Tuve unos padres maravillosos, una infancia feliz, un matrimonio perfecto, unos hijos adorables y dinero suficiente para comprar lo que quisiera. Lo tenía todo. Apenas había sufrido. Un día su marido murió de repente. Y entonces se convirtió en un ser humano" (Doris Lessing).

Contaba Frankl que no eran los más fuertes los que superaron Auschwitz, sino los que tenían un motivo y una esperanza: mujer, hijos, tarea… sabían que si algo no les aniquilaba, les fortalecía, que si no podían esperar nada de la vida, había que ver lo que la vida esperaba de ellos, y después del infierno, queda el fruto: “la vivencia del hombre que regresa al hogar es coronada por la inefable sensación de que, después de todo lo que sufrió, ya no precisa temer a nada en este mundo, excepto a Dios” (Frankl).

Lo mismo asciende a uno y hunde a otro, gloria y ruina, santidad o desesperación, abandono en Dios o incredulidad, misterio o absurdo, ventana hacia la trascendencia o instrospección morbosa. Como dice Ionesco: “la tristeza humana, del dolor de vivir, del miedo a morir… de nuestra sed de lo absoluto”

 

“Nadie fue ayer, / ni va hoy, / ni irá mañana / hacia Dios / por este mismo camino / que yo voy; / para cada hombre guarda / un rayo nuevo de luz el sol… / y un camino virgen Dios…

Desde que salí del infierno / y soy amigo de los ángeles / hablo de otra manera. / Esto me enseña / que me voy a morir pronto / y que estoy aprendiendo / como se debe hablar con Dios”…

 

Uno a quien se le murió su hermano, se decía: “cuando me cuesta alguna cosa, lo hago por mí... y por él”. En la película “El Rey león”, cuando el hijo le pregunta al rey padre si estarán siempre juntos, el padre le dice: “allá en las estrellas están los reyes que nos miran... cuando yo esté allí estaré mirándote, no te dejaré...” Hay gente que no piensa, que como en la “Montaña mágica” de Thomas Mann no tiene recursos para pensar en la muerte.

 

Last modified: Sunday, 20 March 2011, 11:30 pm