CAPITULO III, IV y V

CAPITULO III

DE LA CONSTITUCION JERARQUICA DE LA
IGLESIA Y EN PARTICULAR SOBRE EL EPISCOPADO

Proemio

18. En orden a apacentar el Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre,
Cristo Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios ordenados al bien de todo el
Cuerpo. Porque los ministros que poseen la sagrada potestad están al servicio de sus
hermanos, a fin de que todos cuantos son miembros del Pueblo de Dios y gozan, por tanto,
de la verdadera dignidad cristiana, tiendan todos libre y ordenadamente a un mismo fin y
lleguen a la salvación.

Este santo Concilio, siguiendo las huellas del Vaticano I, enseña y
declara a una con él que Jesucristo, eterno Pastor, edificó la santa Iglesia enviando a
sus Apóstoles como El mismo había sido enviado por el Padre (cf. Jn., 20,21), y quiso
que los sucesores de éstos, los Obispos, hasta la consumación de los siglos, fuesen los
pastores en su Iglesia.

Pero para que el episcopado mismo fuese uno solo e indiviso, estableció
al frente de los demás apóstoles al bienaventurado Pedro, y puso en él el principio
visible y perpetuo fundamento de la unidad de la fe y de comunión.

Esta doctrina de la institución perpetuidad, fuerza y razón de ser del
sacro Primado del Romano Pontífice y de su magisterio infalible, el santo Concilio la
propone nuevamente como objeto firme de fe a todos los fieles y, prosiguiendo dentro de la
misma línea, se propone, ante la faz de todos, profesar y declarar la doctrina acerca de
los Obispos, sucesores de los apóstoles, los cuales junto con el sucesor de Pedro,
Vicario de Cristo y Cabeza visible de toda la Iglesia, rigen la casa de Dios vivo.

La institución de los Apóstoles

19. El Señor Jesús, después de haber hecho oración al Padre,
llamando a sí a los que El quiso, eligió a los doce para que viviesen con El y enviarlos
a predicar el Reino de Dios (cf. Mc., 3,13-19; Mt., 10,1-42): a estos, Apóstoles (cf.
Lc., 6,13) los fundó a modo de colegio, es decir, de grupo estable, y puso al frente de
ellos, sacándolo de en medio de los mismos, a Pedro (cf. Jn., 21,15-17).

A éstos envió Cristo, primero a los hijos de Israel, luego a todas las
gentes (cf. Rom., 1,16), para que con la potestad que les entregaba, hiciesen discípulos
suyos a todos los pueblos, los santificasen y gobernasen (cf. Mt., 28,16-20; Mc., 16,15;
Lc., 24,45-48; Jn., 20,21-23) y así dilatasen la Iglesia y la apacentasen, sirviéndola,
bajo la dirección del Señor, todos los días hasta la consumación de los siglos (cf.
Mt., 28,20).

En esta misión fueron confirmados plenamente el día de Pentecostés
(cf. Act., 2,1-26), según la promesa del Señor: "Recibiréis la virtud del
Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos así en Jerusalén
como en toda la Judea y Samaría y hasta el último confín de la tierra" (Act.,
1,8).

Los Apóstoles, pues, predicando en todas partes el Evangelio (cf. Mc.,
16,20), que los oyentes recibían por influjo del Espíritu Santo, reúnen la Iglesia
universal que el Señor fundó sobre los Apóstoles y edificó sobre el bienaventurado
Pedro su cabeza, siendo la piedra angular del edificio Cristo Jesús (cf. Ap., 21,14; Mt.,
16,18; Ef., 2,20).

Los Obispos, sucesores de los Apóstoles

20. Esta divina misión confiada por Cristo a los Apóstoles ha de durar
hasta el fin de los siglos (cf. Mt., 28,20), puesto que el Evangelio que ellos deben
transmitir en todo tiempo es el principio de la vida para la Iglesia. Por lo cual los
Apóstoles en esta sociedad jerárquicamente organizada tuvieron cuidado de establecer
sucesores.

En efecto, no sólo tuvieron diversos colaboradores en el ministerio,
sino que a fin de que la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte, los
Apóstoles, a modo de testamento, confiaron a sus cooperadores inmediatos el encargo de
acabar y consolidar la obra por ellos comenzada, encomendándoles que atendieran a toda la
grey en medio de la cual el Espíritu Santo, los había puesto para apacentar la Iglesia
de Dios (cf. Act., 20,28).

Establecieron, pues, tales colaboradores y les dieron la orden de que, a
su vez, otros hombres probados, al morir ellos, se hiciesen cargo del ministerio. Entre
los varios ministerios que ya desde los primeros tiempos se ejercitan en la Iglesia,
según testimonio de la tradición, ocupa el primer lugar el oficio de aquellos que,
constituidos en el episcopado, por una sucesión que surge desde el principio, conservan
la sucesión de la semilla apostólica primera.

Así, según atestigua San Ireneo, por medio de aquellos que fueron
establecidos por los Apóstoles como Obispos y como sucesores suyos hasta nosotros, se
pregona y se conserva la tradición apostólica en el mundo entero.

Así, pues, los Obispos, junto con los presbíteros y diáconos,
recibieron el ministerio de la comunidad para presidir sobre la grey en nombre de Dios
como pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros dotados
de autoridad.

Y así como permanece el oficio concedido por Dios singularmente a Pedro
como a primero entre los Apóstoles, y se transmite a sus sucesores, así también
permanece el oficio de los Apóstoles de apacentar la Iglesia que permanentemente ejercita
el orden sacro de los Obispos han sucedido este Sagrado Sínodo que los Obispos han
sucedido por institución divina en el lugar de los Apóstoles como pastores de la
Iglesia, y quien a ellos escucha, a Cristo escucha, a quien los desprecia a Cristo
desprecia y al que le envió (cf. Lc., 10,16).

El episcopado como sacramento

21. Así, pues, en los Obispos, a quienes asisten los presbíteros,
Jesucristo nuestro Señor está presente en medio de los fieles como Pontífice Supremo.
Porque, sentado a la diestra de Dios Padre, no está lejos de la congregación de sus
pontífices, sino que principalmente, a través de su servicio eximio, predica la palabra
de Dios a todas las gentes y administra sin cesar los sacramentos de la fe a los creyentes
y, por medio de su oficio paternal (cf. 1 Cor., 4,15), va agregando nuevos miembros a su
Cuerpo con regeneración sobrenatural; finalmente, por medio de la sabiduría y prudencia
de ellos rige y guía al Pueblo del Nuevo Testamento en su peregrinación hacia la eterna
felicidad.

Estos pastores, elegidos para apacentar la grey del Señor, son los
ministros de Cristo y los dispensadores de los misterios de Dios (cf. 1 Cor., 4,1), y a
ellos está encomendado el testimonio del Evangelio de la gracia de Dios (cf. Rom. 15,16;
Act., 20,24) y la administración del Espíritu y de la justicia en gloria (cf. 2 Cor.,
3,8-9).

Para realizar estos oficios tan altos, fueron los apóstoles
enriquecidos por Cristo con la efusión especial del Espíritu Santo (cf. Act., 1,8; 2,4;
Jn., 20, 22-23), y ellos, a su vez, por la imposición de las manos transmitieron a sus
colaboradores el don del Espíritu (cf. 1 Tim., 4,14; 2 Tim., 1,6-7), que ha llegado hasta
nosotros en la consagración episcopal.

Este Santo Sínodo enseña que con la consagración episcopal se
confiere la plenitud del sacramento del Orden, que por esto se llama en la liturgia de la
Iglesia y en el testimonio de los Santos Padres "supremo sacerdocio" o
"cumbre del ministerio sagrado".

Ahora bien, la consagración episcopal, junto con el oficio de
santificar, confiere también el oficio de enseñar y regir, los cuales, sin embargo, por
su naturaleza, no pueden ejercitarse sino en comunión jerárquica con la Cabeza y
miembros del Colegio.

En efecto, según la tradición, que aparece sobre todo en los ritos
litúrgicos y en la práctica de la Iglesia, tanto de Oriente como de Occidente es cosa
clara que con la imposición de las manos se confiere la gracia del Espíritu Santo y se
imprime el sagrado carácter, de tal manera que los Obispos en forma eminente y visible
hagan las veces de Cristo, Maestro, Pastor y Pontífice y obren en su nombre. Es propio de
los Obispos el admitir, por medio del Sacramento del Orden, nuevos elegidos en el cuerpo
episcopal.

El Colegio de los Obispos y su Cabeza

22. Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás
Apóstoles forman un solo Colegio Apostólico, de igual modo se unen entre sí el Romano
Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos sucesores de los Apóstoles. Ya la más
antigua disciplina, conforme a la cual los Obispos establecidos por todo el mundo
comunicaban entre sí y con el Obispo de Roma por el vínculo de la unidad, de la caridad
y de la paz, como también los concilios convocados, para resolver en común las cosas
más importantes después de haber considerado el parecer de muchos, manifiestan la
naturaleza y forma colegial propia del orden episcopal.

Forma que claramente demuestran los concilios ecuménicos que a lo largo
de los siglos se han celebrado. Esto mismo lo muestra también el uso, introducido de
antiguo, de llamar a varios Obispos a tomar parte en el rito de consagración cuando un
nuevo elegido ha de ser elevado al ministerio del sumo sacerdocio. Uno es constituido
miembro del cuerpo episcopal en virtud de la consagración sacramental y por la comunión
jerárquica con la Cabeza y miembros del Colegio.

El Colegio o cuerpo episcopal, por su parte, no tiene autoridad si no se
considera incluido el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como cabeza del mismo, quedando
siempre a salvo el poder primacial de éste, tanto sobre los pastores como sobre los
fieles.

Porque el Pontífice Romano tiene en virtud de su cargo de Vicario de
Cristo y Pastor de toda Iglesia potestad plena, suprema y universal sobre la Iglesia, que
puede siempre ejercer libremente.

En cambio, el orden de los Obispos, que sucede en el magisterio y en el
régimen pastoral al Colegio Apostólico, y en quien perdura continuamente el cuerpo
apostólico, junto con su Cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin esta Cabeza, es
también sujeto de la suprema y plena potestad sobre la universal Iglesia, potestad que no
puede ejercitarse sino con el consentimiento del Romano Pontífice.

El Señor puso tan sólo a Simón como roca y portador de las llaves de
la Iglesia (Mt., 16,18-19), y le constituyó Pastor de toda su grey (cf. Jn., 21,15ss);
pero el oficio que dio a Pedro de atar y desatar, consta que lo dio también al Colegio de
los Apóstoles unido con su Cabeza (Mt., 18,18; 28,16-20).

Este Colegio expresa la variedad y universalidad del Pueblo de Dios en
cuanto está compuesto de muchos; y la unidad de la grey de Cristo, en cuanto está
agrupado bajo una sola Cabeza. Dentro de este Colegio, los Obispos, actuando fielmente el
primado y principado de su Cabeza, gozan de potestad propia en bien no sólo de sus
propios fieles, sino incluso de toda la Iglesia, mientras el Espíritu Santo robustece sin
cesar su estructura orgánica y su concordia.

La potestad suprema que este Colegio posee sobre la Iglesia universal se
ejercita de modo solemne en el Concilio Ecuménico. No puede hacer Concilio Ecuménico que
no se aprobado o al menos aceptado como tal por el sucesor de Pedro.

Y es prerrogativa del Romano Pontífice convocar estos Concilios
Ecuménicos, presidirlos y confirmarlos. Esta misma potestad colegial puede ser ejercitada
por Obispos dispersos por el mundo a una con el Papa, con tal que la Cabeza del Colegio
los llame a una acción colegial, o por lo menos apruebe la acción unida de ellos o la
acepte libremente para que sea un verdadero acto colegial.

Relaciones de los Obispos dentro de la Iglesia

23. La unión colegial se manifiesta también en las mutuas relaciones
de cada Obispo con las Iglesias particulares y con la Iglesia universal. El Romano
Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo visible de
unidad, así de los Obispos como de la multitud de los fieles.

Del mismo modo, cada Obispo es el principio y fundamento visible de
unidad en su propia Iglesia, formada a imagen de la Iglesia universal; y de todas las
Iglesias particulares queda integrada la una y única Iglesia católica. Por esto cada
Obispo representa a su Iglesia, tal como todos a una con el Papa, representan toda la
Iglesia en el vínculo de la paz, del amor y de la unidad.

Cada uno de los Obispos, puesto al frente de una Iglesia particular,
ejercita su poder pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios que se le ha confiado, no
sobre las otras Iglesias ni sobre la Iglesia universal.

Pero, en cuanto miembros del Colegio episcopal y como legítimos
sucesores de los Apóstoles, todos deben tener aquella solicitud por la Iglesia universal
que la institución y precepto de Cristo exigen, que si bien no se ejercita por acto de
jurisdicción, contribuye, sin embargo, grandemente, al progreso de la Iglesia universal.

Todos los Obispos, en efecto, deben promover y defender la unidad de la
fe y la disciplina común en toda la Iglesia, instruir a los fieles en el amor del Cuerpo
místico de Cristo, sobre todo de los miembros pobres y de los que sufren o son
perseguidos por la justicia (cf. Mt., 5,10); promover, en fin, toda acción que sea común
a la Iglesia, sobre todo en orden a la dilatación de la fe y a la difusión plena de la
luz de la verdad entre todos los hombres.

Por lo demás, es cosa clara que gobernando bien sus propias Iglesias
como porciones de la Iglesia universal, contribuyen en gran manera al bien de todo el
Cuerpo místico, que es también el cuerpo de todas las Iglesias.

El cuidado de anunciar el Evangelio en todo el mundo pertenece al cuerpo
de los pastores, ya que a todos ellos en común dio Cristo el mandato imponiéndoles un
oficio común, según explicó ya el Papa Celestino a los padres del Concilio de Efeso.

Por tanto, todos los Obispos, en cuanto se lo permite el desempeño de
su propio oficio, deben colaborar entre sí y con el sucesor de Pedro, a quien
particularmente se le ha encomendado el oficio excelso de propagar la religión cristiana.
Deben, pues, con todas sus fuerzas proveer no sólo de operarios para la mies, sino
también de socorros espirituales y materiales, ya sea directamente por sí, ya sea
excitando la ardiente cooperación de los fieles.

Procuren finalmente los Obispos, según el venerable ejemplo de la
antigüedad, prestar una fraternal ayuda a las otras Iglesias, sobre todo a las Iglesias
vecinas y más pobres, dentro de esta universal sociedad de la caridad.

La divina Providencia ha hecho que en diversas regiones las varias
Iglesias fundadas por los Apóstoles y sus sucesores, con el correr de los tiempos se
hayan reunido en grupos orgánicamente unidos que, dentro de la unidad de fe y la única
constitución divina de la Iglesia universal, gozan de disciplina propia, de ritos
litúrgicos propios y de un propio patrimonio teológico y espiritual.

Entre los cuales, concretamente las antiguas Iglesias patriarcales, como
madres en la fe, engendraron a otras como a hijas, y con ellas han quedado unidas hasta
nuestros días, por vínculos especiales de caridad, tanto en la vida sacramental como en
la mutua observancia de derechos y deberes.

Esta variedad de Iglesias locales, dirigidas a un solo objetivo, muestraieles.

Procuren finalmente los Obispos, según el venerable ejemplo de la
antigüedad, prestar una fraternal ayuda a las otras Iglesias, sobre todo a las Iglesias
vecinas y más pobres, dentro de esta universal sociedad de la caridad.

La divina Providencia ha hecho que en diversas regiones las varias
Iglesias fundadas por los Apóstoles y sus sucesores, con el correr de los tiempos se
hayan reunido en grupos orgánicamente unidos que, dentro de la unidad de fe y la única
constitución divina de la Iglesia universal, gozan de disciplina propia, de ritos
litúrgicos propios y de un propio patrimonio teológico y espiritual.

Entre los cuales, concretamente las antiguas Iglesias patriarcales, como
madres en la fe, engendraron a otras como a hijas, y con ellas han quedado unidas hasta
nuestros días, por vínculos especiales de caridad, tanto en la vida sacramental como en
la mutua observancia de derechos y deberes.

Esta variedad de Iglesias locales, dirigidas a un solo objetivo, muestra
admirablemente la indivisa catolicidad de la Iglesia. Del mismo modo las Conferencias
Episcopales hoy en día pueden desarrollar una obra múltiple y fecunda a fin de que el
sentimiento de la colegialidad tenga una aplicación concreta.

El ministerio de los Obispos

24. Los Obispos, en su calidad de sucesores de los Apóstoles, reciben
del Señor a quien se ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra, la misión de
enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda criatura, a fin de que todos
los hombres logren la salvación por medio de la fe, el bautismo y el cumplimiento de los
mandamientos (cf. Mt., 28,18; Mc., 16,15-16; Act., 26,17ss.).

Para el desempeño de esta misión, Cristo Señor prometió a sus
Apóstoles el Espíritu Santo, a quien envió de hecho el día de Pentecostés desde el
cielo para que, confortados con su virtud, fuesen sus testigos hasta los confines de la
tierra ante las gentes, pueblos y reyes (cf. Act., 1,8; 2,1ss.; 9,15).

Este encargo que el Señor confió a los pastores de su pueblo es un
verdadero servicio, y en la Sagrada Escritura se llama muy significativamente
"diakonía", o sea ministerio (cf. Act., 1,17-25; 21,19; Rom., 11,13; 1 Tim.,
1,12).

la misión canónica de los Obispos puede hacerse ya sea por las
legítimas costumbres que no hayan sido revocadas por la potestad suprema y universal de
la Iglesia, ya sea por las leyes dictadas o reconocidas por la misma autoridad, ya sea
también directamente por el mismo sucesor de Pedro : y ningún Obispo puede ser elevado a
tal oficio contra la voluntad de éste, o sea cuando él niega la comunión apostólica.

El oficio de enseñar de los Obispos

25. Entre los oficios principales de los Obispos se destaca la
predicación del Evangelio. Porque los Obispos son los pregoneros de la fe que ganan
nuevos discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, es decir, herederos de la
autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de
creerse y ha de aplicarse a la vida, la ilustran con la luz del Espíritu Santo,
extrayendo del tesoro de la Revelación las cosas nuevas y las cosas viejas (cf. Mt.,
13,52), la hacen fructificar y con vigilancia apartan de la grey los errores que la
amenazan (cf. 2 Tim., 4,1-4).

Los Obispos, cuando enseñan en comunión por el Romano Pontífice,
deben ser respetados por todos como los testigos de la verdad divina y católica; los
fieles, por su parte tienen obligación de aceptar y adherirse con religiosa sumisión del
espíritu al parecer de su Obispo en materias de fe y de costumbres cuando él la expone
en nombre de Cristo.

Esta religiosa sumisión de la voluntad y del entendimiento de modo
particular se debe al magisterio auténtico del Romano Pontífice, aun cuando no hable ex
cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con
sinceridad se adhiera al parecer expresado por él según el deseo que haya manifestado
él mismo, como puede descubrirse ya sea por la índole del documento, ya sea por la
insistencia con que repite una misma doctrina, ya sea también por las fórmulas
empleadas.

Aunque cada uno de los prelados por sí no posea la prerrogativa de la
infalibilidad, sin embargo, si todos ellos, aun estando dispersos por el mundo, pero
manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el Sucesor de Pedro, convienen en un
mismo parecer como maestros auténticos que exponen como definitiva una doctrina en las
cosas de fe y de costumbres, en ese caso anuncian infaliblemente la doctrina de Cristo.

la Iglesia universal, y sus definiciones de fe deben aceptarse con
sumisión.

Esta infalibilidad que el Divino Redentor quiso que tuviera su Iglesia
cuando define la doctrina de fe y de costumbres, se extiende a todo cuanto abarca el
depósito de la divina Revelación entregado para la fiel custodia y exposición.

Esta infalibilidad compete al Romano Pontífice, Cabeza del Colegio
Episcopal, en razón de su oficio, cuando proclama como definitiva la doctrina de fe o de
costumbres en su calidad de supremo pastor y maestro de todos los fieles a quienes ha de
confirmarlos en la fe (cf. Lc., 22,32).

Por lo cual, con razón se dice que sus definiciones por sí y no por el
consentimiento de la Iglesia son irreformables, puesto que han sido proclamadas bajo la
asistencia del Espíritu Santo prometida a él en San Pedro, y así no necesitan de
ninguna aprobación de otros ni admiten tampoco la apelación a ningún otro tribunal.

Porque en esos casos el Romano Pontífice no da una sentencia como
persona privada, sino que en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien
singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende
la doctrina de la fe católica.

La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el cuerpo de
los Obispos cuando ejercen el supremo magisterio juntamente con el sucesor de Pedro. A
estas definiciones nunca puede faltar el asenso de la Iglesia por la acción del Espíritu
Santo en virtud de la cual la grey toda de Cristo se conserva y progresa en la unidad de
la fe.

Cuando el Romano Pontífice o con él el Cuerpo Episcopal definen una
doctrina lo hacen siempre de acuerdo con la Revelación, a la cual, o por escrito, o por
transmisión de la sucesión legítima de los Obispos, y sobre todo por cuidado del mismo
Pontífice Romano, se nos transmite íntegra y en la Iglesia se conserva y expone con
religiosa fidelidad, gracias a la luz del Espíritu de la verdad.

El Romano Pontífice y los Obispos, como lo requiere su cargo y la
importancia del asunto, celosamente trabajan con los medios adecuados, a fin de que se
estudie como debe esta Revelación y se la proponga apropiadamente y no aceptan ninguna
nueva revelación pública dentro del divino depósito de la fe.

El oficio de los Obispos de santificar

26. El Obispo, revestido como está de la plenitud del Sacramento del
Orden, es "el administrador de la gracia del supremo sacerdocio", sobre todo en
la Eucaristía que él mismo celebra, ya sea por sí, ya sea por otros, que hace vivir y
crecer a la Iglesia.

Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas las
legítimas reuniones locales de los fieles, que, unidos a sus pastores, reciben también
el nombre de Iglesia en el Nuevo Testamento .

Ellas son, cada una en su lugar, el Pueblo nuevo, llamado por Dios en el
Espíritu Santo y plenitud (cf. 1 Tes., 1,5). En ellas se congregan los fieles por la
predicación del Evangelio de Cristo y se celebra el misterio de la Cena del Señor
"a fin de que por el cuerpo y la sangre del Señor quede unida toda la
fraternidad".

En toda celebración, reunida la comunidad bajo el ministerio sagrado
del Obispo, se manifiesta el símbolo de aquella caridad y "unidad del Cuerpo
místico de Cristo sin la cual no puede haber salvación". En estas comunidades, por
más que sean con frecuencia pequeñas y pobres o vivan en la dispersión, Cristo está
presente, el cual con su poder da unidad a la Iglesia, una, católica y apostólica.
Porque "la participación del cuerpo y sangre de Cristo no hace otra cosa sino que
pasemos a ser aquello que recibimos".

Ahora bien, toda legítima celebración de la Eucaristía la dirige el
Obispo, al cual ha sido confiado el oficio de ofrecer a la Divina Majestad el culto de la
religiosa cristiana y de administrarlo conforme a los preceptos del Señor y las leyes de
la Iglesia, las cuales él precisará según su propio criterio adaptándolas a su
diócesis.

Así, los Obispos, orando por el pueblo y trabajando, dan de muchas
maneras y abundantemente de la plenitud de la santidad de Cristo. Por medio del ministerio
de la palabra comunican la virtud de Dios a todos aquellos que creen para la salvación
(cf. Rom., 1,16), y por medio de los sacramentos, cuya administración sana y fructuosa
regulan ellos con su autoridad, santifican a los fieles.

Ellos regulan la administración del bautismo, por medio del cual se
concede la participación en el sacerdocio regio de Cristo. Ellos son los ministros
originarios de la confirmación, dispensadores de las sagradas órdenes, y los moderadores
de la disciplina penitencial; ellos solícitamente exhortan e instruyen a su pueblo a que
participe con fe y reverencia en la liturgia y, sobre todo, en el santo sacrificio de la
misa.

Ellos, finalmente, deben edificar a sus súbditos, con el ejemplo de su
vida, guardando su conducta no sólo de todo mal, sino con la ayuda de Dios,
transformándola en bien dentro de lo posible para llegar a la vida terna juntamente con
la grey que se les ha confiado.

Oficio de los Obispos de regir

27. Los Obispos rigen como vicarios y legados de Cristo las Iglesias
particulares que se les han encomendado, con sus consejos, con sus exhortaciones, con sus
ejemplos, pero también con su autoridad y con su potestad sagrada, que ejercitan
únicamente para edificar su grey en la verdad y la santidad, teniendo en cuenta que el
que es mayor ha de hacerse como el menor y el que ocupa el primer puesto como el servidor
(cf. Lc., 22,26-27).

Esta potestad que personalmente poseen en nombre de Cristo, es propia,
ordinaria e inmediata aunque el ejercicio último de la misma sea regulada por la
autoridad suprema, y aunque, con miras a la utilidad de la Iglesia o de los fieles, pueda
quedar circunscrita dentro de ciertos límites.

En virtud de esta potestad, los Obispos tienen el sagrado derecho y ante
Dios el deber de legislar sobre sus súbditos, de juzgarlos y de regular todo cuanto
pertenece al culto y organización del apostolado.

A ellos se les confía plenamente el oficio pastoral, es decir, el
cuidado habitual y cotidiano de sus ovejas, y no deben ser tenidos como vicarios del
Romano Pontífice, ya que ejercitan potestad propia y son, con verdad, los jefes del
pueblo que gobiernan.

Así, pues, su potestad no queda anulada por la potestad suprema y
universal, sino que, al revés, queda afirmada, robustecida y defendida, puesto que el
Espíritu Santo mantiene indefectiblemente la forma de gobierno que Cristo Señor
estableció en su Iglesia.

El Obispo, enviado por el Padre de familias a gobernar su familia, tenga
siempre ante los ojos el ejemplo del Buen Pastor, que vino no a ser servido, sino a servir
(cf. Mt., 20,28; Mc., 10,45); y a entregar su vida por sus ovejas (cf. J., 10, 11).

Sacado de entre los hombres y rodeado él mismo de flaquezas, puede
apiadarse de los ignorantes y de los errados (cf. Hebr., 5,1-2). No se niegue a oír a sus
súbditos, a los que como a verdaderos hijos suyos abraza y a quienes exhorta a cooperar
animosamente con él.

Consciente de que ha de dar cuenta a Dios de sus almas (cf. Hebr.,
13,17), trabaje con la oración, con la predicación y con todas las obras de caridad por
ellos y también por los que todavía no son de la única grey; a éstos téngalos por
encomendados en el Señor.

Siendo él deudor para con todos, a la manera de Pablo, esté dispuesto
a evangelizar a todos (cf. Rom., 1,14-15) y no deje de exhortar a sus fieles a la
actividad apostólica y misionera. Los fieles, por su lado, deben estar unidos a su Obispo
como la Iglesia lo está con Cristo y como Cristo mismo lo está con el Padre, para que
todas las cosas armonicen en la unidad y crezcan para la gloria de Dios (cf. 2 Cor.,
4,15).

Los presbíteros y sus relaciones con Cristo, con los Obispos, con el
presbiterio y con el pueblo cristiano

28. Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (Jn., 10,36),
ha hecho participantes de su consagración y de su misión a los Obispos por medio de los
apóstoles y de sus sucesores. Ellos han encomendado legítimamente el oficio de su
ministerio en diverso grado a diversos sujetos en la Iglesia. Así, el ministerio
eclesiástico de divina institución es ejercitado en diversas categorías por aquellos
que ya desde antiguo se llamaron Obispos presbíteros, diáconos.

Los presbíteros, aunque no tienen la cumbre del pontificado y en el
ejercicio de su potestad dependen de los Obispos, con todo están unidos con ellos en el
honor del sacerdocio y, en virtud del sacramento del orden, han sido consagrados como
verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, según la imagen de Cristo, Sumo y Eterno
Sacerdote (Hch., 5,1-10; 7,24; 9,11-28), para predicar el Evangelio y apacentar a los
fieles y para celebrar el culto divino.

Participando, en el grado propio de su ministerio del oficio de Cristo,
único Mediador (1 Tim., 2,5), anuncian a todos la divina palabra. Pero su oficio sagrado
lo ejercitan, sobre todo, en el culto eucarístico o comunión, en el cual, representando
la persona de Cristo, y proclamando su Misterio, juntan con el sacrificio de su Cabeza,
Cristo, las oraciones de los fieles (cf. 1 Cor., 11,26), representando y aplicando en el
sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor, el único Sacrificio del Nuevo
Testamento, a saber, el de Cristo que se ofrece a sí mismo al Padre, como hostia
inmaculada (cf. Hebr., 9,14-28).

Para con los fieles arrepentidos o enfermos desempeñan principalmente
el ministerio de la reconciliación y del alivio. Presentan a Dios Padre las necesidades y
súplicas de los fieles (cf. Hebr., 5,1-4).

Ellos, ejercitando, en la medida de su autoridad, el oficio de Cristo,
Pastor y Cabeza, reúnen la familia de Dios como una fraternidad, animada y dirigida hacia
la unidad y por Cristo en el Espíritu, la conducen hasta Dios Padre. En medio de la grey
le adoran en espíritu y en verdad (cf. Jn., 4,24).

Se afanan finalmente en la palabra y en la enseñanza (cf. 1 Tim.,
5,17), creyendo en aquello que leen cuando meditan en la ley del Señor, enseñando
aquello en que creen, imitando aquello que enseñan.

Los presbíteros, como próvidos colaboradores del orden episcopal, como
ayuda e instrumento suyo llamados para servir al Pueblo de Dios, forman, junto con su
Obispo, un presbiterio dedicado a diversas ocupaciones. En cada una de las congregaciones
de fieles, ellos representan al Obispo con quien están confiada y animosamente unidos, y
toman sobre sí una parte de la carga y solicitud pastoral y la ejercitan en el diario
trabajo.

Ellos, bajo la autoridad del Obispo, santifican y rigen la porción de
la grey del Señor a ellos confiada, hacen visible en cada lugar a la Iglesia universal y
prestan eficaz ayuda a la edificación del Cuerpo total de Cristo (cf. Ef., 4,12).

Preocupados siempre por el bien de los hijos de Dios, procuran cooperar
en el trabajo pastoral de toda la diócesis y aun de toda la Iglesia. Los presbíteros, en
virtud de esta participación en el sacerdocio y en la misión, reconozcan al Obispo como
verdadero padre y obedézcanle reverentemente.

El Obispo, por su parte, considere a los sacerdotes como hijos y amigos,
tal como Cristo a sus discípulos ya no los llama siervos, sino amigos (cf. Jn., 15,15).
Todos los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, por razón del orden y del
ministerio, están, pues, adscritos al cuerpo episcopal y sirven al bien de toda la
Iglesia según la vocación y la gracia de cada cual.

En virtud de la común ordenación sagrada y de la común misión, los
presbíteros todos se unen entre sí en íntima fraternidad, que debe manifestarse en
espontánea y gustosa ayuda mutua, tanto espiritual como material, tanto pastoral como
personal, en las reunid de
organización civil, económica y social, así conviene que cada vez más los sacerdotes,
uniendo sus esfuerzos y cuidados bajo la guía de los Obispos y del Sumo Pontífice,
eviten todo conato de dispersión para que todo el género humano venga a la unidad de la
familia de Dios.

Los diáconos

29. En el grado inferior de la jerarquía están los diáconos, que
reciben la imposición de manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio.
Así confortados con la gracia sacramental en comunión con el Obispo y su presbiterio,
sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad.

Es oficio propio del diácono, según la autoridad competente se lo
indicare, la administración solemne del bautismo, el conservar y distribuir la
Eucaristía, el asistir en nombre de la Iglesia y bendecir los matrimonios, llevar el
viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al
pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales,
presidir los ritos de funerales y sepelios.

Dedicados a los oficios de caridad y administración, recuerden los
diáconos el aviso de San Policarpo: "Misericordiosos, diligentes, procedan en su
conducta conforme a la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos".

Teniendo en cuenta que, según la disciplina actualmente vigente en la
Iglesia latina, en muchas regiones no hay quien fácilmente desempeñe estas funciones tan
necesarias para la vida de la Iglesia, se podrá restablecer en adelante el diaconado como
grado propio y permanente en la jerarquía.

Tocará a las distintas conferencias episcopales el decidir, oportuno
para la atención de los fieles, y en dónde, el establecer estos diáconos. Con el
consentimiento del Romano Pontífice, este diaconado se podrá conferir a hombres de edad
madura, aunque estén casados, o también a jóvenes idóneos; pero para éstos debe
mantenerse firme la ley del celibato.

 

CAPITULO IV

LOS LAICOS

Peculiaridad

30. El Santo Sínodo, una vez declaradas las funciones de la jerarquía,
vuelve gozosamente su espíritu hacia el estado de los fieles cristianos, llamados laicos.
Cuanto se ha dicho del Pueblo de Dios se dirige por igual a los laicos, religiosos y
clérigos; sin embargo, a los laicos, hombres y mujeres, en razón de su condición y
misión, les corresponden ciertas particularidades cuyos fundamentos, por las especiales
circunstancias de nuestro tiempo, hay que considerar con mayor amplitud.

Los sagrados pastores conocen muy bien la importancia de la
contribución de los laicos al bien de toda la Iglesia. Pues los sagrados pastores saben
que ellos no fueron constituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión
salvífica de la Iglesia cerca del mundo, sino que su excelsa función es apacentar de tal
modo a los fieles y de tal manera reconocer sus servicios y carismas, que todos, a su
modo, cooperen unánimemente a la obra común.

Es necesario, por tanto, que todos "abrazados a la verdad, en todo
crezcamos en caridad, llegándonos a Aquél que es nuestra Cabeza, Cristo, de quien todo
el cuerpo trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen y nutren para la operación
propia de cada miembro, crece y se perfecciona en la caridad" (Ef., 4, 15-16).

Qué se entiende por laicos

31. Por el nombre de laicos se entiende aquí todos los fieles
cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que
están en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que,
por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y
hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo,
ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo.

El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. Los que
recibieron el orden sagrado, aunque algunas veces pueden tratar asuntos seculares, incluso
ejerciendo una profesión secular, están ordenados principal y directamente al sagrado
ministerio, por razón de su vocación particular, en tanto que los religiosos, por su
estado, dan un preclaro y eximio testimonio de que el mundo no puede ser transfigurado ni
ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas.

A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios
tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en
todas y a cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones
ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida.

Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose
por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro
a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando,
ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad.

A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los
asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se
realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la
gloria del Creador y del Redentor.

Dignidad de los laicos. Unidad en la diversidad

32. La Iglesia santa, por voluntad divina, está ordenada y se rige con
admirable variedad. "Pues a la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros y
todos los miembros no tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un
cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros" (Rom.,
12,4-5).

El pueblo elegido de Dios es uno: "Un Señor, una fe, un
bautismo" (Ef. 4,5); común la dignidad de los miembros por su regeneración en
Cristo, gracia común de hijos, común vocación a la perfección, una salvación, una
esperanza y una indivisa caridad. Ante Cristo y ante la Iglesia no existe desigualdad
alguna en razón de estirpe o nacimiento, condición social o sexo, porque "no hay
judío ni griego, no hay siervo ni libre, no hay varón ni mujer. Pues todos vosotros sois
"uno" en Cristo Jesús" (Gal., 3,28; cf. Col., 3,11).

Aunque no todos en la Iglesia marchan por el mismo camino, sin embargo,
todos están llamados a la santidad y han alcanzado la misma fe por la justicia de Dios
(cf. 2; Pe., 1,1). Y si es cierto que algunos, por voluntad de Cristo, han sido
constituidos para los demás como doctores, dispensadores de los misterios y pastores, sin
embargo, se da una verdadera igualdad entre todos en lo referente a la dignidad y a la
acción común de todos los fieles para la edificación del Cuerpo de Cristo.

La diferencia que puso el Señor entre los sagrados ministros y el resto
del Pueblo de Dios lleva consigo la unión, puesto que los pastores y los demás fieles
están vinculados entre sí por necesidad recíproca; los pastores de la Iglesia,
siguiendo el ejemplo del Señor, pónganse al servicio los unos de los otros, y al de los
demás fieles, y estos últimos, a su vez asocien su trabajo con el de los pastores y
doctores.

De este modo, en la diversidad, todos darán testimonio de la admirable
unidad del Cuerpo de Cristo; pues la misma diversidad de gracias, servicios y funciones
congrega en la unidad a los hijos de Dios, porque "todas estas cosas son obras del
único e idéntico Espíritu" (1 Cor., 12,11).

Si, pues, los seglares, por designación divina, tienen a Jesucristo por
hermano, que siendo Señor de todas las cosas vino, sin embargo, a servir y no a ser
servido (cf. Mt., 20,28), así también tienen por hermanos a quienes, constituidos en el
sagrado ministerio, enseñando, santificando y gobernando con la autoridad de Cristo,
apacientan la familia de Dios de tal modo que se cumpla por todos el mandato nuevo de la
caridad.

A este respecto dice hermosamente San Agustín: "Si me aterra el
hecho de lo que soy para vosotros, eso mismo me consuela, porque estoy con vosotros. Para
vosotros soy el obispo, con vosotros soy el cristiano. Aquél es el nombre del cargo;
éste de la gracia; aquél el del peligro; éste, el de la salvación".

El apostolado de los laicos

33. Los laicos congregados en el Pueblo de Dios y constituidos en un
solo Cuerpo de Cristo bajo una sola Cabeza, cualesquiera que sean, están llamados, a fuer
de miembros vivos, a procurar el crecimiento de la Iglesia y su perenne santificación con
todas sus fuerzas, recibidas por beneficio del Creador y gracia del Redentor.

El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión
salvífica de la Iglesia, a cuyo apostolado todos están llamados por el mismo Señor en
razón del bautismo y de la confirmación. Por los sacramentos, especialmente por la
Sagrada Eucaristía, se comunica y se nutre aquel amor hacia Dios y hacia los hombres, que
es el alma de todo apostolado.

Los laicos, sin embargo, están llamados, particularmente, a hacer
presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal
de la tierra si no es a través de ellos.

Así, pues, todo laico, por los mismos dones que le han sido conferidos,
se convierte en testigo e instrumento vivo, a la vez, de la misión de la misma Iglesia
"en la medida del don de Cristo" (Ef., 4,7).

Además de este apostolado, que incumbe absolutamente a todos los
fieles, los laicos pueden también ser llamados de diversos modos a una cooperación más
inmediata con el apostolado de la jerarquía, como aquellos hombres y mujeres que ayudaban
al apóstol Pablo en la evangelización, trabajando mucho en el Señor (cf. Fil., 4,3;
Rom., 16,3ss.).

Por los demás, son aptos para que la jerarquía les confíe el
ejercicio de determinados cargos eclesiásticos, ordenados a un fin espiritual.

Así, pues, incumbe a todos los laicos colaborar en la hermosa empresa
de que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos
los tiempos y de todas las tierras. Abraseles, pues, camino por doquier para que, a la
medida de sus fuerzas y de las necesidades de los tiempos, participen también ellos,
celosamente, en la misión salvadora de la Iglesia.

Consagración del mundo

34. Cristo Jesús, Supremo y eterno sacerdote porque desea continuar su
testimonio y su servicio por medio de los laicos, vivifica a éstos con su Espíritu e
ininterrumpidamente los impulsa a toda obra buena y perfecta.

Pero aquellos a quienes asocia íntimamente a su vida y misión también
les hace partícipes de su oficio sacerdotal, en orden al ejercicio del culto espiritual,
para gloria de Dios y salvación de los hombres.

Por lo que los laicos, en cuanto consagrados a Cristo y ungidos por
el
Espíritu Santo, tienen una vocación admirable y son instruidos para que
en ellos se
produzcan siempre los más abundantes frutos del Espíritu. Pues todas
sus obras, preces y
proyectos apostólicos, la vida conyugal y familiar, el trabajo
cotidiano, el descanso del
alma y de cuerpo, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias
de la vida si se
sufren pacientemente, se convierten en "hostias espirituales,
aceptables a Dios por
Jesucristo" (1 Pe., 2,5), que en la celebración de la Eucaristía, con
la oblación
del cuerpo del Señor, ofrecen piadosísimamente al Padre. Así también
los laicospor medio de los laicos, vivifica a éstos con su Espíritu e
ininterrumpidamente los impulsa a toda obra buena y perfecta.

Pero aquellos a quienes asocia íntimamente a su vida y misión también
les hace partícipes de su oficio sacerdotal, en orden al ejercicio del culto espiritual,
para gloria de Dios y salvación de los hombres.

Por lo que los laicos, en cuanto consagrados a Cristo y ungidos por el
Espíritu Santo, tienen una vocación admirable y son instruidos para que en ellos se
produzcan siempre los más abundantes frutos del Espíritu. Pues todas sus obras, preces y
proyectos apostólicos, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso del
alma y de cuerpo, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida si se
sufren pacientemente, se convierten en "hostias espirituales, aceptables a Dios por
Jesucristo" (1 Pe., 2,5), que en la celebración de la Eucaristía, con la oblación
del cuerpo del Señor, ofrecen piadosísimamente al Padre. Así también los laicos, como
adoradores en todo lugar y obrando santamente, consagran a Dios el mundo mismo.

El testimonio de su vida

35. Cristo, el gran Profeta, que por el testimonio de su vida y por la
virtud de su palabra proclamó el Reino del Padre, cumple su misión profética hasta la
plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la jerarquía, que enseña en su
nombre y con su potestad, sino también por medio de los laicos, a quienes por ello,
constituye en testigos y les ilumina con el sentido de la fe y la gracia de la palabra
(cf. Act., 2,17-18; Ap., 19,10) para que la virtud del Evangelio brille en la vida
cotidiana familiar y social.

Ellos se muestran como hijos de la promesa cuando fuertes en la fe y la
esperanza aprovechan el tiempo presente (cf. Ef., 5,16; Col., 4,5) y esperan con paciencia
la gloria futura (cf. Rom., 8,25).

Pero que no escondan esta esperanza en la interioridad del alma, sino
manifiéstenla en diálogo continuo y en el forcejeo "con los espíritus
malignos" (Ef., 6,12), incluso a través de las estructuras de la vida secular.

Así como los sacramentos de la Nueva Ley, con los que se nutre la vida
y el apostolado de los fieles, prefiguran el cielo nuevo y la tierra nueva (cf. Ap.,
21,1), así los laicos, se hacen valiosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos
(cf. Hebr., 11,1), así asocian, sin desmayo, la profesión de fe con la vida de fe.

Esta evangelización, es decir, el mensaje de Cristo, pregonado con el
testimonio de la vida y de la palabra, adquiere una nota específica y una peculiar
eficacia por el hecho de que se realiza dentro de las comunes condiciones de la vida en el
mundo.

En este quehacer es de gran valor aquel estado de vida que está
santificado por un especial sacramento, es decir, la vida matrimonial y familiar.

Aquí se encuentra un ejercicio y una hermosa escuela para el apostolado
de los laicos cuando la religión cristiana penetra toda institución de la vida y la
transforma más cada día. Aquí los cónyuges tienen su propia vocación para que ellos,
entre sí, y sus hijos, sean testigos de la fe y del amor de Cristo.

La familia cristiana proclama muy alto tanto las presentes virtudes del
Reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada. Y así, con su ejemplo y
testimonio, arguye al mundo el pecado e ilumina a los que buscan la verdad.

Por tanto, los laicos, también cuando se ocupan de las cosas
temporales, pueden y deben realizar una acción preciosa en orden a la evangelización del
mundo. Porque si bien algunos de entre ellos, al faltar los sagrados ministros o estar
impedidos éstos en caso de persecución, les suplen en determinados oficios sagrados en
la medida de sus facultades, y aunque muchos de ellos consumen todas sus energías en el
trabajo apostólico, conviene, sin embargo, que todos cooperen a la dilatación e
incremento del Reino de Cristo en el mundo.

Por ello, trabajen los laicos celosamente por conocer más profundamente
la verdad revelada e impetren insistentemente de Dios el don de la sabiduría.

En las estructuras humanas

36. Cristo, hecho obediente hasta la muerte y, en razón de ello,
exaltado por el Padre (cf. Flp., 2,8-9), entró en la gloria de su reino; a El están
sometidas todas las cosas hasta que El se someta a sí mismo y todo lo creado al Padre,
para que Dios sea todo en todas las cosas (cf. 1 COr., 15,27-28).

Tal potestad la comunicó a sus discípulos para que quedasen
constituidos en una libertad regia, y con la abnegación y la vida santa vencieran en sí
mismos el reino del pecado (cf. Rom., 6,12), e incluso sirviendo a Cristo también en los
demás, condujeran en humildad y paciencia a sus hermanos hasta aquel Rey, a quien servir
es reinar.

Porque el Señor desea dilatar su Reino también por mediación de los
fieles laicos; un reino de verdad y de vida, un reino de santidad y de gracia, un reino de
justicia, de amor y de paz, en el cual la misma criatura quedará libre de la servidumbre
de la corrupción en la libertad de la gloria de los hijos de Dios (cf. Rom., 8,21).

Grande, realmente, es la promesa, y grande el mandato que se da a los
discípulos. "Todas las cosas son vuestras, pero vosotros sois de Cristo y Cristo es
de Dios" (1 Cor., 3,23).

Deben, pues, los fieles conocer la naturaleza íntima de todas las
criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios y, además, deben ayudarse entre
sí, también mediante las actividades seculares, para lograr una vida más santa, de
suerte que el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance más eficazmente su fin
en la justicia, la caridad y la paz.

Para que este deber pueda cumplirse en el ámbito universal, corresponde
a los laicos el puesto principal. Procuren, pues, seriamente que por su competencia en los
asuntos profanos y por su actividad, elevada desde dentro por la gracia de Cristo, los
bienes creados se desarrollen al servicio de todos y cada uno de los hombres y se
distribuyan mejor entre ellos, según el plan del Creador y la iluminación de su Verbo,
mediante el trabajo humano, la técnica y la cultura civil; y que a su manera conduzcan a
los hombres al progreso universal en la libertad cristiana y humana.

Así Cristo, a través de los miembros de la Iglesia, iluminará más y
más con su luz salvadora a toda la sociedad humana.

A más de lo dicho, los laicos procuren coordinar sus fuerzas para
sanear las estructuras y los ambientes del mundo, si en algún caso incitan al pecado, de
modo que todo esto se conforme a las normas de la justicia y favorezca, más bien que
impida, la practica de las virtudes. Obrando así impregnarán de sentido moral la cultura
y el trabajo humano.

De esta manera se prepara a la vez y mejor el campo del mundo para la
siembra de la divina palabra, y se abren de par en par a la Iglesia las puertas por las
que ha de entrar en el mundo el mensaje de la paz.

En razón de la misma economía de la salvación, los fieles han de
aprender diligentemente a distinguir entre los derechos y obligaciones que les
corresponden por su pertenencia a la Iglesia y aquellos otros que les competen como
miembros de la sociedad humana.

Procuren acoplarlos armónicamente entre sí, recordando que, en
cualquier asunto temporal, deben guiarse por la conciencia cristiana, ya que ninguna
actividad humana, ni siquiera en el orden temporal, puede sustraerse al imperio de Dios.

En nuestro tiempo, concretamente, es de la mayor importancia que esa
distinción y esta armonía brille con suma claridad en el comportamiento de los fieles
para que la misión de la Iglesia pueda responder mejor a las circunstancias particulares
del mundo de hoy.

Porque, así como debe reconocerse que la ciudad terrena, vinculada
justamente a las preocupaciones temporales, se rige por principios propios, con la misma
razón hay que rechazar la infausta doctrina que intenta edificar a la sociedad
prescindiendo en absoluta de la religión y que ataca o destruye la libertad religiosa de
los ciudadanos.

Relaciones de los laicos con la jerarquía

37. Los laicos, como todos los fieles cristianos, tienen el derecho de
recibir con abundancia, de los sagrados pastores, de entre los bienes espirituales de la
Iglesia, ante todo, los auxilios de la Palabra de Dios y de los sacramentos; y han de
hacerles saber, con aquella libertad y confianza digna de Dios y de los hermanos en
Cristo, sus necesidades y sus deseos.

En la medida de los conocimientos, de la competencia y del prestigio que
poseen, tienen el derecho y, en algún caso, la obligación de manifestar su parecer sobre
aquellas cosas que dicen relación al bien de la Iglesia.

Hágase esto, si las circunstancias lo requieren, mediante instituciones
establecidas al efecto por la Iglesia, y siempre con veracidad, fortaleza y prudencia, con
reverencia y caridad hacia aquellos que, por razón de su oficio sagrado, personifican a
Cristo.

Procuren los seglares, como los demás fieles, siguiendo el ejemplo de
Cristo, que con su obediencia hasta la muerte abrió a todos los hombres el gozoso camino
de la libertad de los hijos de Dios, aceptar con prontitud y cristiana obediencia todo lo
que los sagrados pastores, como representantes de Cristo, establecen en la Iglesia
actuando de maestros y gobernantes.

Y no dejen de encomendar a Dios en sus oraciones a sus prelados, para
que, ya que viven en continua vigilancia, obligados a dar cuenta de nuestras almas,
cumplan esto con gozo y no con angustia (cf. Hebr., 13,17).

Los sagrados pastores, por su parte, reconozcan y promuevan la dignidad
y la responsabilidad de los laicos en la Iglesia. Hagan uso gustosamente de sus prudentes
consejos, encárguenles, con confianza, tareas en servicio de la Iglesia, y déjenles
libertad y espacio para actuar, e incluso denles ánimo para que ellos, espontáneamente,
asuman tareas propias.

Consideren atentamente en Cristo, con amor de padres, las iniciativas,
las peticiones y los deseos propuestos por los laicos. Y reconozcan cumplidamente los
pastores la justa libertad que a todos compete dentro de la sociedad temporal.

De este trato familiar entre los laicos y pastores son de esperar muchos
bienes para la Iglesia, porque así se robustece en los seglares el sentido de su propia
responsabilidad, se fomenta el entusiasmo y se asocian con mayor facilidad las fuerzas de
los fieles a la obra de los pastores.

Pues estos últimos, ayudados por la experiencia de los laicos, pueden
juzgar con mayor precisión y aptitud lo mismo los asuntos espirituales que los
temporales, de suerte que la Iglesia entera, fortalecida por todos sus miembros, pueda
cumplir con mayor eficacia su misión en favor de la vida del mundo.

Conclusión

38. Cada seglar debe ser ante el mundo testigo de la resurrección y de
la vida del Señor Jesús, y señal del Dios vivo. Todos en conjunto y cada cual en
particular deben alimentar al mundo con frutos espirituales (cf. Gal., 5,22) e infundirle
aquel espíritu del que están animados aquellos pobres, mansos y pacíficos, a quienes el
Señor, en el Evangelio, proclamó bienaventurados (cf. Mt., 5,3-9). En una palabra,
"lo que es el alma en el cuerpo, esto han de ser los cristianos en el mundo".

 

CAPITULO V

UNIVERSAL VOCACION Y LA SANTIDAD EN LA
IGLESIA

Llamamiento a la santidad

39. La Iglesia, cuyo misterio expone este sagrado Concilio, creemos que
es indefectiblemente santa, ya que Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y el
Espíritu llamamos "el solo Santo", amó a la Iglesia como a su esposa,
entregándose a sí mismo por ella para santificarla (cf. Ef., 5,25-26), la unió a sí
mismo como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de
Dios.

Por eso, todos en la Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía, ya
pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol :
"Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación" (1 Tes., 4,3; Ef.,
1,4). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta incesantemente y se debe manifestar en los
frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles; se expresa de múltiples
modos en todos aquellos que, con edificación de los demás, se acercan en su propio
estado de vida a la cumbre de la caridad; pero aparece de modo particular en la práctica
de los que comúnmente llamamos consejos evangélicos.

Esta práctica de los consejos, que por impulso del Espíritu Santo
algunos cristianos abrazan, tanto en forma privada como en una condición o estado
admitido por la Iglesia, da en el mundo, y conviene que lo dé, un espléndido testimonio
y ejemplo de esa santidad.

El Divino Maestro y modelo de toda perfección

40. Nuestro Señor Jesucristo predicó la santidad de vida, de la que El
es Maestro y Modelo, a todos y cada uno de sus discípulos, de cualquier condición que
fuesen. "Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto"
(Mt., 5, 48).

Envió a todos el Espíritu Santo, que los moviera interiormente, para
que amen a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las
fuerzas (cf. Mc., 12,30), y para que se amen unos a otros como Cristo nos amó (cf. Jn.,
13,34; 15,12).

Los seguidores de Cristo, llamados por Dios, no en virtud de sus propios
méritos, sino por designio y gracia de El, y justificados en Cristo Nuestro Señor, en la
fe del bautismo han sido hechos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y por
lo mismo santos; conviene, por consiguiente, que esa santidad que recibieron sepan
conservarla y perfeccionarla en su vida, con la ayuda de Dios.

Les amonesta el Apóstol a que vivan "como conviene a los
santos" (Ef., 5,3, y que "como elegidos de Dios, santos y amados, se revistan de
entrañas de misericordia, benignidad, humildad, modestia, paciencia" (Col., 3,12) y
produzcan los frutos del Espíritu para santificación (cf. Gal., 5,22; Rom., 6,22).

Pero como todos tropezamos en muchas cosas (cf. Sant., 3,2), tenemos
continua necesidad de la misericordia de Dios y hemos de orar todos los días:
"Perdónanos nuestras deudas" (Mt., 6, 12).

Fluye de ahí la clara consecuencia que todos los fieles, de cualquier
estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de
la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun en la sociedad terrena, un
nivel de vida más humano.

Para alcanzar esa perfección, los fieles, según la diversas medida de
los dones recibidos de Cristo, siguiendo sus huellas y amoldándose a su imagen,
obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, deberán esforzarse para entregarse
totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así la santidad del Pueblo de
Dios producirá frutos abundantes, como brillantemente lo demuestra en la historia de la
Iglesia la vida de tantos santos.

La santidad en los diversos estados

41. Una misma es la santidad que cultivan en cualquier clase de vida y
de profesión los que son guiados por el espíritu de Dios y, obedeciendo a la voz del
Padre, adorando a Dios y al Padre en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y
cargado con la cruz, para merecer la participación de su gloria.

Según eso, cada uno según los propios dones y las gracias recibidas,
debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva, que excita la esperanza y obra
por la caridad. Es menester, en primer lugar, que los pastores del rebaño de Cristo
cumplan con su deber ministerial, santamente y con entusiasmo, con humildad y fortaleza,
según la imagen del Sumo y Eterno sacerdote, pastor y obispo de nuestras almas; cumplido
así su ministerio, será para ellos un magnífico medio de santificación.

Los escogidos a la plenitud del sacerdocio reciben como don, con la
gracia sacramental, el poder ejercitar el perfecto deber de su pastoral caridad con la
oración, con el sacrificio y la predicación, en todo género de preocupación y servicio
episcopal, sin miedo de ofrecer la vida por sus ovejas y haciéndose modelo de la grey
(cf. 1 Pe., 5,13). Así incluso con su ejemplo, han de estimular a la Iglesia hacia una
creciente santidad.

Los presbíteros, a semejanza del orden de los Obispos, cuya corona
espiritual forman participando de la gracia del oficio de ellos por Cristo, eterno y
único Mediador, crezcan en el amor de Dios y del prójimo por el ejercicio cotidiano de
su deber; conserven el vínculo de la comunión sacerdotal; abunden en toda clase de
bienes espirituales y den a todos un testimonio vivo de Dios, emulando a aquellos
sacerdotes que en el transcurso de los siglos nos dejaron muchas veces con un servicio
humilde y escondido, preclaro ejemplo de santidad, cuya alabanza se difunde por la Iglesia
de Dios.

Ofrezcan, como es su deber, sus oraciones y sacrificios por su grey y
por todo el Pueblo de Dios, conscientes de lo que hacen e imitando lo que tratan. Así, en
vez de encontrar un obstáculo en sus preocupaciones apostólicas, peligros y
contratiempos, sírvanse más bien de todo ello para elevarse a más alta santidad,
alimentando y fomentando su actividad con la frecuencia de la contemplación, para
consuelo de toda la Iglesia de Dios.

Todos los presbíteros, y en particular los que por el título peculiar
de su ordenación se llaman sacerdotes diocesanos, recuerden cuánto contribuirá a su
santificación el fiel acuerdo y la generosa cooperación con su propio Obispo.

Son también participantes de la misión y de la gracia del supremo
sacerdote, de una manera particular, los ministros de orden inferior, en primer lugar los
diáconos, los cuales, al dedicarse a los misterios de Cristo y de la Iglesia, deben
conservarse inmunes de todo vicio y agradar a Dios y ser ejemplo de todo lo bueno ante los
hombres (cf. 1 Tim., 3,8-10; 12-13).

Los clérigos, que llamados por Dios y apartados para su servicio se
preparan para los deberes de los ministros bajo la vigilancia de los pastores, están
obligados a ir adaptando su manera de pensar y sentir a tan preclara elección, asiduos en
la oración, fervorosos en el amor, preocupados siempre por la verdad, la justicia, la
buena fama, realizando todo para gloria y honor de Dios.

A los cuales todavía se añaden aquellos seglares, escogidos por Dios,
que, entregados totalmente a las tareas apostólicas, son llamados por el Obispo y
trabajan en el campo del Señor con mucho fruto.

Conviene que los cónyuges y padres cristianos, siguiendo su propio
camino, se ayuden el uno al otro en la gracia, con la fidelidad en su amor a lo largo de
toda la vida, y eduquen en la doctrina cristiana y en las virtudes evangélicas a la prole
que el Señor les haya dado. De esta manera ofrecen al mundo el ejemplo de una incansable
y generoso amor, construyen la fraternidad de la caridad y se presentan como testigos y
cooperadores de la fecundidad de la Madre Iglesia, como símbolo y al mismo tiempo
participación de aquel amor con que Cristo amó a su Esposa y se entregó a sí mismo por
ella.

Un ejemplo análogo lo dan los que, en estado de viudez o de celibato,
pueden contribuir no poco a la santidad y actividad de la Iglesia. Y por su lado, los que
viven entregados al duro trabajo conviene que en ese mismo trabajo humano busquen su
perfección, ayuden a sus conciudadanos, traten de mejorar la sociedad entera y la
creación, pero traten también de imitar, en su laboriosa caridad, a Cristo, cuyas manos
se ejercitaron en el trabajo manual, y que continúa trabajando por la salvación de todos
en unión con el Padre; gozosos en la esperanza, ayudándose unos a otros en llevar sus
cargas, y sirviéndose incluso del trabajo cotidiano para subir a una mayor santidad,
incluso apostólica.

Sepan también que están unidos de una manera especial con Cristo en
sus dolores por la salvación del mundo todos los que se ven oprimidos por la pobreza, la
enfermedad, los achaques y otros muchos sufrimientos o padecen persecución por la
justicia: todos aquellos a quienes el Señor en su Evangelio llamó Bienaventurados, y a
quienes: "El Señor... de toda gracia, que nos llamó a su eterna gloria en Cristo
Jesús, después de un poco de sufrimiento, nos perfeccionará El mismo, nos confirmará,
nos solidificará" (1 Pe., 5,10).

Por consiguiente, todos los fieles cristianos, en cualquier condición
de vida, de oficio o de circunstancias, y precisamente por medio de todo eso, se podrán
santificar de día en día, con tal de recibirlo todo con fe de la mano del Padre
Celestial, con tal de cooperar con la voluntad divina, manifestando a todos, incluso en el
servicio temporal, la caridad con que Dios amó al mundo.

Los consejos evangélicos

42. "Dios es caridad y el que permanece en la caridad permanece en
Dios y Dios en El" (1 Jn., 4,16). Y Dios difundió su caridad en nuestros corazones
por el Espíritu Santo que se nos ha dado (cf. Rom., 5,5). Por consiguiente, el don
principal y más necesario es la caridad con la que amamos a Dios sobre todas las cosas y
al prójimo por El.

Pero a fin de que la caridad crezca en el alma como una buena semilla y
fructifique, debe cada uno de los fieles oír de buena gana la Palabra de Dios y cumplir
con las obras de su voluntad, con la ayuda de su gracia, participar frecuentemente en los
sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, y en otras funciones sagradas, y aplicarse de
una manera constante a la oración, a la abnegación de sí mismo, a un fraterno y
solícito servicio de los demás y al ejercicio de todas las virtudes.

Porque la caridad, como vínculo de la perfección y plenitud de la ley
(cf. Col., 3,14), gobierna todos los medios de santificación, los informa y los conduce a
su fin. De ahí que el amor hacia Dios y hacia el prójimo sea la característica
distintiva del verdadero discípulo de Cristo.

Así como Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su caridad ofreciendo su
vida por nosotros, nadie tiene un mayor amor que el que ofrece la vida por El y por sus
hermanos (cf. 1 Jn., 3,16; Jn., 15,13). Pues bien, ya desde los primeros tiempos algunos
cristianos se vieron llamados, y siempre se encontrarán otros llamados a dar este máximo
testimonio de amor delante de todos, principalmente delante de los perseguidores.

El martirio, por consiguiente, con el que el discípulo llega a hacerse
semejante al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo,
asemejándose a El en el derramamiento de su sangre, es considerado por la Iglesia como un
supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que
todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el
camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia.

La santidad de la Iglesia se fomenta también de una manera especial en
los múltiples consejos que el Señor propone en el Evangelio para que los observen sus
discípulos, entre los que descuella el precioso don de la gracia divina que el Padre da a
algunos (cf. Mt., 19,11; 1 Cor., 7,7) de entregarse más fácilmente sólo a Dios en la
virginidad o en el celibato, sin dividir con otro su corazón (cf. 1 Cor., 7,32-34).

Esta perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido
considerada por la Iglesia en grandísima estima, como señal y estímulo de la caridad y
como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo.

La Iglesia considera también la amonestación del Apóstol, quien,
animando a los fieles a la práctica de la caridad, les exhorta a que "sientan en sí
lo que se debe sentir en Cristo Jesús", que "se anonadó a sí mismo tomando la
forma de esclavo... hecho obediente hasta la muerte" (Flp., 2,7-8), y por nosotros
" se hizo pobre, siendo rico" (2 Cor., 8,9).

Y como este testimonio e imitación de la caridad y humildad de Cristo,
habrá siempre discípulos dispuestos a darlo, se alegra la Madre Iglesia de encontrar en
su seno a muchos, hombres y mujeres, que sigan más de cerca el anonadamiento del Salvador
y la ponen en más clara evidencia, aceptando la pobreza con la libertad de los hijos de
Dios y renunciando a su propia voluntad, pues ésos se someten al hombre por Dios en
materia de perfección, más allá de lo que están obligados por el precepto, para
asemejarse más a Cristo obediente.

Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a
buscar la santidad y la perfección de su propio estado. Vigilen, pues, todos por ordenar
rectamente sus sentimientos, no sea que en el uso de las cosas de este mundo y en el apego
a las riquezas, encuentren un obstáculo que les aparte, contra el espíritu de pobreza
evangélica, de la búsqueda de la perfecta caridad, según el aviso del Apóstol:
"Los que usan de este mundo, no se detengan en eso, porque los atractivos de este
mundo pasan" (cf. 1 Cor., 7,31).

 

Last modified: Tuesday, 1 March 2011, 01:28 am
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