4. LA ALIANZA DE DIOS CON EL HOMBRE

4. LA ALIANZA DE DIOS CON EL HOMBRE

4. LA ALIANZA DE DIOS CON EL HOMBRE
Es la historia de una Alianza, en la cual Dios se revela, muestra su economía de la salvación. No se rompe aunque los hombres no sean fieles, pues Dios fiel, esta es la base de todo… ahí se revela quién es Dios, quién es el hombre y sus relaciones, y ahí puede basarse el ser del hombre, su vocación a la vida, y también la familia, el matrimonio, el amor humano...
La Alianza es una categoría religiosa y antropológica fundamental. El hombre está hecho para la Alianza, es su vocación más íntima, aunque no puede conocerla ni puede vivirla plenamente sin la ayuda divina. Es un pacto, compromiso mutuo, de fidelidad y honrarse (Jos 24,16-24), y los libros históricos narran esta alianza y los profetas la interpretan así. Las Alianzas con Dios tienen algo de sacramental porque tienen un significado y una cierta eficacia universal, no queda encerrado en los límites de un hecho histórico pasado. La Alianza con Dios es la forma que Dios quiere hacer para relacionarse con cada uno de hombres. La Alianza expresa la relación personal del hombre con Dios. En toda alianza se da un intercambio y, donde hay un intercambio también hay unas obligaciones.
El cristianismo no solo es una doctrina y una práctica, sino que trae consigo una historia de relación personal con Dios. Es una historia en la que se ha dado unas rupturas a esa relación a consecuencia del pecado. La Alianza por ser un vínculo peculiar con Dios hace las rupturas sean más graves. Todo deterioro de la Alianza con Dios lleva consigo una deterioro de la Alianza con los hombres y viceversa.
• La esperanza en las promesas y la fidelidad de Dios
Las promesas divinas son 4: asistencia en la necesidad, constitución de un pueblo, obtención de una tierra prometida, bendición para todas las naciones (Lorda 1,1b). Dios es fiel porque ama, cumple, funda la esperanza en un cumplimiento definitivo por encima de los avatares y males de la historia… poco a poco se revela el fin trascendente al que se dirigen. Llamados a la paz
Vivimos en un mundo de exigencias y prisas, entre miedos y estrés, con falta de interioridad y tiempo para gozar ese momento presente, y contemplar con paz el don del “aquí y ahora”. A veces nos quedamos como apenados por una ocasión perdida, tenemos la tentación de mirar atrás con la pena de no haberlo sabido hacerlo mejor. Acabo de leer "Llamados a la vida", de Jacques Philippe, donde habla de que el mayor don que tenemos es precisamente la vida, donde recibimos siempre una llamada de Dios, que es continua. Podríamos decir que nuestra vida no tiene un plan único que si se pierde nada vale la pena, sino que siempre hay un "plan B", la vida no es un tren que se puede perder sino que siempre pasa un tren a los 5 minutos siguientes, aunque a veces sea un plan de viaje distinto, pero sirve igualmente. Es una pena ver cómo alguno se siente engañado, con un sentimiento de impotencia, como que si no ha llegado a una cierta “talla” para una competición, ya no hay nada que hacer, pues la idea es equivocada por partida doble: ni la santidad depende de marcas de record de nuestros esfuerzos, ni la falta de éxito nos convierte en derrotados, lo que nos llevaría al desánimo y tristeza que es fuente de todos los vicios: "sin llamada, el hombre quedaría encerrado en su pecado... por orgullo, el hombre se niega a recibir la vida y la felicidad de manos del Padre en medio de una dependencia confiada y amorosa. Pretende ser su propia fuente de la vida (y a veces su propia satisfacción). Como consecuencia surgen numerosas sospechas, temores e inquietudes, así como una exacerbación de la concupiscencia. Al no esperar ya de Dios la felicidad a la que aspira, y queriendo obtenerla por sí mismo, el hombre pecador tiende a apropiarse ávidamente de todo un conjunto de bienes que considera capaces de colmarle: la riqueza, el placer, el reconocimiento, etc." 
Lo dijo bien claro Jesús: “¡No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores!" Esta frase manifiesta la infinita misericordia de Dios, que llama al hombre no en virtud de sus méritos, sino por pura bondad, y que no desea que se quede prisionero de su pasado; siempre quiere proponerle un futuro, cualesquiera que sean sus equivocaciones. Pero “este texto tiene también por objeto hacer comprender que el medio más eficaz para salir del pecado y de la miseria, no es el de culpabilizarnos o afligirnos: es el de abrirnos a las llamadas que Dios no deja de dirigirnos hoy, cualquiera que sea nuestra situación... sin esas llamadas, el hombre permanecería encerrado en los límites de su psiquismo, de sus imaginaciones, de sus impulsos y de sus fantasmas... entre la representación psíquica que hacemos de la realidad, y lo que esta realidad es en su verdad y en su belleza profunda, puede haber una importante distorsión. No es lo real lo que nos aprisiona, son nuestras representaciones. Así mismo, la interpretación y el peso de nuestras emociones no siempre están en proporción con la realidad de las cosas. Unas realidades de importancia capital pueden dejarnos emocionalmente indiferentes, mientras que cosas de escasa importancia tienen en ocasiones una desmesurada resonancia afectiva en nosotros”, y así la imagen que tenemos de la felicidad, “la representación psíquica de lo que creemos capaz de hacernos felices, no suele tener más que una lejana relación con la felicidad efectiva, y realmente no puede colmarnos” las cosas que pensamos ahora “tienen una parte de verdad, y eso hay que tomarlo en cuenta, pero son limitadas y a veces engañosas. Han de convertirse permanentemente para abrirse a la riqueza de lo real que Dios nos propone, que es más vasto y más fecundo que cualquier elaboración psíquica”. Tendemos a sugestionarnos por la última cosa que nos ha influenciado pero no es la más importante, necesitamos un tiempo para situarla en el contexto de lo real, y “esta apertura a la auténtica realidad no se produce sin dolores ni renuncias, sin luchas ni agonías. Es trabajo que se ha de reemprender siempre, y jamás acaba aquí abajo, pero que permite acceder a una vida cada vez más rica y abundante". Además, nos abre a una esperanza de que lo mejor siempre está por llegar… 
• Etapas históricas de la Alianza con Dios
1. Alianza con Adán: 
Adán representa a toda la humanidad y es puesto al frente de toda la creación, la cual domina. La ruptura de esta Alianza es una ruptura cósmica, es un deterioro que afecta a todo: a la relación con Dios, con los demás, con la naturaleza y consigo mismo. El pecado de Adán aparta al hombre de Dios y comienza la cadena de las rupturas humanas.
2. Alianza con Noé: es como un nuevo Adán. Se proponen recomendar de nuevo después del diluvio.
3. Alianza con Abraham: es un signo de anticipación y preparación de lo que quiere hacer con toda la humanidad. Hay una elección por parte de Dios. Abraham se compromete con tributarle culto a Dios y Dios le promete una numerosa descendencia (Fecundidad) y una Tierra (Dominio). El pacto es con una “etnia”, y queda marcado con un signo carnal: la circuncisión.
4. Alianza con Moisés: Después de una historia de penalidades y pecados, Dios elige de nuevo a un hombre, a Moisés, como instrumento para la renovación de la Alianza. Esta renovación es interiorizada y profundizada, con Moisés se constituye Israel como pueblo de Yahvé, antes solo eran un grupo. Se les da una Ley y tienen unos sacerdotes. Yahvé le promete su protección y darles una Tierra.
5. Infidelidad a la Alianza: Dios vela su protección paternal por la infidelidad del Pueblo. Se les recuerda, con los profetas, la esclavitud de Egipto y se les anuncia una Nueva y definitiva Alianza, que tendrá de contexto la Antigua Alianza. Esta nueva Alianza tendrá características universales (ya no carnal, sino espiritual). El Mesías sustituye a Moisés (la nueva ley), a David (será un rey eterno) y será un nuevo sacerdote (secundum ordinem Melquisedec): Profeta, Rey, Sacerdote. La tierra prometida es el cielo.
Todo esto se vierte en profecías: Jer. 24, 7; Jer. 31,27-34 (Una Alianza nueva, pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones las escribiré, y será su Dios y ellos su pueblo); Jer. 32,37-41; Ez. 16,60 (una Alianza eterna); Ez. 36, 24-27; Ez. 39,29; Ez. 37,21; Ez. 11,9; Ez. 16, 59-62; Is. 35,5; Is. 61,1; Is. 40, etc.
Se destaca que se cambiará el corazón con un espíritu nuevo (el Espíritu Santo) y el Mesías, el ungido, será el prototipo, el paradigma, el ejemplo. 
1. Adviento: venida del Señor. Adviento no significa “espera”, sino que es la traducción de la palabra griega “parusía”, que significa “presencia”, o mejor dicho, “llegada”, es decir “presencia comenzada” y se usaba en la a la llegada de un rey importante o señor en la antigüedad, y ya hemos visto que Jesús está ya presente, de una manera oculta, pero no de una manera total, sino que está en proceso de maduración, “y somos nosotros, los creyentes, quienes, por su voluntad, hemos de hacerlo presente en el mundo. Es por medio de nuestra fe, esperanza y amor como Él quiere hacer brillar la luz continuamente en la noche del mundo. De modo que las luces que encendamos en las noches oscuras de este invierno serán a la vez consuelo y advertencia: certeza consoladora de que ‘la luz del mundo’ se ha encendido ya en la noche oscura de Belén y ha cambiado la noche del pecado humano en la noche santa del perdón divino; por otra parte, la conciencia de que esta luz solamente puede –y solamente quiere- seguir brillando si es sostenida por aquellos que, por ser cristianos, continúan a través de los tiempos la obra de Cristo. La luz de Cristo quiere iluminar la noche del mundo a través de la luz que somos nosotros; su presencia ya iniciada ha de seguir creciendo por medio de nosotros… debemos recordar que el inicio que se produjo en Belén ha de ser en nosotros inicio permanente, que aquella noche santa es nuevamente un ‘hoy’ cada vez que un hombre permite que la luz del bien haga desaparecer en él las tinieblas del egoísmo… el Niño-Dios nace allí donde se obra por inspiración del amor del Señor, donde se hace algo más que intercambiar regalos.
Adviento significa presencia de Dios ya comenzada, pero también tan sólo comenzada. Esto implica que el cristiano no mira solamente a lo que ya ha sido y ya ha pasado, sino también a lo que está por venir. En medio de todas las desgracias del mundo tiene la certeza de que la simiente de luz sigue creciendo oculta, hasta que un día el bien triunfará definitivamente y todo le estará sometido: el día que Cristo vuelva. Sabe que la presencia de Dios, que acaba de comenzar, será un día de presencia total. Y esta certeza le hace libre, le presta un apoyo definitivo” (Ratzinger).
Jeremías (33,14-16) en la lectura que recoge el primer domingo proclama el oráculo del Señor: “suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra. En aquellos días se salvará Judá, y en Jerusalén vivirán tranquilos, y la llamarán así: "Señor-nuestra-justicia"”: «levantaos, alzad la cabeza»: Un nuevo adviento llama a nuestra puerta, / un adviento que es portada / de un año surcado de recuerdos. // Adviento de un hombre que busca; / que ha desencantado muchas cosas, / pero que se siente internamente vacío; / que ha anunciado la muerte de Dios, / para crear nuevos dioses de mentira; / que se embota con objetos de oropel / y ha perdido el sabor de lo sencillo... 
Adviento de un Dios que nos busca / y sale siempre a nuestro encuentro; / que sigue creyendo en los hombres / a pesar de nuestros olvidos y rechazos; / que hace nacer nuevas esperanzas / de nuestras cenizas y desilusiones; / que siempre empuja a los hombres / a crear justicia y derecho en la tierra.
En un nuevo adviento más, / cargado de recuerdos y memorias, / Dios llama a nuestro corazón: / «Levantaos, alzad la cabeza»; / no oteéis mares desconocidos; / mirad a vuestro interior; / allí hay una riqueza mayor / que la que cargaban las naves de Indias.
«Estad siempre despiertos»; / porque hay una brújula y una estela / que lleva a puertos de esperanza / a pesar de nuestras quiebras y naufragios. / «Se acerca vuestra liberación»: / no buscada con espadas y corazas, / sino con una cruz salvadora / que hermana a hombres de toda raza.
Adviento que nos dice quedamente: / «Levantaos, alzad la cabeza», / Dios sigue creyendo en el hombre; / el hombre puede navegar hacia Dios. / Timonel: endereza tu rumbo. / Alza la cabeza... / Alza el corazón... (Javier Gafo).
El "Libro de la Consolación" del profeta es un mosaico de oráculos que hablan de la salvación del pueblo: el yugo opresor es roto, la herida enconada es curada..., y además de épocas muy diversas. Nos habla de la restauración de Judá y de Jerusalén. El texto responde a una situación de profunda depresión del sentimiento nacional y religioso, tal y como fue la de los años 520 al 444, según la describen otros textos bíblicos de la época (cf Mal 3,14s). Después del destierro y antes de la reconstrucción de Jerusalén, el pueblo necesita ser alentado en sus esperanzas y, después del fracaso de la monarquía, el pueblo pondría su confianza en el rey que aún tenía que venir, en el rey ideal que le había sido prometido, en el Mesías que había de nacer de la estirpe de David. En el contexto literario del libro de Jeremías, concretamente en el capítulo 33, el presente texto viene a confirmar la fe en la promesa anunciada anteriormente sobre el "vástago de David" (23,5s), promesa que arranca de la profecía de Natán (2 Sam 7) y cuyo sentido se aclara a partir de Isaias (4,2).
Aquí se cita el "oráculo del Señor del capítulo 23, 5s y se ratifica la misma promesa; pero se cambia un poco su sentido y se destaca la distancia que media hasta su cumplimiento. No va a suceder inmediatamente, en los días venideros, sino en "aquellos días y en aquella hora". Por otra parte, el sentido originario referente a un Mesías personal se debilita: el "vástago de David" no parece ser ya directamente un "rey prudente" (como en 23,5), sino toda una descendencia o todo un pueblo, por cuya razón se dará el nombre de "Señor-nuestra-justicia" a toda Jerusalén y aun a toda Judá y no a un solo personaje (como en 23,6). Sin embargo, debemos advertir que el sentido individual y el colectivo son correlativos, como lo son las realidades significadas: el rey y el reino davídico, el Mesías y el reinado de Dios. No puede haber un Mesías sin un pueblo mesiánico (“Eucaristía 1982”).
Busca en la fe tu respuesta. El Mesías-Dios-justicia no sólo vino, sino que se quedó con nosotros. Pero su presencia es dinámica y con tensión escatológica. Vino, pero aún tiene que venir. Está, pero no del todo. Actúa, pero se vale de nosotros. No reparte frutos, sino semillas. Crece a la manera del fermento, pero deja crecer también a la cizaña. Por todo ello conviene celebrar el Adviento (“Caritas”). 
El Salmo (24) reza: “A ti, Señor, levanto mi alma”. Todo el salmo oscila entre dos polos: lo que ha hecho o lo que hace el Señor, y lo que ha hecho o hace el salmista. Dios es presentado como el que indica el camino justo a seguir: “Hace caminar a los humildes con rectitud, / enseña su camino a los humildes. / Las sendas del Señor son misericordia y lealtad, / para los que guardan su alianza y sus mandatos” (v 9-10). Incluso quien se ha equivocado no es abandonado a sí mismo: “El Señor es bueno y es recto, / y enseña el camino a los pecadores” (v 8). Basta con tender hacia el bien, no a lo que nos gusta y es cómodo, para que él siempre esté allí, dispuesto a señalar el camino que hay que recorrer: “¿Hay alguien que tema al Señor? / El le enseñará el camino escogido” (v 12). Pero «temer» al Señor no quiere decir echarse a temblar ante él, estar aterrorizados por este amo supremo. El temor desemboca en el don de su amistad: “El Señor se confía con sus fieles / y les da a conocer su alianza” (v 14).
Y aquí brota espontáneamente la referencia a las palabras de Cristo; «Ya no os llamo criados, porque el criado no sabe qué hace su señor: a vosotros os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he escuchado a mi Padre» (Jn 15,15). Tenemos por tanto, un Dios que ofrece su propia amistad. Un Dios que enseña a todos el camino a seguir. Y el hombre ¿qué hace? El hombre está empeñado en alejarse por los caminos opuestos a los indicados por el Señor. Trabaja infatigablemente para producir pecados. Por eso el salmista, sin pararse en excusas o justificaciones pueriles, no duda en dirigirse al Dios que perdona los pecados: “Por el honor de tu nombre, Señor, / perdona mis culpas, que son muchas” (v 11). No hay gesto más noble y liberador que golpearse el pecho reconociéndose culpable. Señor, estoy mal; soy un miserable; por eso: “Mira mis trabajos y mis penas / y perdona todos mis pecados” (v 18). Son tan numerosos como mis enemigos. Mejor, puedo decir que tengo tantos enemigos crueles como culpas: “Mira cuántos son mis enemigos, / que me detestan con odio cruel” (v 19). Por otra parte, tú, Señor, tienes ya en tus manos la lista de mis pecados. Por tanto, date prisa en cancelar todo. El salmista en su oración se hace atrevido. Llega a sugerir al Señor lo que debe olvidar. “No te acuerdes de los pecados / ni de las maldades de mi juventud” (v 7). 
Y también lo que debe recordar: “Recuerda, Señor, que tu ternura / y tu misericordia son eternas” (v 6). Y si te quieres acordar de mí no te pares en mis imbecilidades: “Acuérdate de mí con misericordia” (v 7). En otras palabras, recuerda cuánto amor, cuánta paciencia y cuántos sufrimientos te he costado. En definitiva, el autor de esta oración elige el caer en la emboscada de la misericordia: “Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí, / que estoy solo y afligido” (v 16). Soy un pecador, soy un miserable, pero me he agarrado a un cable que a pesar de todo no he soltado: «en ti confío» (v 2), «tú eres mi Dios y mi salvador» (v 5). Mi esperanza no será defraudada (v 2); el haberme agarrado con todas las fuerzas a esa cuerda no habrá sido en vano. Y ahora voy a tu escuela: “Señor, enséñame tas caminos, / instrúyeme en tus sendas, / haz que camine con lealtad; enséñame”... (v 45). Sobre todo te recomiendo que no pierdas la paciencia con este alumno de cabeza dura... (Alessandro Pronzato).
¡No me falles, señor! «En ti confío; no sea yo confundido». ¿Caes en la cuenta, Señor, de lo que te sucederá a ti si tú me fallas y yo quedo avergonzado? Con derecho o sin él, pero llevo tu nombre y te represento ante la sociedad, de modo que, si mi reputación baja... también bajará la tuya junto con la mía. Estamos unidos. Mi vergüenza, quieras que no, te afectará a ti. Por eso te suplico con doble interés: Por la gloria de tu nombre, Señor, ¡no me falles!
He dicho a otros que tú eres el que nunca fallas. ¿Qué dirán si ven ahora que me has fallado a mí? He proclamado con plena confianza: ¡Jesús nunca decepciona! ¿Y me vas a decepcionar a mí ahora? Eso hará callar a mi lengua y suprimirá mi testimonio. Pondrá a prueba mi fe y hará daño a mis amigos. Retrasará tu Reino en mí y en los que me rodean. No permitas que eso suceda, Señor.
Ya sé que mis pecados se meten de por medio y lo estropean todo. Por eso ruego: «No te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. Por el honor de tu nombre, Señor, perdona mis culpas, que son muchas». No te fijes en mis maldades, sino en la confianza que siento en ti. Sobre esa confianza he basado toda mi vida. Por esa confianza puedo hablar y obrar y vivir. La confianza de que tú nunca me has de fallar. Esa es mi fe y mi jactancia. Tú no le fallas a nadie. Tú no permitirás que yo quede avergonzado. Tú no me decepcionarás.
Se me hace difícil decir eso a veces, cuando las cosas me salen mal y pierdo la luz y no veo salida. Se me hace difícil decir entonces que tú nunca fallas. Ya sé que tus miras son de largo alcance, pero las mías son cortas, Señor, y mi medida paciencia exige una rápida solución cuando tú estás trazando tranquilamente un plan muy a la larga. Tenemos horarios distintos, Señor, y mi calendario no encaja en tu eternidad. Estoy dispuesto a esperar, a acomodarme a tus horas y seguir tus pasos. Pero no olvides que mis días son limitados, y mis horas breves. Responde a mi confianza y redime mi fe. Dame signos de tu presencia para que mi fe se fortalezca y mis palabras resulten verdaderas. Muestra en mi vida que tú nunca fallas a quienes se entregan a ti, para que pueda yo vivir en plenitud esa confianza y la proclame con convicción. Dios nunca le falla a su Pueblo. Los que esperan en ti no quedan defraudados» (Carlos G. Vallés).
San Pablo pide a los Tesalonicenses (1 Tes 3,12-4,2) que Dios les conceda “amor mutuo y amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos. Y que así os fortalezca internamente, para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre”. Exhortación de la ética cristiana: el amor en la conducta percibirla como don de Dios, no como puro esfuerzo voluntarístico. El recuerdo a la vuelta del Señor es una motivación del tal conducta. El cristiano vive esperando y con la mirada fija en el futuro, no sólo en el pasado. No es propio de él un género de vida pasivo o resignado, melancólico o retrógrado, sino en tensión gozosa y pacífica esperando su encuentro definitivo con Jesucristo. Lo espera no cruzado de brazos, sino viviendo el amor activo y concreto. De este modo está adelantando lo que va a ser su existencia última y plena. Además tiene ejemplos y animación de los propios hermanos, acompañado por cuantos creen en Cristo (Dabar 1988). La vida cristiana está siempre en camino por vías de esperanza hasta que el Señor venga, pide a Dios que aumente el amor cristiano en aquella comunidad hasta el colmo y que los haga santos e irreprensibles, en la perspectiva que abre la esperanza en la venida del Señor. Porque el Señor vendrá y nos juzgará a todos sobre el amor. Mientras tanto, hay que creer sin medida en el amor y hay que pedir constantemente a Dios lo que todavía nos falta. Pablo suele llamar "santos" a los fieles, pero en este pasaje se refiere a los ángeles que acompañarán al Señor en su venida gloriosa y no a los fieles que murieron y ya están en el cielo. Los ángeles significan el poder y la majestad del Señor (cf Zac 14,5; Mt 16,27; Mc 8,38). Aunque no ha escatimado alabanzas a la conducta de los tesalonicenses, Pablo insiste de nuevo en que deben seguir progresando. Pues en esto del amor siempre andamos a la zaga de sus exigencias, siempre estamos en deuda. Hay que amar a los hermanos y a todos los hombres, e incluso a los enemigos (cf Gal 6,10; Rm 12,17). Ningún cristiano puede llegar tan lejos en el amor que diga que ya ama lo suficiente y que ya es perfecto, pues debe ser perfecto sin límites. Sabiendo que sólo agrada a Dios el que le imita, el que trata de ser perfecto como Dios es perfecto. Y Dios es Amor (1 Jn 4,8.16). En nombre de Jesús, que es el Señor. Ahora les anima a ser fieles a las instrucciones recibidas (“Eucaristía 1982”).
La salvación que Cristo ha traído no está ya totalmente realizada. Es una realidad en expansión que avanza hacia su cumplimiento escatológico, hacia la realización del mundo en Cristo resucitado. Así la Iglesia de Cristo es por definición una iglesia en camino, convocada para ser enviada en misión. Sólo una Iglesia en camino puede poner en camino al mundo. Ser Iglesia y ser enviado es un don que comporta una responsabilidad. El dinamismo, los imperativos de la historia, el Señor que viene y la salvación exigen la colaboración del hombre. El hombre no está nunca satisfecho de sí mismo, ni de sus realizaciones. Está siempre en tensión hacia un futuro mejor (P. Franquesa). El amor no debe tener medida, porque nunca se ama con medio corazón. Hay que amar con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas. Hay que amar a los de casa, pero también a los de fuera. El amor es la vida, que no se puede vivir nunca a medias. ¡Quién pudiera decir de sí mismo que rebosa de amor! Aunque tampoco es ésta la mejor manera de amar, porque el amor no es algo que se tiene, sino algo que se vive, algo que se es (Caritas).
San Lucas (21,25-28.34-36) nos recoge unas palabras de Jesús: «Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación. Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre.» El caos fantástico del final de la historia, nos remite al caos fantástico de los comienzos (Gen. 1,2), cuando la Palabra de Dios introdujo armonía, belleza y bondad. Al final de las historia volverá a resonar esa misma Palabra poderosa, pero entonces será la Palabra encarnada, Jesús de Nazaret. Y se producirá armonía y bondad; lo que Lucas llama liberación (v 28). La humanidad dejará de caminar bajo el yugo de sus propias creaciones injustas, esclavizantes y angustiadoras. Será la nueva creación. Hablando con propiedad, no se tratará de un final, sino de la manifestación desvelada de la verdadera finalidad de toda la existencia humana. Esta esperanza liberadora no es pasiva. Al contrario, está hecha de esperas activas, de vigilancia, de preparación (Dabar 1976). A la observación hecha por algunos sobre la belleza de este templo, Jesús contrapone el futuro de destrucción que le amenaza. Esta destrucción, sin embargo, no debe confundirse con la implantación definitiva y feliz del Reino de Dios, la cual estará precedida por un tiempo de protagonismo religioso no judío. En este punto entronca el texto de hoy. "Se acerca vuestra liberación". La descripción de la llegada del Hijo del Hombre está tomada también de un libro apocalíptico como es el libro de Daniel. Por último, el texto se hace interpelativo: tened cuidado, estad siempre despiertos. La traducción litúrgica añade inexactamente una tercera interpelación: manteneos en pie. El texto original dice más bien lo siguiente: "Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y poder así manteneros en pie ante el Hijo del Hombre". Lo que está por venir no se refiere al cataclismo cósmico, sino al futuro de dificultad y de sufrimiento que le espera al cristiano comprometido. Las dos interpelaciones van dirigidas a estos cristianos y quieren ser una invitación a vivir con la atención puesta en el reino de Dios por llegar y a no desfallecer a causa de las dificultades. 
Lucas, al referirse al Templo, no pretende necesariamente anunciar el fin del mundo (que los judíos asociaban al Templo), no hace más que amoldarse al género literario de los apocalipsis para decir, tan sólo, que la caída de Jerusalén será una etapa decisiva en la implantación del reino de Yahvé en el mundo. La intervención de toda la naturaleza en el momento de la caída de Jerusalén sigue siendo un reflejo de una concepción bíblica que presenta el reino mesiánico como una nueva creación que pone en entredicho los fundamentos de la antigua (Jl 3,1-5; Ag 2,6; Is 65,17). La caída de Jerusalén es, así, la aurora de una creación de nuevo cuño.
Después de haber subrayado la repercusión cósmica del hundimiento de Jerusalén, Lucas anuncia la "venida del Hijo del hombre entre nubes" (v 27). Se trata, evidentemente, del misterioso personaje anunciado por Daniel (7,13-14) y a quien se confiará el juicio de las naciones. Para Lucas, esta manifestación del Hijo del hombre-Señor de los pueblos coincide con la caída de Jerusalén. Se comprende mejor esta sustitución si se tiene presente que el templo era considerado precisamente como el punto de la gran concentración de las naciones bajo el imperio de Yahvé (Is 60) y que Cristo tuvo especial cuidado en atribuir esa prerrogativa a "aquel que viene" o a "aquel que viene sobre la nube" (Mt 21,61-64; 23,37-39). "Venir sobre la nube" designa un personaje aureolado por la gloria divina: los cristianos aplicarán, pues, sin dificultad, esta expresión a Cristo resucitado. Cristo "viene sobre la nube" desde el momento de su resurrección, y todo acontecimiento que sirve para establecer su soberanía sobre el mundo es una nueva "venida sobre la nube" de aquel que ha adquirido todo imperio sobre el mundo, para ser siempre y hasta el fin de los tiempos "El que viene" (Ap 1,7; cf Ap 14,14). Se puede, pues, decir que el tiempo de la Iglesia, inaugurada con la resurrección, y, más concretamente, el día en que la Iglesia se liberó totalmente del judaísmo, constituye la "venida del Hijo del hombre".
Después de haber hecho de la caída de Sión el acontecimiento inaugural de la nueva creación y que constituye una etapa importante en la "venida del Señor", San Lucas pasa a las aplicaciones morales. Se dirige en particular a la "generación" de sus contemporáneos (vv 31-32) para enseñarla a ver en la caída de Sión un "signo" de la "proximidad" del Reino (vv 27-31). Por lo demás, esa proximidad no es esencialmente de orden temporal, como si el fin del mundo fuera a producirse de inmediato; se trata más bien de una proximidad ontológica: en cada acontecimiento de la historia de la salvación y de la historia de los hombres, el Reino futuro está presente y se trata de aprender a descubrirlo. La vigilancia es precisamente la virtud de aquel que está bastante preocupado por la extensión de la soberanía del Hijo del hombre para descubrirla en germen en cada uno y "en todo". La caída de Jerusalén ha sido un jalón en la venida del Señor sobre la nube porque ha obligado a la Iglesia a abrirse decididamente a las naciones y a establecer un culto espiritual, liberado del particularismo del templo. Pero cada etapa de la evangelización del mundo, vinculada, por lo demás, a cada etapa de humanización del planeta, es también un jalón de esa venida del Hijo del hombre. Cada conversión del corazón, mediante la que el hombre se abre más y más a la acción del Espíritu del Resucitado y cuenta un poco menos con la "carne", es una nueva manifestación de esa venida. Cada asamblea eucarística, reunida precisamente "hasta que El vuelva" y beneficiaria de esa gloria y de ese poder del Hijo del hombre sobre la nube, es, finalmente, el jalón por excelencia de ese acontecimiento (Maertens-Frisque).
Estamos ante el misterio del Reino de Dios. Frente a la desesperanza, la presencia gloriosa del Hijo del Hombre que devuelve lo que parecía imposible: la ilusión, la certeza de nuestros mejores sueños, es decir, de los sueños utópicos. Alzad la mirada. Estad atentos. No os encerréis y empobrezcáis en las cuatro paredes de una vida sin horizontes. Huid de una vida miope, rastrera. Se trata de todo un programa, de toda una actitud que debe caracterizar a quien se diga cristiano (Dabar 1982). En el anuncio original de Jesús, el acontecimiento del último día se concentró totalmente en el retorno del Señor. Ahora bien, en la primera comunidad, esta misma espera se fue clarificando en el sentido de que era precisamente su Señor glorificado el que había de retornar como administrador de la causa de Dios, para llevar a cabo un juicio de purificación y liberación de la creación, y, después, devolver a Dios el dominio sobre el mundo (cf 1Co 15,25-28). Así se resume, pues, la expectativa escatológica en la confiada figura del Señor. Los bautizados reconocerán al Hijo del Hombre, que vendrá sobre la nube (v 27), revestido de la gloria del Señor, la cual -al contrario que las mismas nubes(v 25s)- no producirá temor: ese temor natural que sobrecoja a las bautizados será vencido de inmediato por el amable (inspirador de confianza) acercamiento del Señor. Aquellos se pondrán en pie y levantarán su cabeza a la vista del poder salvador (v 28). Desde esa presentación hace el evangelio una llamada a la firmeza de la fe de los discípulos. Se exige, por tanto, que se atrevan a salir al encuentro de la gloria de Cristo y que, en unión a él, se mantengan firmes ante la magnificencia del suceso, es decir, ante la tremenda magnitud que cobra una confrontación con la poderosa actuación de Dios al descubierto (no oculta ya). El mantenerse firme y levantar la cabeza exige, a su vez, haber crecido y haberse fortalecido, lo cual se aprende precisamente en la "escuela del evangelio".
Adviento significa, por tanto, iluminar los "últimos acontecimientos" en la actual existencia de la iglesia y del individuo. Navidad no es más que un signo de promesa, una bondadosa predicción de lo que está por acontecer. Quien madure para comprender aquellas circunstancias, puede celebrar hasta infantilmente (con la sencillez que exige Jesús a sus discípulos) la fiesta de Belén. Por lo demás, oración y actitud de espera confiada (esperanza) preparan al discípulo para recibir "de pie" al Señor (“Eucaristía 1988”).
El fin del mundo no es para los cristianos motivo de espanto, sino de una gran esperanza, pues entonces serán liberados definitivamente. "El Hijo del Hombre vendrá cuando nadie lo espere", como un ladrón en la noche (Lc 12,39s). Por esta razón Jesús exhorta a sus discípulos para que vigilen y estén preparados. Que el objetivo del "apocalipsis sinóptico" no sea otro que llamar a la vigilancia y, consiguientemente, a la oración, está claro. De ahí que Mateo se extienda después con una serie de parábolas alusivas a la vigilancia (como aquella tan conocida de las vírgenes fatuas y las prudentes). Vigilar es estar atentos a lo verdaderamente importante y decisivo, cuando todos nos empuja al despiste y al aturdimiento, al sueño. Vigilar es tener los ojos muy abiertos en medio de la noche. El que vigila está en pie, siempre "de puntillas" por la esperanza, a la expectativa de lo sorprendente, de la sorprendente venida del Señor. Esto es también fijarse en las señales o signos de los tiempos, responder en cada momento y situación a las concretas exigencias del evangelio. La esperanza cristiana no es simplemente estar a la espera, no es aguardar, sino preparar los caminos para la pronta venida del Señor (“Eucaristía 1982”).
Esperar cielo y luchar confiadamente en lo de cada día: “Viene el Señor nuestro Jesucristo desde el cielo; viene en gloria al fin de este mundo, el último día; este mundo tendrá un fin, y el mundo creado será renovado” (S. Cirilo de Jerusalén). Es muy bonito lo dicho más arriba, de que aun cuando se usan las metáforas apocalípticas de la época el mensaje de Jesús está claro: “Tengo designios de paz, y no de aflicción. Me invocaréis, y yo os escucharé”, dice el introito de la Misa de la semana 33 como resumiendo estas ideas de fin de año-comienzo de año. 
Vamos a aplicarlo a algo diario y muy importante. Supongo que por una mala educación recibida, que ahora prefiero no analizar, cuando hago algo mal me puede entrar mal humor y los demás pagan el plato roto. Así, cuando un chico tiene problemas en su pubertad (con estudios, pereza, amistad, timidez, castidad, etc.), tiene mal carácter con sus padres, que se preocupan por ello, él se cierra más, y crea un círculo vicioso. El fundamento de todo esto muchas veces es una tontería: enfadarme porque algo me ha salido mal, en lugar de pensar que es normal que yo, vulnerable, me equivoque. Nos han inculcado algo tan horrible como que hay que ser perfectos “ya” y si no hay que estar tristes, cuando la realidad revelada es que Dios está en mis circunstancias, queriéndome y ayudándome: si perdemos la paz por algo que hemos hecho, hemos de volver a pensamientos de paz, de bien. Pensar en cosas bonitas, nos hace estar contentos… Como aquella canción de la película “Sonrisas y lágrimas” (o “La canción de la música” o “la novicia revelde”, depende de las traducciones por países), pues el Señor es el príncipe de la paz, y lo que quita la paz no es de Dios. Para saber si una cosa es de Dios, la primera regla es saber si da paz. Aunque sea una cosa de pensar en que tengo pecados o no soy santo, si no me da paz, eso no es religión, no es de Dios. 
Si hacemos el bien, “el Señor no será para nosotros Juez, sino amigo, hermano, Amor” (San Josemaría, Es Cristo que pasa, 165). Dice una lectura de la segunda semana que el que vive la caridad está salvado; es el pensamiento central de nuestra fe... ¿Y qué trae esta paz, esta serenidad, este estado el alma que se siente hija de Dios? Nos lleva a vivir abundantemente la caridad de Cristo y a comunicarla a los demás. Esto da paz –seguía diciendo san Josemaría-: Jesús no viene a condenarnos… viene a salvarnos, a perdonarnos, a disculparnos, a traernos la paz y la alegría. Si reconocemos esta maravillosa relación del Señor con sus hijos, se cambiarán necesariamente nuestros corazones, y nos haremos cargo de que ante nuestros ojos se abre un panorama absolutamente nuevo, lleno de relieve, de hondura y de luz. En aquel momento no habrá más que un abandonarse en Él, llenarse de Dios, hemos de expulsar de nuestra alma toda sensación de cobardía, frustración, pena o temor, angustia… pues “nuestro Juez será el Hombre-Dios, quien siendo nuestro compañero y amigo, defenderá nuestros intereses y tendrá compasión de nuestras debilidades” (Newman).
La obra de Jesús, la misión del Padre, en cierto sentido no está acabada. Volverá a terminar lo que comenzó, juzgar a vivos y muertos. “El que persevere hasta el fin, ese será salvo”. La perseverancia, podemos, tenemos los medios: “todo lo puedo en aquel que me conforta”, “podemos cubrir aguas”, hay errores en nuestra conducta y puedes perder la paz, paz que tenemos al pensar en entregarnos (cf Forja 1038), con la contrición. “De esta manera no se pierden ni siquiera las batallas perdidas…” No llevar como una cola de cosas en la cabeza, de preocupaciones o de pecados, de remordimientos y de tonterías… cortar con todo, volver a Dios: con errores –todos los tenemos- pero cuando nos llevan a Dios, nos hacen humildes; y también entonces hay que decir felix culpa!. Por eso, el acto de piedad que más le gustaba a san Josemaría era el acto de contrición, y cuentan que le oían predicar, no son palabras textuales: “¿Cómo no perder la serenidad? Otras veces os he dicho: con rectitud de intención. Y ahora añado: haciendo actos de contrición. Con los actos de contrición mejora la vida espiritual, se llega a la serenidad, a la paz; y a veces mejora también la salud física. Por eso he pensado que quienes viven vida interior según nuestro espíritu, acaban siendo necesariamente personas serenas, con menos facilidad para enfermedades psíquicas, porque se ponen en manos del Señor, que las lleva por el buen camino. ¿Queréis más serenidad? Haced actos de contrición. ¿Queréis hasta bienestar físico? Haced más actos de contrición”. Lo decía comentando aquellas palabras de más arriba, que tomo de su homilía de Cristo Rey “Ego cogito… yo tengo pensamientos de paz… cuando tú y yo perdemos la paz, es –en aquel momento- como si nos apartáramos un poquito del Señor… Hay que volver a la paz cuanto antes, debemos pensar cosas de paz, cosas que dan serenidad y que nos hagan eficaces en la labor de almas en el mundo”.
Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, dice la Escritura. La auténtica sabiduría está en el Verbo, que es vida, el árbol de la vida, que es como ese árbol que ponemos en Navidad que nos recuerda que Jesús fue levantado en el árbol de la cruz para atraer todas las cosas a él, para que quien lo mire quede sanado, es también el de la ciencia, la que nos da el conocimiento de la verdad, pero sobre todo el camino para la Vida, es la misma Vida divina en la Eucaristía: ¡Ven, Señor Jesús!, decimos luego de la Consagración, y es que lo recibimos en la comunión, y es que viene. “Todavía no, pero sí”. “Vultum tuum Domine, requiram!”, dice la Escritura: “¡buscaré tu rostro, Señor!”. “La fe es no soñar recuerdos pasados”, canta una poesía, es un laboratorio, algo vivo: “es necesario que nazcan flores en cada momento”. Hemos de dar por bien empleados este montón de ratos de oración, de cosas pequeñas empleadas en el servicio a Dios, que son lo más tupido del tapiz de nuestra historia, quizá lo que forja lo decisivo de la historia del mundo, donde el designio divino que no acabamos de ver se mezcla con lo visible que sale en la prensa. Y en lo oculto podemos rezar: “se alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena”.
La esperanza en el día del Señor da fuerza a la lucha. Con la liturgia fomentamos esta fe, ese profundizar en el reino de Dios que no es de este mundo, cuya figura pasa. Reconocer a Cristo en cada persona, en nuestros pensamientos… Nos dice S. Pablo: “vivamos ya como ciudadanos del cielo” (Fil 3,20), ese sentirnos hijos de Dios en medio de todo, nos hace ser “almas contemplativas, con diálogo constante, tratando al Señor a todas horas; desde el primer pensamiento del día al último de la noche, poniendo de continuo nuestro corazón en Jesucristo Señor nuestro…” (san Josemaría, Es Cristo que pasa 126).
Escatología y Eucaristía. Según esto, la misa no es una repetición del único sacrificio de Cristo, sino más bien su actualización, su representación; es el mismo sacrificio de Cristo hecho presente en la fe y para la fe de la Iglesia. De manera que los cristianos tenemos ocasión de asociarnos al sacrificio de Cristo, de comprometernos con él en su entrega a Dios por todos los hombres.
Además, porque confirma y ratifica esta voluntad de Dios con su propia muerte. Es el testador y el ejecutor del testamento en una misma pieza. El es también la víctima sacrificial que era necesaria en toda alianza en orden a confirmarla. Víctima sacrificial de la alianza, mediador y garante de la misma. Este es precisamente el sacrificio de Cristo ofrecido de una vez para siempre. Tan eficaz que no necesita repetirse. Porque por él hemos alcanzado el verdadero perdón de los pecados.
Por eso termina el texto: "Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá sin ninguna relación al pecado, para salvar definitivamente a los que lo esperan". Cristo aparecerá por segunda vez. Lo mismo que el sumo sacerdote judío aparecía ante el pueblo después de haber realizado la expiación de los pecados de su pueblo en el gran día de la expiación, así también Cristo volverá a aparecer ante su pueblo -la parusía. Pero esta segunda aparición gloriosa ya no guarda relación alguna con el pecado, vendrá a introducir a su pueblo en el gozo definitivo y eterno de los bienes que su sacrificio nos proporciona.
La nueva Alianza de la que Cristo es mediador es una alianza eterna, no solo por interminable, sino porque pertenece a la eternidad del santuario celestial, única realidad (8,5). Según este texto, la alianza primera no es sólo la del A. T., sino todo lo que pertenece al tiempo, lo caduco y pasajero, lo que queda aún del hombre viejo en cada cristiano. Tenemos que ir haciendo presente en nuestra vida la Alianza eterna venciendo todo lo que haya de pecado y egoísmo en nuestro corazón y dejando que Jesús, el más fuerte, venza y ate a Satanás, el tentador (Mc 3, 22-30).
Cristo, mediador de la Nueva Alianza, es el medio eficaz para hacer que el hombre tenga acceso a Dios y alcance la verdadera comunión con Dios. Para ello era necesaria la muerte de Cristo ¿Por qué? Para entender la argumentación empleada por el autor de la carta es necesario recordar o hacer saber que la palabra griega que nosotros traducimos por alianza -la palabra diazeke- puede también significar "última voluntad" o testamento. En nuestro texto debe ser entendida en este último sentido, ya que el testamento sólo adquiere eficacia y entra en vigor después de la muerte del testador. La nueva alianza entró en vigor después de la muerte de Cristo. Cristo mediador de la nueva alianza. No sólo ni principalmente porque es el intermediario entre las dos partes contratantes: entre Dios y el hombre, como representante de los hombres ante Dios (su Pontífice) y de Dios ante los hombres (su Enviado) sino sobre todo porque es el representante de Dios en la determinación y manifestación de su voluntad -su testamento- para con el hombre. Además, porque confirma y ratifica esta voluntad de Dios con su propia muerte. Es el testador y el ejecutor del testamento en una misma pieza. El es también la víctima sacrificial que era necesaria en toda alianza en orden a confirmarla. Víctima sacrificial de la alianza, mediador y garante de la misma. Este es precisamente el sacrificio de Cristo ofrecido de una vez para siempre. Tan eficaz que no necesita repetirse. Porque por él hemos alcanzado el verdadero perdón de los pecados. Por eso termina el texto: "Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá sin ninguna relación al pecado, para salvar definitivamente a los que lo esperan". Cristo aparecerá por segunda vez. Lo mismo que el sumo sacerdote judío aparecía ante el pueblo después de haber realizado la expiación de los pecados de su pueblo en el gran día de la expiación, así también Cristo volverá a aparecer ante su pueblo -la parusía. Pero esta segunda aparición gloriosa ya no guarda relación alguna con el pecado, vendrá a introducir a su pueblo en el gozo definitivo y eterno de los bienes que su sacrificio nos proporciona. La nueva Alianza de la que Cristo es mediador es una alianza eterna, no solo por interminable, sino porque pertenece a la eternidad del santuario celestial, única realidad (8, 5). Según este texto, la alianza primera no es sólo la del A. T., sino todo lo que pertenece al tiempo, lo caduco y pasajero, lo que queda aún del hombre viejo en cada cristiano. Tenemos que ir haciendo presente en nuestra vida la Alianza eterna venciendo todo lo que haya de pecado y egoísmo en nuestro corazón y dejando que Jesús, el más fuerte, venza y ate a Satanás, el tentador (Mc 3, 22-30).
El sacrificio único de Cristo (Heb 9, 24-28) Este pasaje de hoy nos proporciona importantes clarificaciones sobre el sacrificio de Cristo y sobre la celebración eucarística. En primer lugar, se subraya la superioridad del sacrificio de Cristo: nuestros santuarios están construidos por manos humanas, son copias del verdadero santuario. En este es en el que Cristo entró, en el cielo mismo, para mantenerse ahora ante Dios intercediendo por nosotros. Cristo es, pues, para nosotros un perpetuo intercesor. Lo que le ha valido la entrada en ese santuario celeste es la ofrenda de su sacrificio. Este es un sacrificio perfecto y único; no tiene por qué ser repetido, ya que Cristo no ha ofrecido sangre ajena, sino la propia; por eso no tiene que sufrir más veces su pasión. Ofreció su sacrificio una vez por todas para destruir el pecado. Se ofreció muriendo una sola vez por nuestros pecados, y le queda aparecer una segunda vez, no ya para el pecado, sino para tomar consigo a todos los que le esperan. Esta ofrenda única y de valor infinito del sacrificio de Cristo no significa que la celebración eucarística no sea un verdadero sacrificio. La voluntad del propio Cristo es que lo ofrezcamos "en memoria suya", cosa que no quiere decir "como un recuerdo espiritual", sino actualizando el único sacrificio que él ofreció. Nosotros actualizamos ahora aquel único sacrificio a fin de que la Iglesia y cada uno de los bautizados puedan ofrecerlo con Cristo que intercede siempre por nosotros. Aunque el sacrificio de la cruz es "renovado", eso no quiere evidentemente decir que es re-comenzado por Cristo; su sacrificio ha sido ofrecido una sola vez y una vez por todas; pero si es actualizado, según la propia voluntad de Cristo, para que podamos tomar en él nuestra parte activamente (Adrien Nocent).
El entrelazarse del ahora y luego, el apagarse del sol, luna y estrellas, es algo que ya ha ocurrido (Gal 4,3; Col 2,8) y todavía ha de venir, la trompeta de la palabra convoca a los hombres “pero se trata de algo que todavía tendrá que hacer. Cada eucaristía es parusía, venida del Señor, y cada eucaristía es, con todo, preponderantemente tensión del anhelo de que revele su oculto resplandor” (ESC). Hay un “ir” que es la cruz y un “venir” que es la resurrección que se entrelazan con el ir al cielo y el venir que es el final de los tiempos. Crucificado, Jesús se va, y viene continuamente a nosotros. La parusía se convierte entonces en una “explicación de la liturgia y de la vida cristiana en su contexto íntimo y en su entretejimiento continuo. La parusía se convierte en obligación de vivir la liturgia como fiesta de la esperanza y de la presencia en orden al cosmocrator que es Cristo. Se tiene que convertir en punto de partida y de coincidencia de aquel amor en el que el Señor puede habitar. Por su cruz el Señor se ha ido provisionalmente para prepararnos un sitio en la casa del Padre (Jn 14,2s); en la liturgia la Iglesia tiene que prepararle a él, por así decirlo, viviendas en el mundo, yendo con él. El tema de permanecer alerta se profundiza, por consiguiente, en la tarea concreta de convertir en realidad la liturgia hasta que el Señor mismo le dé esa plena realidad, que por ahora, sólo se puede buscar en imágenes” (ESC).
Adviento... Una venida que es doble: la que conmemoramos en Navidad, su nacimiento humilde e igual que todos los hombres, el misterio de la Palabra hecha carne. Y también la venida que esperamos, "en gloria y majestad", la venida escatológica, que marca el tiempo presente, en que el Espíritu y la Iglesia claman: "¡Ven, Señor Jesús!" (Ap 22,20). En cada Eucaristía proclamamos esta venida: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven, Señor Jesús". Mientras tanto vivimos de una presencia añorada que nunca hemos podido disfrutar abiertamente. Esperamos verlo y verlo glorioso. Pero él ya está aquí. Viene ahora, viene siempre; viene "ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y por el amor demos testimonio de la espera dichosa de su reino" (prefacio III de Adviento). 
Estamos llamados a "poseer el reino eterno" (oración colecta, primer domingo de Adviento), lo esperamos en la tensión de "nuestra vida mortal" y el anhelo de "descubrir el valor de los bienes eternos" (postcomunión). Esta tensión nos reclama la actitud del evangelio del mismo día: "tened cuidado, (...) estad siempre despiertos". Es necesario que estemos preparados para el encuentro con el Señor que no se restringe al ámbito personal (a pesar de que no lo podemos olvidar) sino que abarca el encuentro del Pueblo de Dios con su Señor. Por eso hemos de ampliar nuestra perspectiva a todo el mundo: hacer crecer el amor entre todos los hombres, para que "se presenten santos e irreprensibles" el día que Jesús "vuelva acompañado de todos sus santos" (segunda lectura). Ésta es la ruta del Señor, sus caminos, por los que él mismo nos ha de encaminar, de instruir, porque es él quien nos salva (salmo responsorial). Esto implica nuestra apuesta de confianza en el Señor, el nacimiento de la esperanza: "A ti, Señor, levanto mi alma: Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado. Los que esperan en ti no quedan defraudados" (salmo 24,1-3; canto de entrada: Jordi Guardiate).
Muchos vivimos en una parte del mundo que sufre un proceso de descristianización. A los judíos se les hundió el Templo, a nosotros la “sociedad cristiana”. Pero es Tiempo de salvación. "Cuando empiece a suceder esto, poneos derechos y alzad la cabeza, que se acerca vuestra liberación", dice el Evangelio. La salvación va unida a la venida en poder de este hombre, de Jesús. Sin duda se alude aquí a la venida y salvación definitivas al final de los tiempos, aunque ese tiempo final se ha inaugurado ya con la presencia de Jesús. Es un todo unido: la venida de Jesús en un momento histórico, la venida por la fe en cada momento existencial, la Navidad que se acerca y la venida final. Aunque para nosotros todo gravita en torno a este momento que estamos viviendo, porque Dios ya está entre nosotros y lo definitivo ya ha comenzado: aquí y ahora es cuando se tiene que hacer realidad la venida de Dios. Tres cosas, por lo tanto, a tener bien en cuenta: -El Adviento de Dios para el hombre es Jesús. -Esa venida tiene que ser una liberación, una salvación. Una liberación que se hace realidad en el aquí y ahora de nuestra existencia. -En la dialéctica de la fe, en el lenguaje apocalíptico anuncia la esperanza y la alegría de la salvación cercana, más allá de las catástrofes. Si el hombre de hoy no tiene nada de qué salvarse, si no necesita de Dios, difícilmente lo buscará, y menos aún lo encontrará: la salvación de Dios tiene que incidir en la condición del hombre (M. Martínez de Vadillo).
El pequeño libro de Baruc comprende secciones distintas y de épocas distintas, pero atribuidas conjuntamente al profeta de la escuela de Jeremías por un compilador del siglo I a. C. Por lo tanto, la situación del exilio que aquí se supone, no es más que un recurso o licencia literaria para cantar la providencia especial de Dios respecto al pueblo de Israel. Desde que David eligió a Jerusalén como capital de su reino, esta ciudad estaba destinada a convertirse en un símbolo. Vinculada a la Casa de David y, consiguientemente, a las promesas del futuro rey Mesías, Jerusalén pasaría a ser el símbolo tanto del reino mesiánico como del pueblo que lo espera. El profeta dirige su palabra a esta ciudad, a este pueblo, que, si ahora es todavía una realidad humilde y sin brillo, está destinado a ser la lumbrera de todas las naciones. El profeta invita a Jerusalén a despojarse del duelo y a vestirse como una mujer que se engalana para una fiesta. La ciudad devastada y desposeída de sus hijos, que fueron llevados al cautiverio de Babilonia; la ciudad desconsolada como una viuda, sin hijos y sin esposo que la cuide, puede y debe alegrarse ahora como una novia y como una madre feliz que espera el pronto retorno de sus hijos.
Yahvéh, su esposo, le ha preparado como vestido el "manto de su justicia" y como diadema "la gloria perpetua". Estos dos títulos corresponden a la nueva condición de Jerusalén, que ha sido honrada por Dios con los dones de la justicia y de la gloria. El nombre que Dios da a Jerusalén expresa justamente lo que Dios hace en Jerusalén y por Jerusalén. Anticipando el momento glorioso, el profeta invita a la ciudad a ponerse de pie (Is 51,17; 52,2; 60,1) y a subir al monte, sobreponiéndose a sí misma con la esperanza. Desde allí, desde la altura del monte Sión, podrá otear el horizonte y ver venir ya lo que ahora se anuncia: que vuelven sus hijos, que son traídos en carroza real los mismos que antes fueron llevados por la fuerza al exilio. Pues el Espíritu, esto es, la fuerza de Dios, los ha congregado de todos los rincones de la tierra. Se acabó la diáspora, porque Dios se acuerda de Jerusalén y le han devuelto sus hijos.
La descripción que se hace del retorno, de la repatriación de los exiliados, está tomada en buena parte de Isaías (40,3-5). Será como en los días del éxodo o salida de Egipto, el mismo Dios conducirá a los que vuelven con alegría por el desierto. La "gloria de Dios" es la manifestación visible de su presencia salvadora. A veces simbolizada por una nube luminosa o "columna de fuego" (Ex 14,24: “Eucaristía 1982/1988”).
Dios mostrará su esplendor sobre Jerusalén. El profeta Baruc anunció la salvación mesiánica como un retorno gozoso a la patria por los caminos de la justicia y de la piedad, de la humilde esperanza y de la rectitud del corazón, preparados por el mismo Señor que nos redime. Ha pasado la hora del duelo y de la tristeza, y por ello Jerusalén debe adornarse con sus mejores ornamentos de gloria. Es la hora de la glorificación de sus hijos, de su retorno triunfal. Jerusalén va a ser en adelante como una reina majestuosa, aureolada por la gloria de Dios… Es una idealización de los tiempos mesiánicos. La justicia es la característica de la nueva teocracia mesiánica; por eso el Mesías se ceñirá con el cinturón de la justicia. Y esa justicia de los tiempos mesiánicos es fruto del conocimiento de Dios que suscribirá una nueva alianza escrita en los corazones.
El reino del Mesías es ante todo de un orden espiritual. «Desde Sión reverbera el esplendor de su belleza»: el Señor hace su entrada en el divino reino de su Iglesia. Aquí vuelve de nuevo a vivir su vida. La vida de la Iglesia es la vida de Cristo. El que quiera participar de la vida de Cristo tiene que asimilar por los sacramentos la vida de la Iglesia. Dios envió a su Hijo Unigénito al mundo para que nosotros vivamos por Él (Jn 4,9). «En Él, en el Hijo de Dios, estaba la vida y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1, 4). Él vino y nos dio también a nosotros, los gentiles, «la potestad de ser hijos de Dios» ¡Una nueva vida, una vida divina! Los profetas, al prever los tiempos mesiánicos, se quedaron muy cortos. La realidad es mucho mayor que lo que ellos previeron y anunciaron con imágenes sublimes.
-La alegría, compañera de la esperanza, es un motivo característico del Adviento: como la Jerusalén a quien se dirigía Baruc, los creyentes tenemos que saber mirar siempre hacia oriente y discernir las maravillas de Dios. Porque es en Dios donde se enraiza y se alimenta nuestra alegría: en aquel que tiene como propias la justicia y la misericordia. 
Baruc decía a Jerusalén: "Dios mostrará tu resplandor a cuantos viven bajo el cielo". Este mensaje universalista debería conducirnos a revisar si no tenemos tendencia a encerrarnos en "nuestra" salvación individual; o si no convertimos nuestras comunidades cristianas en reductos cerrados, de un único color, poco abiertos y proclamadores de esta salvación universal.
Minúsculo en el concierto de las naciones era el Israel que volvía del destierro y, sin embargo, para Dios merecía toda la atención que describe Baruc: "Dios ha mandado abajarse a todos los montes elevados y a las colinas encumbradas... para que Israel camine con seguridad".
La primera lectura muestra que las antiguas promesas de un nuevo tiempo de salvación (a la vuelta del exilio) anuncian ciertamente algo glorioso, pero que esto no se realiza inmediatamente. El retorno de Babilonia fue todo menos una marcha triunfal. La gloria prometida era una promesa que debía cumplirse más tarde y de un modo totalmente distinto a como las imágenes proféticas permitían esperar. La verdadera gloria que aquí se anuncia a Jerusalén es la venida de Cristo proclamada por el Bautista; pero esta gloria tampoco será un esplendor terreno, sino exactamente lo que el evangelio de Juan designará como la gloria visible para el que cree: la vida, la muerte y la resurrección de Cristo. Este es en el fondo el camino recto -«yo soy el camino»- por el que Dios viene a nosotros, el Dios que ciertamente, como se dice al final de la lectura, en su «misericordia» (que se consumará en la cruz) trae consigo su «justicia» de la alianza. El profeta Baruc invita a Jerusalén a «ponerse en pie» y a «mirar hacia oriente» para ver venir esta gloria sobre sí (H. von Balthasar).
El Salmo (125,1-2ab.2cd-3.4-5.6) es de acción de gracias: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. 
Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares. 
Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos.» El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. 
Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares. 
Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas”. Canta el gozo de esta salvación tan admirable: «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres». Es una inmensa procesión que avanza hacia el Templo, con los brazos cargados de "gavillas" para la fiesta en que se ofrendaban a Dios las cosechas, que nos hace pensar la necesidad que tenemos de ir a Misa, a dar gracias por todo, que se concreta en las ofrendas. Es la idea de la "vida que renace después de la muerte", el autor usó dos imágenes: el torrente de agua viva que hace florecer el Negueb en primavera... Y las semillas del grano de trigo que mueren bajo tierra para dar nacimiento a la alegría de las cosechas... Observemos la dimensión escatológica de la oración: la salvación "ya" ha comenzado pero "aún" no ha terminado. Los peregrinos en marcha hacia la Sión-Jerusalén, cantan una cuádruple liberación: la subida de Egipto con ocasión de la conquista de la tierra prometida, la subida de Babilonia al regresar de la cautividad, y la subida actual de los peregrinos hacia Dios, la subida escatológica de todas las naciones, de todos los hombres al fin de los tiempos. Finalmente la única verdadera "liberación" es la Pascua de Jesús.
Recitemos este salmo poniéndolo en boca de Jesús la mañana de Pascua: justo cuando acaba de resucitar, y que puede realmente pedir a su Padre terminar su obra, "sacando" de la muerte todos aquellos que aún están cautivos. No se trata de un piadoso pensamiento facticio, pues Jesús mismo tomó esta imagen de la "semilla" como símbolo de la muerte-resurrección (Jn 12,24). Varias veces, evocó el "reino que viene", como una cosecha (Mt 9,37; 13,30; 13,39; Mc 4,29; Jn 4,35). El grano de trigo crece sin ti, el reino viene, el reino viene... Muriendo, sembrando con lágrimas, Jesús sabía que El "cosecharía" y pedía a sus amigos permanecer alegres (Jn 16,22). Nadie puede ponerse en nuestro lugar para "actualizar" este salmo, para hacerlo carne de nuestra carne, nuestra oración plenamente personal, partiendo de nuestras propias situaciones humanas. Dios salvador. Dios liberador. ¿Lo creemos de verdad? ¿Creemos que Dios es el Señor de lo imposible? Los que experimentaron la vuelta del Exilio no salían de su asombro, les parecía algo fantástico, increíble. ¿Y yo? Tal situación conyugal o familiar aparentemente sin salida... Tal fracaso que parece definitivo... Tal pecado incrustado en mi vida como algo habitual... Tal duelo que truncó una vida... Nuestra esperanza cristiana no es la vaga esperanza de que las cosas se arreglarán algún día, es la certeza que Dios "está en acción" para salvar lo que estaba perdido: es el Señor que "vuelve a traer" a los ¡cautivos! Es la certeza de que el dueño de la mies está haciendo madurar la cosecha (Mc 4,26-29). Dios quiere nuestra colaboración. La salvación es un "don gratuito". En este sentido, se puede decir sin error que ella se realiza "sin nosotros", o al menos, que supera totalmente nuestras fuerzas. Pero Dios nos hizo libres: no somos marionetas manipuladas por El a distancia. Este salmo es todo un "programa" de trabajo y responsabilidad: "los que siembran con lágrimas, cosecharán con gritos de alegría..." En este sentido, la salvación no se hace "¡sin nosotros!" Los llantos no pueden reemplazar el trabajo de la siembra: hay que hacer todo lo que está de nuestra parte para transformar en liberación la situación mortal que es la nuestra. El grano sembrado parece perdido, y en los países de hambre, el sembrador "sacrifica" trigo del cual se priva momentáneamente y que podría comer: hay motivo suficiente para llorar.
El papel positivo de la cruz. Nuestra colaboración en la salvación, nuestra forma de sembrar, es aceptar madurar como el "grano de trigo que se pudre para dar fruto". Debemos vivir las pruebas de la vida como "comuniones" con el misterio de la cruz de Jesús. La imagen de la semilla es elocuente: primero el abatimiento, el entierro... Iuego el peso de las gavillas cargadas de espigas maduras. La nota dominante en este salmo, es la alegría, una alegría que explota en risas y canciones. Chouraqui traduce: "entonces la risa llena nuestra boca, ¡el canto nuestra lengua!" Y Claudel añade: "¡Nuestra lengua empezó a hablar sola... Dios hizo gastos para nosotros, lo supimos con alegría! ¡Se fueron llorando paso a paso, el grano a puñados, llanto por llanto. Pero he aquí que regresan triunfantes, los brazos no bastan para la gavilla!"... Este mundo es sólo un comienzo. Al hacer una primera lectura, llama la atención el inicio exultante de este salmo: la liberación definitiva parece totalmente lograda, en las dos primeras estrofas... ¿Por qué entonces, las otras dos estrofas nostálgicas? El regreso de los cautivos, siendo maravilloso, fue parcial y engañoso: después de las risas y los cantos de alabanza, el combate humano empezó de nuevo... Nunca se repetirá suficientemente: solamente la Resurrección realizará plenamente la promesa de Dios. Hay que esperar, "sembrando con lágrimas", pero sabiendo que la parusía (la gloria de Dios) está en marcha y que oscura pero seguramente el grano germina y la cosecha madura: el reino viene. La Iglesia sabe, experiencia universal, que las lágrimas son simiente de alegría (Noel Quesson). 
Filipenses (1,4-6.8-11) nos dice: “el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús… que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis al día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, a gloria y alabanza de Dios”. Les habla de la oración y confianza que él tiene, de la esperanza y espera en la definitiva venida del Señor Jesús. La vivencia actual es un adelanto de lo pleno por venir. El amor de ahora ha de ir creciendo en todos los aspectos y ciertamente será así si nos abrimos del todo a la obra comenzada por Dios. Lo importante es esa mirada esperanzada hacia un Señor que no está sólo en el futuro, sino que se muestra ya actuando en nosotros y entre nosotros. No esperamos algo simplemente, sino algo que ya está en germen aquí y ahora. Ese algo es, sobre todo, el amor, la comunidad, la alegría. Tal es la actitud cristiana propia del Adviento y de toda la vida que es un cierto adviento continuo (Federico Pastor). Renovados por el espíritu evangélico, impregnados de esta sensibilidad cristiana, serán como un árbol capaz de dar frutos de justicia. Llegarán así limpios e irreprochables al día de Cristo. Y todo será, en definitiva, manifestación de la obra que Dios realiza en ellos por Jesucristo. Consiguientemente, todo será para alabanza de Dios (“Eucaristía 1988”). La palabra clave de esta lectura, en esta celebración de Adviento, es el "Día de Cristo Jesús" (v 8), o "Día de Cristo" (v 10). El término escatológico es lo que más netamente diferencia la moral cristiana de una ética humana, o, lo que es peor, de un simple conductismo sin sentido último. La esperanza cristiana tiene un término, y este término no es una utopía del creyente, y lo mueve a colaborar él mismo en esta venida (v 5: "habéis sido colaboradores en la obra del evangelio, desde el primer día hasta hoy"). Otra nota de la moral cristiana es el teocentrismo: es el Padre quien ha empezado en cada uno de nosotros la obra de la salvación, y él mismo es quien la llevará a término (v 6). Concordia de la iniciativa de Dios y la colaboración del hombre: misterio de gracia y libertad: ¡cuando algunos textos litúrgicos traducen "gracia" por "amistad", no lo han dicho todo, desde luego! Dos notas ambientales, además: la oración (v 9), puesto que Dios ha querido que su don (la gracia, pero sobre todo la persona del Hijo que el Padre da por amor al mundo) fuese libre por su parte pero rogada por la nuestra; y la alegría, que atraviesa de parte a parte la carta a los Filipenses (Hilari Raguer).
Manteneos limpios e irreprochables para el día de Cristo. El ideal de la perfección cristiana y de la caridad creciente son las garantías evangélicas que nos pueden llevar santos e irreprochables hasta el Día del Señor. ¡Hasta el encuentro definitivo con el Corazón del Redentor! En el contexto del Adviento hemos de subrayar en esta lectura la idea del crecimiento, del desarrollo de la vida cristiana. Hemos de advertir como un deber imperioso e improrrogable que es necesario desarrollar la propia vida cristiana hacia formas más concretas y encarnando testimonios de los valores que ella encierra. No podemos contentarnos con una actitud de mera observancia de prácticas y preceptos. El cristiano no es solo un observante, sino también y principalmente un testigo de la vida de Cristo en toda su plenitud desde la Encarnación hasta su Ascensión a los cielos. Este tiempo litúrgico nos ofrece la ocasión de una revisión del modo cómo somos testimonio cristiano en medio del mundo.
Todos reconocerán al Jesús humillado y glorificado como el Señor, enviado del Padre para salvar, acogido por unos, desconocido por otros, rechazado por algunos. Ante la venida definitiva del Señor los cristianos han de ir a su encuentro con buen ánimo, no impedidos por los afanes justos de este mundo, sino guiados por la sabiduría iluminadora de Dios. En este contexto se encuadra la lectura, que habla de un crecer "en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores", con limpieza "e irreprochables, cargados de frutos de justicia", con la mirada puesta en el "Día de Cristo el Señor".
Un puñado de cristianos era la comunidad de Filipo y san Pablo estaba convencido de que era una empresa inaugurada por el mismo Cristo. Así, nosotros hemos de afianzarnos en los valores evangélicos, como recomienda san Pablo, "que vuestro amor siga creciendo en penetración y sensibilidad para apreciar los valores" y así podremos descubrir los caminos por donde quiere acercarse el Señor a nuestro entorno social, grupo parroquial, etc.
Cuando se celebra una ordenación de sacerdote o de diácono el obispo, después del interrogatorio previo, acaba con unas palabras que hallamos en la segunda lectura de hoy. Dice al que ha de ser ordenado: "El que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús". Creo que este deseo nos lo podemos aplicar todos y nos puede ayudar a centrar el sentido de este tiempo de Adviento. Como en todo momento importante de la vida cristiana, encontramos dos realidades que hacen una combinación magnífica: en primer lugar la iniciativa y la acción eficaz de Dios que no para hasta llevar a buen término su propósito de salvación. Y también descubrimos qué capacidad de respuesta crea en la humanidad esta actuación de Dios. Durante el Adviento lo veremos en dos personajes que las lecturas nos presentan con un relieve especial: Juan Bautista y María. Ambos son también figura de la acción de la Iglesia que en cada generación debe preparar los caminos del Señor y debe como darlo a luz, hacerlo presente en medio de la humanidad.
-Dios levanta a la humanidad caída "Dios actúa con su justicia y su misericordia", nos decía el profeta Baruc. Es la misma certeza y confianza que como un pregón de todo el Adviento escuchábamos el domingo pasado. No hay ninguna situación por desesperada que parezca que no pueda invertirse. Las lágrimas pueden trocarse en cánticos de júbilo y bienaventuranza. Puede parecer un sueño, pero es una realidad muy firme y esperanzada. Lo que parece imposible para los hombres no lo es para Dios. La ciudad de Jerusalén recuperándose del exilio es un símbolo e toda la humanidad hundida y sufriente por tantos desastres pero que ahora ve esta promesa de restauración: ¡levántate, levántate!, ¡anda!
-También nuestra vida ha de levantarse. Pero Dios no actúa de una manera mágica, al margen de nuestra responsabilidad. También nuestra propia vida en este Adviento que es el camino de la vida la proximidad y la invitación del Espíritu de Dios a seguir avanzando, especialmente en este tiempo, a crecer en el camino cristiano que un día iniciamos. La iniciativa de Dios no se detiene ni se echa atrás. El mismo convencimiento que con tanto afecto expresaba san Pablo a los Filipenses vale para nuestra parroquia, familia… "El que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús". Y vale la pena que nos fijemos en qué consiste esta empresa buena y hacia qué término apunta: en primer lugar es un crecimiento en el amor, siempre más y más. Es la dirección permanente e ilimitada de la vida cristiana. Con imaginación, con eficacia. No quedándonos en unos buenos sentimientos, sino descubriendo el amplio abanico del servicio y del amor: desde las formas más simples, inmediatas y valiosas de la asistencia y el voluntariado hasta las formas más amplias, complejas y también tan valiosas del trabajo social o político, o de la vocación a consagrar toda la vida al servicio del Evangelio. San Pablo habla de aumentar la penetración y la sensibilidad para apreciar los valores auténticos. Saber ver, escoger, juzgar, decir oportunamente sí y no para no equivocarse, para avanzar seguros hacia el día de Cristo Jesús, el gran Adviento definitivo.
«Ponte en pie, Jerusalén».
«Que el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena, la llevará adelante». La segunda lectura nos traslada a la Nueva Alianza. No se puede decir sin más que con la venida de Jesús hayamos llegado a la meta, pues él es «el camino nuevo y vivo» (Hb 10,20). El sigue siendo también para la Iglesia peregrina «el pre-cursor», el que «precede» (Hb 6,20), y ningún cristiano puede permitirse el lujo de descansar prematuramente: «Temamos, no sea que, estando aún en vigor la promesa de entrar en su descanso (de Dios), alguno de vosotros crea que ha perdido la oportunidad» (Hb 4,1). La carta de Pablo a los Filipenses habla constantemente de este «estar en camino», ciertamente ahora ya con una mayor «confianza» que en la Antigua Alianza: porque Cristo «ha inaugurado una empresa buena», y si nosotros permanecemos en su camino, creciendo en «penetración y sensibilidad», él «la llevará adelante» hasta el día de su venida última y definitiva. «El camino del Señor» prometido en Isaías, el camino que es necesario preparar y que fue anunciado con tanta seriedad como apremio por el Bautista, se ha convertido ahora en el «Camino» que es el Señor mismo, que está siempre dispuesto a llevarnos consigo a través de él (Hans Urs von Balthasar).
Lucas (3,1-6) nos muestra que “vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: «Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios.»”-Juan Bautista prepara el día de Cristo Jesús. Fue el Precursor. Una esperanza que deviene universal: todos verán la salvación de Dios. Juan Bautista es estímulo para cada uno de nosotros y figura para toda la Iglesia. Preparando la Navidad aprendamos de él a recibir verdaderamente la Palabra de Dios, a experimentar la conversión, a vivir con sencillez y coherencia, a ser testigos valientes del Evangelio. La Eucaristía que celebramos es anuncio de la obra universal de salvación y alimento para que Dios vaya completando su trabajo, para que vaya haciendo Adviento en nuestras vidas. 
Todos verán la salvación de Dios. Ni el pesimismo enervante, ni la temeraria autosuficiencia, ni las conductas tortuosas son senderos que nos llevan a Cristo. Solo la renovación interior puede abrir nuestras vidas al mensaje del Evangelio y al Amor santificador de Cristo. Si el Adviento ha introducido en la historia humana la Época última y se identifica con ella, ha de ser por esto una actitud constante de la vida cristiana. El creyente ha de sentirse siempre en estado permanente de conversión. Oigamos a San León Magno: «Demos gracias a Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo, que, por la inmensa misericordia con que nos amó, se compadeció de nosotros y, estando muertos por el pecado, nos resucitó a la vida de Cristo (Ef 2,5) para que fuésemos en Él una nueva criatura, una nueva obra de sus manos. Por tanto, dejemos al hombre viejo con sus acciones (Col 3,9) y renunciemos a las obras de la carne nosotros que hemos sido admitidos a participar del nacimiento de Cristo. Reconoce ¡oh cristiano! tu dignidad, pues participas de la naturaleza divina (2 Pe 1,4) y no vuelvas a la antigua vileza con una vida depravada. Ten presente que, arrancado al poder de las tinieblas (Col 1,13) se te ha trasladado al reino y claridad de Dios. Por el sacramento del bautismo te convertiste en templo del Espíritu Santo. No ahuyentes a tan escogido huésped con acciones pecaminosas» (Homilía 1ª sobre la Natividad del Señor 3).
-Todos verán la salvación de Dios. La salvación es universal: aquel que nace en Navidad es el salvador de todos los hombres (recordemos:"omnis caro" toda carne). La iglesia, decimos, es el "sacramento" (el signo sensible) de esta salvación universal, el lugar donde se hace accesible y visible. El resplandor de la Iglesia se ve hoy por todas partes. Pero ¿es realmente signo sensible de aquel que vino "en la humildad de nuestra carne"? (Josep M. Totosaus).
¿Cuándo acabará este mundo? Si nos referimos a la fecha en que ha de terminar la existencia del cosmos material, preguntémosle a la astrofísica. Si la pregunta es más teológica y pone su acento en el "éste", ya conocemos la respuesta de las primitivas comunidades. Como creyentes, nuestro interés está en hacer llegar el reino y que la voluntad del Dios que ama a los hombres se haga en la tierra y en el cielo (“Eucaristía 1988”).
En un primer momento, la comunidad primitiva, que había convertido el "día" de Yahvé en el "día" de Jesús, pensó que ese "día" no se había realizado con la resurrección de Jesús, por lo que siguió esperando su segunda venida triunfal (parusía). Mas acabó comprendiendo que tal "parusía" iba presencializándose en cuantos creyentes conseguían cristificar su existencia. Así pues, más que suspirar por una futura venida de Jesús al hombre, éste debía esforzarse por ir a Jesús. ¿Cómo? Ajustando su existencia al módulo de vida marcado por el anuncio evangélico, donde Jesús invitaba a encarnar una dinámica de entrega y amor. El la vivió ofreciéndola al hombre como módulo existencial. Por eso, quien se adecúe al mensaje evangélico irá aproximándose a Jesús, dando forma en su vivencia personal a esa "parusía" que el cristiano naciente envuelve siempre en un ropaje mítico.
El camino. Quizá ninguna otra palabra mejor define la dinámica de la vida cristiana que el camino. P. Tena: "notemos aquí ya el tema del camino, que será central en el evangelio de Lucas que leeremos este año: el camino de retorno de los pecadores-salvadores hacia Jerusalén-Iglesia-gloria que es posible gracias al camino eficaz realizado por JC Salvador hacia Jerusalén-misterio pascual-evangelización universal". El tema del camino al que es llamado el cristiano, siguiendo a JC, es simultáneamente el camino de la esperanza. Y también, todo va unido, el tema de la alegría de vivir en comunión con el amor de Dios. El resumen es: el cristiano es un hombre con una peculiar vocación: caminar esperanzadamente y alegremente en comunión con el amor salvador de Dios. Un caminar que significa respuesta a la iniciativa salvadora de Dios, que se concreta en un difundir este amor salvador -difundirlo gozosamente-, más allá de las dificultades de la vida de cada día, impulsado por la gran esperanza que tenemos en nosotros.
El Adviento es el tiempo típico de la esperanza. La colecta de hoy habla precisamente de salir "animosos al encuentro de tu Hijo" y pide "participar plenamente del esplendor de su gloria". Es una invitación a caminar con alegría y esperanza, basándonos en la fe en el Dios que libera, que salva (Joaquín Gomis), al que pedimos: "Que los afanes de este mundo no nos impidan salir animosos al encuentro de tu Hijo" (colecta); "danos sabiduría para sopesar los bienes de la tierra amando intensamente los del cielo" (postcomunión). Durante el Adviento renovamos la esperanza escatológica de la consumación y la plenitud; pero ésta se nos ha ido acercando en la historia, hasta el punto que no será otra cosa que la segunda venida de aquel que vino "en la humanidad de nuestra carne" (prefacio).
El desierto es un lugar que hace cambiar en lo físico Y en lo espiritual. Tras una experiencia de desierto muchos se han sentido trastocados. Juan Bautista vivió en el desierto, forjó y templó su espíritu en el desierto. Juan Bautista cambió en lo físico y en lo espiritual. Seguro que su figura sería de ceño duro, de piel curtida, de cabellos enredados por el viento del desierto; su figura sería terriblemente amenazante. Y es que Juan Bautista es profeta por la palabra recibida en el desierto, lugar de escucha. Sobre él vino la Palabra de Dios. Nos lo ha situado el Evangelio dentro de un marco histórico. Juan Bautista nos habla del Adviento: "enderezad lo torcido, allanad lo escabroso"; este gran mensaje del adviento primero y de nuestro adviento de hoy, tiene un sentido actual, vivo, palpitante en nosotros. Evidentemente Dios no viene a nosotros por lo fácil, sino por lo difícil; y nosotros los cristianos debemos hacer fácil lo difícil; y porque resuena en nosotros la palabra incesante de Dios, tenemos que lanzarnos y comprometernos, tenemos que asimilar todo lo que es trascendente, que no es fruto de ilusiones o filosofías humanas, sino del fiarnos de Dios. 
Si escuchamos la Palabra de Dios sentados, en actitud de acogida, es para ponernos en pie. Nos lo ha dicho el profeta Baruc: "Ponte en pie, Jerusalén". "Ponéos en pie, cristianos: Basta ya de sentadas. Basta ya de pasividades, de pacifismos cómodos, estemos en pie. Seamos signos, en nuestra nación, en todo el mundo, en nuestra ciudad, de testimonio fiel y justo de una verdad, de una esperanza. Ser cristiano es recibir la Palabra y trasmitir la Palabra. No es silencio, no es callar, no es conformarnos con todo. 
Hubo un mensaje en el desierto de Juan el Bautista. Hay un mensaje, hoy, para nuestro mundo, para los que esperan y para los que aún no han abierto su corazón a la esperanza: "Dios viene, Dios nos salva. Dios está presente en nuestra historia". Sepamos salir de bloqueos, de cerrazones, de fracasos, de pesimismos, de tinieblas. Comprometámonos a ser signos de la verdad de Dios, de la justicia de un nuevo nacimiento, un nuevo mundo, una nueva sociedad; sólo así haremos posible la salvación de Dios (Andrés Pardo).
S. Agustín explica con la frase final como será la resurrección de la carne: “Quizá a alguien le parezca que es tan claro el testimonio en favor de la visión de Dios por la carne como el que se refiere al corazón, pues está escrito: Toda carne verá la salvación de Dios (Lc 3,6). El testimonio referido al corazón es clarísimo: Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios (Mt 5,8). Tenemos también uno referido a la carne: Toda carne verá la salvación de Dios. Ante esto, ¿quién dudaría de que aquí se promete la visión de Dios a la carne, si no intrigase saber qué es la salvación de Dios? En verdad no nos intriga, puesto que no tenemos la menor duda: la salvación de Dios es Cristo el Señor. Así, pues, si a nuestro Señor Jesucristo sólo se le viese en la naturaleza divina, nadie dudaría de que también la carne vería la sustancia de Dios, puesto que toda carne verá la salvación de Dios. Mas nuestro Señor Jesucristo puede ser visto, en cuanto se refiere a su divinidad, con los ojos del corazón limpios, perfectos, llenos de Dios; pero fue visto también en su cuerpo, según lo cual está escrito: Después de esto fue visto en la tierra y convivió con los hombres (Bar 3,3.8), ¿Cómo puedo saber por qué se dijo que toda carne verá la salvación de Dios? Nadie dude de que se dijo porque verá a Cristo. Pero se duda y se pregunta si se trata de Cristo el Señor en su cuerpo o en cuanto la Palabra existía en el principio, y la Palabra estaba junto á Dios, y la Palabra era Dios (Jn 1,1). No me agobies con un solo testimonio; te lo repito al instante: Toda carne verá la salvación de Dios. Se admite que equivale a «toda carne verá al Cristo de Dios».
Pero Cristo fue visto también en la carne, y no ciertamente en carne mortal, si es que aún puede hablarse de carne tras convertirse en espiritual, pues incluso él mismo, después de la resurrección, dijo a quienes le estaban viendo y tocando: Palpad y ved, que un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo (Le 24,39). Se le verá también en esa condición. No sólo se le vio, se le verá también. Y quizá entonces se cumplirá de forma más plena lo dicho: Toda carne. Entonces, en efecto, lo vio la carne, pero no toda carne; mas entonces, en el momento del juicio, cuando venga con sus ángeles a juzgar a vivos y muertos, después que todos los que estén en los sepulcros oigan su voz y salgan fuera, y unos resuciten para la vida y otros para el juicio, verán la misma forma que se dignó tomar por nosotros. La verán no sólo los justos, sino también los malvados, unos desde la derecha, otros desde la izquierda, pues incluso quienes le dieron muerte verán al que traspasaron (Jn 19,37). Así, pues, toda carne verá la salvación de Dios. Verán su cuerpo mediante el cuerpo, puesto que ha de venir a juzgar en el cuerpo...
El justo Simeón lo vio tanto con el corazón, puesto que lo reconoció cuando era aún un niño sin habla, como con los ojos, puesto que lo cogió en brazos. Viéndole de esta doble manera, es decir, reconociendo en él al Hijo de Dios y abrazando al engendrado por la Virgen, dijo: Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo ir en paz, porque mis ojos han visto tu salvación (Lc 2,25-30). Ved lo que dijo. Se hallaba retenido aquí hasta que viera con los ojos a quien veía con la fe. Tomó en sus brazos un cuerpo pequeñito; lo que abrazó fue un cuerpo, y viendo un cuerpo, es decir, contemplando al Señor en la carne, dijo: Mis ojos han visto tu salvación” (Sermón 277,16-17). 
Preparad el camino del Señor: Dios no habla para que todo siga igual sino para que todo cambie, para que cambie el hombre y el mundo. Para que el hombre se convierta, para que el mundo se transforme. Dios habla para que el hombre vire en redondo, vuelva su rostro a la Promesa, se oriente hacia el reinado de Dios que se acerca, que está viniendo cuando el hombre escucha. Donde hay una promesa nace una esperanza. Donde Dios pronuncia su Palabra, que es promesa, nace la esperanza contra toda esperanza humana, la esperanza que no defrauda. Y la esperanza se hace camino, eleva los valles, allana los montes, endereza lo que está torcido, vence las dificultades. La Palabra de Dios, la Promesa, tiene una gran fuerza de movilización.
La conversión, como conversión que es a la Promesa, es conversión hacia delante. No lamento del pasado, no resignación en el presente, no fijación estéril en nuestra miseria y en nuestras lágrimas. Es cambio. El que tenga dos túnicas que dé una, el que cobra los impuestos que cobre sólo lo justo, el soldado que se contente con su soldada y no haga extorsión a nadie...
Convertirse es pasar a la acción para que todo sea y se haga como debe hacerse. Para que haya igualdad, para que haya justicia, para que desaparezca la violencia en el mundo. Porque todas estas cosas es preparar los caminos a lo que ha de venir, al cumplimiento de la Promesa, al reinado de Dios que se acerca. La esperanza cristiana, como respuesta a la Promesa de Dios, no consiste en estar a la espera, con los brazos cruzados o las manos juntas creyendo que el reinado de Dios es una bicoca caída del cielo. No tendría sentido que Dios nos hablara como si nosotros no tuviéramos ya nada que hacer con su Palabra (“Eucaristía 1982”).
«Preparad el camino del Señor». El evangelio de hoy, con sus detallados datos históricos y cronológicos sobre el momento en que, con la aparición del Bautista, ha comenzado el acontecimiento decisivo de la salvación, se muestra seriamente decidido a situar este acontecimiento en el marco de la historia del mundo. No se trata de imágenes, de símbolos, de arquetipos, sino de hechos que se pueden datar con exactitud. El primer hecho es que la palabra de Dios vino sobre Juan: el Bautista es llamado y enviado como el último de los profetas, cerrando con ello la serie de las misiones proféticas anteriores tanto mediante su existencia como mediante su tarea, que corresponde a la gran promesa de Isaías y, según se nos dice, la «cumple». Su misión personal, que no es mera repetición de palabras antiguas, se distingue por su bautismo. Los simples llamamientos de los profetas anteriores quedan aquí, al final del tiempo de la promesa, superados mediante un acción que afecta a todo el pueblo. Cuando se sumerge en el agua del bautismo, «el que se convierte» testimonia, con su inmersión-emersión, que en lo sucesivo quiere ser otro, vivir como un ser purificado, convertir su camino torcido en un camino recto. En Juan Bautista toda la Antigua Alianza reconoce que ella no es más que un preludio de lo decisivo, que viene ahora (H. von Balthasar). 

El templo de los adoradores del verdadero Dios es Jesús, que nos llega por el sí de María, y permanece en su Cuerpo místico, la Iglesia (domingo 4º de Adviento, ciclo B): 2 Sam (7-1-5.8b-11.16) cuenta cómo a diferencia de Mical, que pensaba que David perdía autoridad si se humillaba ante Yahvé, el rey, consciente de que si algo ha llegado a ser se lo debe al Señor, cree firmemente que su fuerza le vendrá de someterse plenamente a Dios y ponerse confiadamente en sus manos. David es el hombre de las corazonadas. Con el mismo entusiasmo con que se había puesto a danzar ante el arca, un día, cuando «se instaló en su casa y Yahvé le dio paz con sus enemigos de alrededor» (v 1), no sabiendo qué hacer para expresar a Dios el agradecimiento que le rebosa del corazón, toma una decisión: no puede ser que mientras él se ha hecho un palacio, more Yahvé en una tienda de campaña, la tienda en la que había hecho instalar el arca de la alianza. Expone su propósito al profeta Natán, para consultar la voluntad divina, y Natán se entusiasma: "Anda, haz lo que tienes pensado, pues Yahvé está contigo" (3). Mas a veces confunden los profetas sus propios pensamientos con los de Dios. Aquella noche -en un sueño seguramente- llega a Natán la palabra auténtica de Dios y al día siguiente ha de anunciar a David que Yahvé no quiere que le edifique el templo proyectado. No obstante, ha agradado a Dios la generosidad del rey, y se la quiere recompensar. El oráculo lo expresa con un juego de palabras por el doble sentido de la palabra casa, que tanto quiere decir edificio como linaje o descendencia. ¿Tú me querías edificar una casa a mí? ¡Soy yo quien te la edificaré a ti! Y Dios promete a David que su realeza, a diferencia de la de Saúl, será hereditaria, y se transmitirá a sus descendientes por siempre; si obran mal, los castigará, pero su trono se mantendrá por siempre (5-16). Este capítulo, según algún exegeta, está inspirado en la parte más antigua del salmo 89 (vv 2-5.20-38), que sería el primer testimonio de la profecía de Natán. Se trata de una verdadera alianza, no entre iguales, sino manifestación de los grandes favores y la fidelidad de Yahvé para con David y su descendencia, que hallará su pleno cumplimiento en la realeza de Jesús, de quien el ángel anunció a María que recibiría "el trono de David, su padre", y que su reino no tendría fin (Lc 1,32-33; H. Raguer).
No será un pueblo del templo, sino de la alianza; también la nueva Alianza será el memorial de Jesús con las piedras vivas que forman la Iglesia. Este cuarto domingo de Adviento recuerda las profecías importantes del A.T. Lógicamente el autor sagrada o llegaba a atisbar entonces que la verdadera "casa" de Dios y garantía decisiva de la estabilidad y de la salvación del pueblo gracias a su adhesión filial al Padre sería Cristo. El sacrificio eucarístico da cumplimiento a la profecía de Natán, puesto que representa la adhesión del Hijo a su Padre, garantía de la eternidad del pueblo de los hijos de Dios, por encima incluso de la muerte (Maertens-Frisque). Cuando el rey David se estableció en su palacio y el Señor le dio la paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al Profeta Natán: —Mira: yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor vive en una tienda.
Natán respondió al rey: —Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo.
Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor: —Ve y dile a mi siervo David: «¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que animales lo aflijan como antes, desde el día que nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre.»
El Salmo (88,2-3.4-5.27.29) proclama: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor, / anunciaré tu fidelidad por todas las edades. / Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno, / más que el cielo has afianzado tu fidelidad.»
Sellé una alianza con mi elegido, / jurando a David, mi siervo: / «Te fundaré un linaje perpetuo, / edificare tu trono para todas las edades.»
El me invocará: «Tú eres mi padre, / mi Dios, mi Roca salvadora.» / Le mantendré eternamente mi favor, / y mi alianza con él será estable”. La situación evocada es la de una "entronización real" en la dinastía de David rey de Jerusalén: el trono, los atavíos reales, la corte, el palacio, los guardias, la campaña para vencer a los enemigos. Es bonito ver que el edificio más perfecto es la misericordia divina: la maravilla de las maravillas, más aún que la "Creación", es "LA ALIANZA": "Bienaventurado el pueblo que sabe aclamar, que camina a la luz de Tu rostro... Danza de alegría todo el día. Tú eres nuestra fuerza, Tú acrecientas nuestro vigor". Sí, Israel tiene conciencia de ser amado, elegido, mimado, por Dios. Dos palabras que forman una especie de pareja se repiten siete veces (no es mera coincidencia, pues el número siete es la cifra de la perfección): "¡AMOR" y "FIDELIDAD!". La unión de estas dos palabras, hace énfasis en la estabilidad, en la perennidad del amor, ideas que se refuerzan aún más mediante la repetición por siete veces de las palabras "sin fin", "para siempre". "La Alianza" con el conjunto del pueblo está simbolizada mediante la "Alianza" con el "Rey". David es el modelo. Toda la segunda parte del salmo es un recorderis del famoso Oráculo-Profecía de Natán, que anunciaba la estabilidad de la Dinastía de David hasta el fin de los tiempos. Sólo en Jesucristo alcanza este salmo pleno sentido. Sólo El puede decir a plenitud: "Tú eres mi Padre". El es el verdadero "Mesías", el "Ungido" (en griego "Christos"), consagrado por el Espíritu Santo. Resulta emotivo colocar esta lamentación en los labios de Jesús durante su Pasión; El sabía que era "Rey". "Sí, Yo soy Rey, pero mi Reino no es de este mundo" (Jn 18,33-37). Una vez más digamos, que la resurrección es el centro de nuestra fe cristiana. Da respuesta definitiva a los interrogantes y promesas del Antiguo Testamento: "¿Hasta cuándo estarás escondido? ¿Nos habrías creado para la nada? ¿Quién puede vivir y no ver la muerte? ¿Dónde está tu primer amor, Señor? ¡Jamás violaré mi Alianza! Su Trono permanecerá para siempre, como el sol en mi presencia, como la luna puesta para siempre, testigo fiel allá arriba" Sin la Pascua, todas estas promesas son irrisorias. Si queremos "orar" de verdad y no solamente "recordar el pasado" mediante dos reconstrucciones históricas, hay que trasladar este salmo a la actualidad. A pesar de las apariencias "particulares" de este salmo, tiene un trasfondo "universal"; a pesar de estar "situado" en el pasado, es de gran actualidad. Creer en Dios a pesar de todas las apariencias contrarias. Hoy como en aquel tiempo, se vive la "fe" de la misma manera. El Reino de Dios es semejante a un "campo de trigo lleno de mala hierba", en que están íntimamente mezclados "gérmenes de vida y simientes de muerte". El enemigo, aparentemente, triunfa por doquier. Pobre Rey, nuestro Dios; parece impotente, no se defiende, se deja crucificar. Digamos de una vez: "¿hasta cuándo estarás escondido?"... Y luego: "¡bendito sea el Señor para siempre!". Situaciones de fracaso, convertidas en llamado a la esperanza. La experiencia de su fragilidad, hace experimentar al hombre con mayor vehemencia la necesidad de una estabilidad. "Acuérdate, Señor, cuán breve es mi vida". Las pruebas personales o colectivas, pueden cambiar nuestros sentimientos de fe y esperanza en rebeldía contra Dios. Pero también pueden convertirse en un trampolín hacia una mayor esperanza, purificada, probada, robustecida por el triunfo sobre la dificultad. Dios nos sorprende más allá de toda previsión. Dios nos creó para la felicidad de vivir. El es Todopoderoso. Pero a menudo nos desconcierta y sorprende. Su "vida" no es como la nuestra. Tampoco su poder. Dios supera totalmente nuestras concepciones. No necesita de nuestras apariencias de vida y poder para ser viviente y poderoso. La muerte misma no tiene ningún poder sobre El. El es el "Todo-otro". Nadie esperaba que el "Mesías de Dios" apareciera tal como Jesús lo hizo. Sin embargo, en su muerte, nos da la más maravillosa imagen de su AMOR y su FIDELIDAD. Secreto que permanecerá oculto a los corazones superficiales. Señor, "abre nuestros ojos a las maravillas de tu amor". Misericordias Domini in aeternum cantabo. ¡Cantaré eternamente el amor del Señor! (Noel Quesson).
El salmo 88 fue elegido para servir de respuesta a esta lectura: "Sellé una alianza con mi elegido jurando a David mi siervo: Te fundaré un linaje perpetuo edificaré tu trono para todas las edades". Toda la tradición, desde la generación apostólica, han visto en David rey el gran tipo de Cristo. Él es verdaderamente el primogénito del Padre, su trono es eterno, vence a los enemigos y extiende su poder a todo el mundo; él es el Ungido que recibe una descendencia perpetua. La paradoja es que el Padre permitió a su Hijo pasar por la afrenta y la derrota, lo hizo entrar en la zona de la cólera divina, en la dimensión contada del tiempo humano; sostuvo a sus enemigos y lo dejó bajar hasta la muerte. ¿Dónde quedaba la misericordia y la fidelidad del Padre? Todos los títulos y todos los poderes se los da el Padre a su Hijo, de modo nuevo y definitivo, en la resurrección. A esta luz resplandecen más el poder cósmico y el poder histórico de Dios; se ve que la ira y el castigo eran limitados; a esta luz comprendemos finalmente y cantamos en un himno cristiano «la misericordia y la fidelidad de Dios».
Romanos (16,25-27) “…Cristo Jesús —revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en la Sagrada Escritura, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe—, al Dios, único Sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén”. El gran peso de esta gran fórmula litúrgica está en las palabras "manifestado ahora": Jesús es, en adelante, la clave de la historia universal y del destino de todo hombre. Grandes palabras que hay que llenarlas de contenido en la lucha de cada día. La fe, respuesta al Evangelio (Rm 1,1), compromete al hombre entero. Por eso la fe es concebida como obediencia. Ella implica, efectivamente, que el hombre acepte libremente comprometer su vida y su persona al Dios que se revela a él como fiel y veraz y que, renovando al hombre, le permite y posibilita obedecer a su voluntad (cf Rm 6,15; “Eucaristía 1978”). 
Lucas (1,26-38) narra la maravilla de la Anunciación y la sitúa dentro del contexto profético y escatológico. Desde Dn 8,16 y Dn 9,21, Gabriel era considerado como el ángel especialista de la medida de las 70 semanas anunciadas antes del establecimiento del reino definitivo (Dn 9,24-26). 
Efectivamente, conforme al procedimiento midráshico de Lc 1-2, Gabriel aparece primero en Lc 1, 19 en el templo (lo leímos el día 19); después, al cabo de seis meses (180 días), a María, Lc 1,26; nueve meses después (270 días) nace Cristo, y 40 días más tarde hace su entrada en el templo. Pues bien, estas cifras hacen un total de 490 días, es decir, ¡SETENTA SEMANAS! Cada una de esas etapas es señalada, además, con la expresión "Cuando se cumplieron los días..." (Lc 1, 23; 2, 6; 2, 22). Cristo es, pues, el Mesías previsto en Dn 9, a la vez Mesías humano y también misterioso Hijo del hombre, de origen cuasidivino (Dn 7,13). Los acontecimientos que anuncian su nacimiento no son más que los preparativos de la entrada de la gloria de Yahvé, personificada en Jesús, en su templo definitivo. 
La escena se desarrolla dentro de una casita de Galilea, esa región despreciada (Jn 1, 46; 7, 41), por oposición a la escena grandiosa de la anunciación del Bautista en el templo (Lc 1, 5-25): ya se dibuja la oposición entre María y Jerusalén, una oposición que se perfila desde el momento de la salutación del ángel. Este toma, en efecto, su saludo de So 3, 16 y Za 9, 9, que dirigían a Jerusalén una salutación mesiánica destinada a anunciarle la próxima venida del Señor "en su seno" (sentido literal de la fórmula de So 3, 16). El ángel traslada, pues, a la Virgen los privilegios atribuidos hasta entonces a Jerusalén. Además, la influencia de Sofonías se siente a lo largo de todo el relato de la Anunciación (Lc 1,28 y So 3,15; Lc 1,30 y So 3,16; Lc 1,28 y So 3,14).
La expresión "llena de gracia" tiene –además del de plenitud de gracia- el sentido de "graciosa" como en el vocabulario de los esponsales. Al estilo de Ruth ante Booz (Rt 2,2; 10,13), Ester ante Asuero (Est 2,9; 15,17; 5,2.8; 7,3; 8,5), toda mujer ante los ojos de su esposo (Pr 5,19; 7,5; 18,22; Ct 8,10). Este contexto matrimonial está, pues, cargado de evocaciones: Dios busca desde hace tiempo una ESPOSA que le sea fiel. Ha repudiado a Israel, la esposa anterior (Os 1-3), pero está dispuesto a "prometerse" de nuevo. Interpelada con una expresión frecuente en las relaciones entre esposos, María comprende que Dios va a realizar con ella el misterio de los esponsales prometidos por el A.T. Este misterio alcanzará incluso un realismo inaudito, merced a que las dos naturalezas -divina y humana- se unirán en la persona del Hijo de María con un lazo mucho más fuerte que el de los cuerpos y las almas en el abrazo conyugal. 
El evangelio del día añade a estas palabras un miembro de frase que figura únicamente en la Vulgata: "Bendita Tú eres". Esta palabra es atribuida, efectivamente, a Isabel, en el momento de la Visitación; pero testigos tardíos la han reproducido aquí, sin duda, por influjo de oraciones como el Ave María. Pero la yuxtaposición de esta frase al versículo anterior tiene su importancia en el plano de la mariología. Al hacer este elogio, Isabel se inspiraba en un elogio dirigido antiguamente a Jael, la mujer victoriosa del enemigo (Jc 5,24-27). Esta mujer había matado al enemigo machacándole la cabeza, como había sido prometido a la descendencia de Eva (Gn 3,15). Un elogio similar será dirigido más tarde a otra mujer victoriosa: Judit (Jdt 14,7). Tenemos, pues, derecho a ver en esta aclamación el tema de la mujer victoriosa del mal y del enemigo.
vv. 30-33:Estas palabras del ángel se inspiran en otras del AT, especialmente en la profecía de Natán que tenemos en nuestra primera lectura. Confróntese también Is 9. y Dn 14. 7. 
v. 34:Implícitamente se afirma la ausencia de relaciones conyugales como un hecho, quizás incluso como una resolución conscientemente tomada por María. Ahora bien, en ningún lugar de todo el AT se valora la virginidad consagrada a Dios por encima de la maternidad fecunda. Jesús es el primero que descubre el valor de una virginidad voluntaria aceptada como signo de un servicio eficaz al Reino, por amor al Reino (Mt 19,20). Por otra parte, en el contexto religioso-cultural de María era deshonroso para una mujer el no tener hijos, lo cual se explica sin más si tenemos en cuenta las promesas que Dios hizo a Abrahán; abstenerse de los hijos equivalía hasta cierto punto a quedar al margen de las bendiciones de Israel. Además, los esponsales con san José parecen indicar que no existía por parte de María una previa consagración de su virginidad. Desde un punto de vista meramente exegético, la pregunta de la Virgen María debería interpretarse como expresión de su virginidad actual y, consiguientemente, de su perplejidad: las palabras del ángel se refieren a una concepción cuando ella "no conoce varón". El ángel le responde que no es preciso el que haya conocido varón, ya que ella concebirá por obra del Espíritu Santo. La resolución de permanecer virgen debió ser más bien motivada y fundada en el hecho de que Dios había puesto su mano sobre ella, santificándola como un templo para su Hijo. Su virginidad -como la de san José- estuvo especialmente relacionada con la Encarnación. Por supuesto que nadie como María realizó tan perfectamente la esencia de la virginidad cristiana: la entrega indivisa a Dios por una obediencia radical y un amor totalizante. 
El primer grupo de títulos atribuidos al Hijo de María evoca las promesas mesiánicas del profeta Natán (2 S 7,11-16). En este texto antiguo encontramos el vocabulario real que inspira a Lc 1,32-33. Jesús será "grande" (cf. 2 S 7,11); será Hijo del Altísimo, título reservado a los grandes personajes (Sal 2,7; 28/29,1; 81/82,6; 88/89,7) y previsto para el Mesías en 2 S 7,14. Se sentará sobre el trono de David como quieren también 2 S 7,16 e Is 9,6, pero el ángel supera las previsiones de Natán, puesto que ve a Cristo extender su reino a la casa de Jacob (las diez tribus del Norte). Realizará, pues, la unidad de Judá y de Israel (Ez 37,15-28; Dn 7,14; Mi 4,4-47), en espera de poder realizar la de los judíos y de las naciones. El ángel no exige a la Virgen que imponga a su Hijo el nombre de Emmanuel, previsto en Is 7,14. No hay nada de extraordinario en ello, puesto que ya de antemano se habían aplicado al Mesías una decena de nombres en los medios del judaísmo; pero ninguna tradición había pensado en "Jesús", que significa "Yahvé, nuestro Salvador". Este nombre recuerda a dos personajes del A.T., los cuales han señalado circunstancias importantes de la salvación en la historia del pueblo: Josué, "salvador" del desierto (Si 46,1-2), y Josué, sacerdote cuando el "salvamento" de Babilonia (Za 3,1-10; Ag 2,1-9). Jesús realizará una salvación mucho más decisiva cuando pase, como cabeza de fila, a través del sufrimiento y de la muerte para lograr la salvación de toda la humanidad.
v. 35: la expresión “el Espíritu vendrá sobre ti” significa lo mismo que "la nube luminosa" y "la gloria de Yahvé" en todo el AT, es decir, la señal de la presencia de Dios que protege a su pueblo (cf. Ex 13. 21-22; 24. 15-18; Is 4. 5-6). La Virgen es ahora como el santuario en el que se manifiesta la "gloria de Yahvé".
v. 38: María está en su lugar; como nosotros, "aquí" en el mundo, que es el lugar de la obediencia a la Palabra de Dios y de la esperanza de los hombres, el lugar en donde el Verbo se hace carne. María está conscientemente "aquí", y lo está porque es interrogada por Dios y llamada a su presencia. María está "aquí" para servir, con una actitud activa; aunque toda su actividad, como la nuestra, sea siempre provocada por la acción de Dios y la palabra que la anuncia. La respuesta de María: "Hágase en mí según tu palabra", es la manifestación de la más alta actividad del hombre, que es la acogida de Dios por la fe. Por eso lo que nazca de ella nacerá de Dios, no de la carne y de la sangre y por obra de varón, será el Hijo del Altísimo (“Eucaristía 1972”). 
En Ex 40,35, como aquí, la aparición de la nube manifiesta la presencia de Dios. El niño pertenecerá a ese mundo divino y celestial que la nube simboliza generalmente (v. 35). Permanecer virgen era anormal en Israel, excepto en la cultura esenia. Además, debe entenderse a la manera simbólica como todo este "midrash": María representa a Jerusalén, objeto de promesa de fecundidad. No conocer varón, para Jerusalén, es vivir al marasmo de su situación de repudiada, de abandonada, de desamparada (cf Is 60,15; 62,1-4). María lleva sobre sí la desolación de la ciudad repudiada, cuando oye que le dicen que serán celebradas nuevas bodas en las que Dios recuperará, en ella, a su antigua prometida. La anunciación realiza el misterio de las bodas de Dios y de su pueblo. El marco de su comunión nupcial con Dios realza su virginidad, el fruto de esta boda espiritual con Dios es Jesucristo (cf. Maertens-Frisque). 
Por su belleza literaria y por la hondura de su teología este texto constituye uno de los pasajes centrales del N.T. Dios actúa en la historia. No es la entidad suprema que reside impasible en el plano de su inmutable eternidad sino la fuerza liberadora y exigente que dirige los caminos de la historia de Israel y que ahora actúa de una forma decisiva por María: a) Habla a través del ángel, que es la expresión de su cercanía. b) Actúa creadoramente por medio de su Espíritu. c) Se actualiza en el "Hijo" que nace de María. María es la expresión de la humanidad que se mantiene abierta ante el misterio de Dios y concretiza la esperanza de Israel y el caminar de aquellos pueblos que buscan su verdad y su futuro. Pero, al mismo tiempo, María es la realidad del hombre enriquecido por Dios, como lo muestran las palabras del saludo del ángel que proclama: "el Señor está contigo", "has encontrado gracia ante Dios". Desde este punto de vista, María se convierte en la figura del adviento, en signo de la presencia de Dios entre los hombres. Más que Juan Bta., más que todos los profetas, ella es la humanidad que simplemente ama y espera, la humanidad que acepta a Dios, admite su Palabra y se convierte en instrumento de su obra. Así descubrimos que en el límite de su esperanza (hombre abierto a Dios) se encuentra el principio de la fe (la aceptación del Dios presente, tal como se refleja en la respuesta de María: "Hágase en mí según tu palabra").

En Lorda 1b hay citas de oráculos de alianzas del AT (Jr 31,31-34; 32,37-40; Ez 11,17-20; 36,25-27; 39,29; 37,21-28; Dn12; Is 11,1-9) que se van centrando en él Mesías (Is 42,1.5; 7,14; 49,1.5) a su vez se citan en el NT como las palabras del bautismo del Señor de la teofanía.
Cristo, modelo del hombre: plenitud de la Nueva Alianza
Cristo es la definición (perfectiva, no descriptiva) del hombre. Cristo manifiesta plenamente hombre al hombre. Cristo, imagen perfecta del Padre, es quien restaura la imagen de Dios que perdió el hombre por el pecado. Por eso se puede hablar de una relación creación-redención (cfr. Dominum et vivificantem 52). 
En el origen el hombre es hecho como imagen de Dios, y su fin es identificarse con Cristo. De ahí que la perfección del hombre sea Jesucristo. El hombre que quiere comprenderse debe ir a Cristo. Cristo ha dado a la vida humana la dimensión que Dios quería dar desde el principio y la ha dado de manera definitiva.
Para conocernos debemos, por tanto, saber cómo es Cristo y qué nos dice Cristo del hombre. Debemos completar una teología de la imagen. Vemos en algunos pasajes esta ideas: Col 1,15: El es imagen de Dios invisible, primogénito de toda creatura; Heb 1,3: Imagen de la gloria de Dios; prologo de San Juan: a través del Verbo fuero creadas todas las cosas; Rom. 5,14: Adán es imagen del que había de venir (en este pasaje ya se ve que la encarnación está presente desde la creación, pues en la creación está presente la imagen de Jesucristo); 1 Cor. 15,49: Del mismo modo que hemos vestido la imagen del hombre terrestre revestiremos la celestial.
Cristo es el modelo y primicia del hombre. La figura de Jesucristo es modelo (prototipo) y primicia. El modelo nos dice que hemos de asemejarnos a Él; la primicia que es el primero en llegar al fin, lo que a Él le pasó le tiene que ocurrir a los demás hombres
La nueva Alianza es una renovación interior, un nuevo Pueblo por la infusión del Espíritu Santo en donde Cristo es el modelo y la primicia porque tiene la plenitud del Espíritu Santo.
Esta primicia y modelo también se da de modo eminente en la Muerte, Pasión y Resurrección: en Cristo todos seremos vivificados (1 Cor. 5, 20). Cristo es el primero en recorrer el camino hacia la casa del Padre.
Los rasgos de Cristo como primicia y modelo lo podemos encuadrar en rasgos de tipo glorioso y en rasgos de tipo no glorioso.
A) Rasgos de tipo glorioso: 
a.1) Primicia y modelo en la plenitud del Espíritu: Cristo es el Mesías, el Ungido por el Espíritu Santo. De donde concluimos que esto se realiza en el hombre por el bautismo, ahí somos ungidos por el Espíritu que en primer lugar ungió a Cristo. Por tanto, cada cristiano también es ungido por el Espíritu Santo. Cristo es el prototipo de la nueva Alianza porque lleva el Espíritu en plenitud.
a.2) Primicia y modelo de filiación: Cristo es el Hijo de Dios y nosotros somos hijos adoptivos de Dios (Rom. 8,14-16). Por Cristo, al comunicarnos su Espíritu, podemos clamar Abbá, Padre. Cristo es el modelo de entrega al Padre (2 Pet. 1,4).
a.3) Primicia y modelo de la plenitud de la caridad: la plenitud del Espíritu da lugar a una plenitud de la Caridad. Por eso el mandamiento del Cristiano es amar como Cristo ha amado y por ese amor a los demás.
a.4) Primicia y modelo en el triplex munus: Cada cristiano por la unción del Espíritu tiene las tres funciones de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey.
B) Rasgos de tipo no glorioso:
b.1) Primicia y modelo de Siervo de Yahvé: Cristo toma lo condición de siervo y se convierte en modelo de dolor, para redimir a los hombres. En Cristo hay un modelo de padecimiento: “si en el árbol verde han hecho esto, ¿qué harán en el seco?”. Cristo se solidariza con todos los que sufren y por eso se puede colaborar a la redención Cristo de manera misteriosa.
• La acción del Espíritu Santo
En la nueva Alianza lo característico es el Espíritu Santo. La verdadera “circuncisión” es por el Espíritu Santo (Rom 2, 29).
La acción del Espíritu Santo nos lleva a identificarnos con Cristo, nuestro fin. El Espíritu es quien nos transforma. Es el que nos hace ser hombres nuevos, interiores y espirituales. Es el que no diferencia.
Siguiendo a San Pablo podemos poner las tres grandes contraposiciones que nos diferencia cuando tenemos el Espíritu:
Hombre viejo vas. hombre nuevo
Hombre exterior vas. hombre interior
Hombre carnal vas. hombre espiritual
Estas tres comparaciones son muy importantes. Los cristianos pasan a entrar a este mundo nuevo con el bautismo (Roma 13,14; Col. 3,15; 2 Coro. 15, 2-17; Al. 6,15; Fe. 2, 10). Esa recreación supone una nueva conducta, que contrasta con la conducta pagana (Tinto 3; Col. 3,9; Fe. 4, 17-24). Nos impulsa a buscar los bienes de arriba.
San Pablo le da mucha importancia al “ágape”, al amor causado por el Espíritu Santo. La característica del amor divino es que es creativo y previo.
San Juan habla de las aguas que dan vida. La acción del Espíritu Santo es una acción interior y vivificadora. El Espíritu causa la comunión de los hombres (Pentecostés es la contrapartida de Babel).
La acción del Espíritu Santo nos hace criaturas nuevas y nos constituye en hijos de Dios.




Llucià Pou Sabaté
Last modified: Sunday, 27 February 2011, 02:02 PM
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